Dilema de una buena tía (4)
La puerta del dormitorio sonó como un disparo en el silencio espeso de la casa.
Mis pasos fueron los primeros, mecánicos, como si caminara sobre un filo. Los de doña Carmen, justo detrás de mí, eran más lentos, arrastrados por un peso que no era físico. El pasillo, de pronto, se sintió kilométrico. La luz del salón, que entraba a través del arco, era demasiado brillante, demasiado cruda.
Diego seguía en el mismo sitio, recostado en el sofá. El short de algodón fino era una mentira de tela. La forma de su erección, gruesa, recta, obscenamente definida contra el tejido, nos recibió como un desafío silencioso. Él no se movió. Solo sus ojos, oscuros y cargados de una comprensión que me heló la sangre, se desplazaron desde la pantalla del televisor hasta nosotras.
—Tía —dijo, y su voz era ronca, diferente.
—Diego —respondí, pero el nombre se me atoró en la garganta.
Doña Carmen se adelantó un paso. En su postura aún quedaba un vestigio de autoridad, de la mujer que se abotonaba hasta el cuello. Pero sus manos, entrelazadas frente a su falda, temblaban ligeramente.
—Muchacho —comenzó, con el tono que usaba para regañar a Andrés de pequeño—. Sofía y yo hemos hablado. Ese… malestar que describes. No es sano. Un hombre no puede estar así. La congestión puede traer problemas mayores.
Era un discurso médico, prestado, hueco. Diego la miró, sin pestañear.
—¿Y qué podemos hacer, doña Carmen? —preguntó, y su inocencia sonaba falsa. Demasiado perfecta. Era la pregunta de un niño perdido, pero sus ojos no eran los de un niño.
Doña Carmen tragó saliva. El sonido fue seco, audible en la quietud de la sala.
—Podemos… ayudarte —dijo, y las palabras cayeron como piedras en un estanque—. Yo puedo… empezar. Con la mano. Es lo que hace una enfermera. Por salud.
El silencio que siguió fue absoluto. Diego no dijo nada. Solo su respiración se hizo un poco más profunda, y el bulto en su entrepierna pareció crecer, latir bajo la tela delgada.
Doña Carmen se acercó. Sus pasos eran lentos, medidos. Se detuvo junto al sofá, y por un momento, la vi congelada, mirando aquella prominencia como si fuera una serpiente a la que debía dominar. Luego, con un movimiento que pareció costarle una fuerza sobrehumana, extendió la mano.
Sus dedos, pálidos y con venas marcadas, se posaron sobre la tela del short, justo en la punta de la erección. Diego emitió un jadeo sordo, involuntario, y cerró los ojos.
Doña Carmen comenzó a frotar. Al principio, con torpeza, a través de la tela. Un movimiento circular, tímido, profesional. Pero la tela se oscureció casi de inmediato, empapada por la humedad que ya rezumaba. El sonido era húmedo, vergonzoso. Diego gimió, y su pelvis se arqueó ligeramente, buscando la presión.
—Así… —murmuró doña Carmen, pero ya no nos hablaba a nosotras. Se hablaba a sí misma—. Así es como debe ser. Por salud.
Sus dedos se enconaron. Tiró del elástico del short hacia abajo, solo lo suficiente. La cabeza del pene, violácea, brillante de líquido preseminal, emergió sobre el borde de la tela. Doña Carmen contuvo la respiración. Luego, con decisión repentina, envolvió su puño alrededor del miembro y comenzó a masturbarlo con movimientos largos y firmes.
Yo no podía moverme. No podía respirar. La escena me clavaba los pies al suelo. Ver la mano de mi suegra, esa mano que sólo había visto sostener rosarios y planchar camisas, deslizándose con avidez sobre la carne hinchada de mi sobrino… era una profanación. Y era lo más excitante que había visto en mi vida.
El sonido era obsceno. El roce de su piel contra la suya, húmedo, rápido. Los gemidos bajos y animales que Diego ya no podía contener. Doña Carmen jadeaba, su rostro estaba congestionado, y una gota de sudor le corría por la sien. Sus ojos estaban fijos en su trabajo, con una concentración feroz, devota.
Pero pasaron los minutos, y aunque el pene de Diego palpitaba y goteaba, aunque su cuerpo se tensaba en oleadas de placer, el clímax no llegaba. Él abrió los ojos, vidriosos de frustración.
La puerta del dormitorio sonó como un disparo en el silencio espeso de la casa.
Mis pasos fueron los primeros, mecánicos, como si caminara sobre un filo. Los de doña Carmen, justo detrás de mí, eran más lentos, arrastrados por un peso que no era físico. El pasillo, de pronto, se sintió kilométrico. La luz del salón, que entraba a través del arco, era demasiado brillante, demasiado cruda.
Diego seguía en el mismo sitio, recostado en el sofá. El short de algodón fino era una mentira de tela. La forma de su erección, gruesa, recta, obscenamente definida contra el tejido, nos recibió como un desafío silencioso. Él no se movió. Solo sus ojos, oscuros y cargados de una comprensión que me heló la sangre, se desplazaron desde la pantalla del televisor hasta nosotras.
—Tía —dijo, y su voz era ronca, diferente.
—Diego —respondí, pero el nombre se me atoró en la garganta.
Doña Carmen se adelantó un paso. En su postura aún quedaba un vestigio de autoridad, de la mujer que se abotonaba hasta el cuello. Pero sus manos, entrelazadas frente a su falda, temblaban ligeramente.
—Muchacho —comenzó, con el tono que usaba para regañar a Andrés de pequeño—. Sofía y yo hemos hablado. Ese… malestar que describes. No es sano. Un hombre no puede estar así. La congestión puede traer problemas mayores.
Era un discurso médico, prestado, hueco. Diego la miró, sin pestañear.
—¿Y qué podemos hacer, doña Carmen? —preguntó, y su inocencia sonaba falsa. Demasiado perfecta. Era la pregunta de un niño perdido, pero sus ojos no eran los de un niño.
Doña Carmen tragó saliva. El sonido fue seco, audible en la quietud de la sala.
—Podemos… ayudarte —dijo, y las palabras cayeron como piedras en un estanque—. Yo puedo… empezar. Con la mano. Es lo que hace una enfermera. Por salud.
El silencio que siguió fue absoluto. Diego no dijo nada. Solo su respiración se hizo un poco más profunda, y el bulto en su entrepierna pareció crecer, latir bajo la tela delgada.
Doña Carmen se acercó. Sus pasos eran lentos, medidos. Se detuvo junto al sofá, y por un momento, la vi congelada, mirando aquella prominencia como si fuera una serpiente a la que debía dominar. Luego, con un movimiento que pareció costarle una fuerza sobrehumana, extendió la mano.
Sus dedos, pálidos y con venas marcadas, se posaron sobre la tela del short, justo en la punta de la erección. Diego emitió un jadeo sordo, involuntario, y cerró los ojos.
Doña Carmen comenzó a frotar. Al principio, con torpeza, a través de la tela. Un movimiento circular, tímido, profesional. Pero la tela se oscureció casi de inmediato, empapada por la humedad que ya rezumaba. El sonido era húmedo, vergonzoso. Diego gimió, y su pelvis se arqueó ligeramente, buscando la presión.
—Así… —murmuró doña Carmen, pero ya no nos hablaba a nosotras. Se hablaba a sí misma—. Así es como debe ser. Por salud.
Sus dedos se enconaron. Tiró del elástico del short hacia abajo, solo lo suficiente. La cabeza del pene, violácea, brillante de líquido preseminal, emergió sobre el borde de la tela. Doña Carmen contuvo la respiración. Luego, con decisión repentina, envolvió su puño alrededor del miembro y comenzó a masturbarlo con movimientos largos y firmes.
Yo no podía moverme. No podía respirar. La escena me clavaba los pies al suelo. Ver la mano de mi suegra, esa mano que sólo había visto sostener rosarios y planchar camisas, deslizándose con avidez sobre la carne hinchada de mi sobrino… era una profanación. Y era lo más excitante que había visto en mi vida.
El sonido era obsceno. El roce de su piel contra la suya, húmedo, rápido. Los gemidos bajos y animales que Diego ya no podía contener. Doña Carmen jadeaba, su rostro estaba congestionado, y una gota de sudor le corría por la sien. Sus ojos estaban fijos en su trabajo, con una concentración feroz, devota.
Pero pasaron los minutos, y aunque el pene de Diego palpitaba y goteaba, aunque su cuerpo se tensaba en oleadas de placer, el clímax no llegaba. Él abrió los ojos, vidriosos de frustración.
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—No… no puedo —jadeó—. Lo siento, doña Carmen. No es suficiente. Duele… duele más.
Doña Carmen se detuvo. Su mano seguía agarrada a él, temblando. Me miró. En sus ojos ya no había cálculo, ni justificación. Solo había pánico, y debajo del pánico, una necesidad tan voraz como la mía.
—Sofía —susurró—. La blusa. Ahora.
No fue una orden. Fue una súplica.
Mis dedos, entumecidos, encontraron los botones de mi blusa. Cada uno que se abría era una rendición, una confesión muda. La tela se separó. El aire frío de la sala me golpeó los pechos, y mis pezones, ya duros y sensibles, se erizaron al instante. No llevaba sostén.
Diego emitió un sonido gutural. Sus ojos se clavaron en mí con una intensidad que me quemó la piel.
—Así —dijo doña Carmen, y su voz era ronca de excitación—. Mírala, muchacho. Mírala bien.
Su mano reanudó el movimiento, más rápida, más desesperada. Yo me quedé allí, inmóvil, ofreciéndome. El rubor me subía por el cuello, pero la humedad entre mis piernas era un río indetenible. Esto era pecado. Esto era traición. Y mi cuerpo, al borde del abismo, cantaba de gozo.
Aún no era suficiente.
Los músculos del vientre de Diego se contraían, su respiración era un jadeo frenético, pero el alivio no llegaba. Su mirada, suplicante, se posó en mi sexo, oculto bajo la falda.
—Sofía… —gimió doña Carmen, y en su voz había lágrimas de frustración carnal—. Lo otro. Lo que hablamos.
No. No podía. Era la línea. La última línea.
Pero la línea ya se había cruzado hacía rato, y solo nos habíamos mentido para no verlo.
Con movimientos que no sentía míos, me di la vuelta. Agarré el borde de mi falda y la levanté lentamente, por encima de mis caderas, exponiendo las nalgas y, finalmente, la tela empapada de mi tanga. Un hilillo de mi propia excitación había bajado por mi muslo interno.
Eso debió bastar como estimulo suficiente para Diego. Pero yo no escuchaba.
Algo más antiguo que la razón, más hambriento que el miedo, tomó el control de mis dedos. Sin que nadie me lo pidiera, sin que hubiera palabra ni gesto que lo justificara, mis pulgares se engancharon en el elástico de la tanga. La lujuria me guiaba como un hilo invisible, tensado por los jadeos de Diego, por la urgencia desesperada en la voz de Carmen, por la presión de ese momento que parecía desgarrar el tiempo mismo.
La bajé. Lento. Deliberadamente seductora.
La tela húmeda se deslizó por mis muslos, centímetro a centímetro, hasta quedar enredada en mis rodillas. El aire frío me golpeó la piel expuesta. Mi sexo, completamente depilado, brillaba bajo la luz del salón, hinchado y visiblemente mojado, los pliegues separados por la excitación, el clítoris erguido y expuesto como una ofrenda profanada.
Diego dejó de respirar.
Su mirada se clavó en mí con una intensidad que sentí física, una quemadura en la carne de mis nalgas. Era más que deseo. Era hambre de algo que no sabía nombrar, que no podía entender todavía, pero que su cuerpo joven registraba con absoluta certeza: esto, esto era la fruta prohibida, el recuerdo que se grabaría en él para siempre, el fantasma que perseguiría en cada mujer futura, en cada oscuridad, en cada mano propia que no fuera suficiente.
Lo sabía. A nivel subconsciente, animal, lo sabía.
Y aun así, no pude detenerme.
Me quedé así, inmóvil, ofreciéndome. La humedad de mi excitación brillaba obscenamente, invitando. Provocando. Desafiando al muchacho a que me olvidara, a que alguna vez volviera a sentirse completo sin esta imagen grabada en su memoria.
El grito de Diego fue ahogado, brutal. Su cuerpo se convulsionó.
—¡Ahora! —rugió doña Carmen, y su mano se convirtió en un pistón frenético.
—Dios santo —susurró doña Carmen, y su voz era de puro terror.
Pero su mano no se detuvo.
Fue entonces cuando él rompió. Un gemido largo, desgarrado, salió de su garganta. Su cuerpo se arqueó como un arco, separándose del sofá. Y yo, con la falda aún levantada, vi cómo, por primera vez, la punta de su pene se abría y un chorro grueso y blanco salía disparado, seguido por otro, y otro, manchando su vientre, la mano de doña Carmen, el sofá.
Doña Carmen se detuvo. Su mano seguía agarrada a él, temblando. Me miró. En sus ojos ya no había cálculo, ni justificación. Solo había pánico, y debajo del pánico, una necesidad tan voraz como la mía.
—Sofía —susurró—. La blusa. Ahora.
No fue una orden. Fue una súplica.
Mis dedos, entumecidos, encontraron los botones de mi blusa. Cada uno que se abría era una rendición, una confesión muda. La tela se separó. El aire frío de la sala me golpeó los pechos, y mis pezones, ya duros y sensibles, se erizaron al instante. No llevaba sostén.
Diego emitió un sonido gutural. Sus ojos se clavaron en mí con una intensidad que me quemó la piel.
—Así —dijo doña Carmen, y su voz era ronca de excitación—. Mírala, muchacho. Mírala bien.
Su mano reanudó el movimiento, más rápida, más desesperada. Yo me quedé allí, inmóvil, ofreciéndome. El rubor me subía por el cuello, pero la humedad entre mis piernas era un río indetenible. Esto era pecado. Esto era traición. Y mi cuerpo, al borde del abismo, cantaba de gozo.
Aún no era suficiente.
Los músculos del vientre de Diego se contraían, su respiración era un jadeo frenético, pero el alivio no llegaba. Su mirada, suplicante, se posó en mi sexo, oculto bajo la falda.
—Sofía… —gimió doña Carmen, y en su voz había lágrimas de frustración carnal—. Lo otro. Lo que hablamos.
No. No podía. Era la línea. La última línea.
Pero la línea ya se había cruzado hacía rato, y solo nos habíamos mentido para no verlo.
Con movimientos que no sentía míos, me di la vuelta. Agarré el borde de mi falda y la levanté lentamente, por encima de mis caderas, exponiendo las nalgas y, finalmente, la tela empapada de mi tanga. Un hilillo de mi propia excitación había bajado por mi muslo interno.
Eso debió bastar como estimulo suficiente para Diego. Pero yo no escuchaba.
Algo más antiguo que la razón, más hambriento que el miedo, tomó el control de mis dedos. Sin que nadie me lo pidiera, sin que hubiera palabra ni gesto que lo justificara, mis pulgares se engancharon en el elástico de la tanga. La lujuria me guiaba como un hilo invisible, tensado por los jadeos de Diego, por la urgencia desesperada en la voz de Carmen, por la presión de ese momento que parecía desgarrar el tiempo mismo.
La bajé. Lento. Deliberadamente seductora.
La tela húmeda se deslizó por mis muslos, centímetro a centímetro, hasta quedar enredada en mis rodillas. El aire frío me golpeó la piel expuesta. Mi sexo, completamente depilado, brillaba bajo la luz del salón, hinchado y visiblemente mojado, los pliegues separados por la excitación, el clítoris erguido y expuesto como una ofrenda profanada.
Diego dejó de respirar.
Su mirada se clavó en mí con una intensidad que sentí física, una quemadura en la carne de mis nalgas. Era más que deseo. Era hambre de algo que no sabía nombrar, que no podía entender todavía, pero que su cuerpo joven registraba con absoluta certeza: esto, esto era la fruta prohibida, el recuerdo que se grabaría en él para siempre, el fantasma que perseguiría en cada mujer futura, en cada oscuridad, en cada mano propia que no fuera suficiente.
Lo sabía. A nivel subconsciente, animal, lo sabía.
Y aun así, no pude detenerme.
Me quedé así, inmóvil, ofreciéndome. La humedad de mi excitación brillaba obscenamente, invitando. Provocando. Desafiando al muchacho a que me olvidara, a que alguna vez volviera a sentirse completo sin esta imagen grabada en su memoria.
El grito de Diego fue ahogado, brutal. Su cuerpo se convulsionó.
—¡Ahora! —rugió doña Carmen, y su mano se convirtió en un pistón frenético.
—Dios santo —susurró doña Carmen, y su voz era de puro terror.
Pero su mano no se detuvo.
Fue entonces cuando él rompió. Un gemido largo, desgarrado, salió de su garganta. Su cuerpo se arqueó como un arco, separándose del sofá. Y yo, con la falda aún levantada, vi cómo, por primera vez, la punta de su pene se abría y un chorro grueso y blanco salía disparado, seguido por otro, y otro, manchando su vientre, la mano de doña Carmen, el sofá.
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El olor, acre y masculino, llenó la sala al instante.
Doña Carmen no soltó el miembro hasta que dejó de palpitar. Jadeaba, mirando la leche que goteaba de sus nudillos con una expresión de asombro absoluto. Luego, lentamente, como despertando de un trance, levantó la vista hacia mí.
Yo bajé la falda. Me di la vuelta. Nos miramos.
Diego gimió, un sonido débil y satisfecho, y se dejó caer de espaldas en el sofá. Sus ojos estaban cerrados, una expresión de alivio total, casi beatífica, le relajaba los rasgos. El miembro, aún semierecto y brillante, reposaba sobre su vientre, en medio del desorden que habíamos provocado. La inocencia forzada había desaparecido por completo. Ahora solo había un joven saciado, y el poder que ejercía sobre nosotras nunca había sido más claro, ni más aterrador.
—Gracias —murmuró, sin abrir los ojos. La palabra sonó genuina, infantil casi, y eso lo hizo infinitamente peor.
El silencio que siguió fue casi sagrado.
Diego soltó un largo suspiro de satisfacción y, con movimientos lentos y pesados, se incorporó hasta quedar sentado en el sofá. Su miembro aún semierecto descansaba sobre su vientre, brillando bajo la luz del salón.
En ese preciso momento, doña Carmen —que seguía arrodillada frente a él— giró bruscamente el torso hacia mí, todavía en cuclillas, como si intentara esconderse de él. Su rostro estaba congestionado, los ojos muy abiertos y brillantes. La falda se le había subido casi hasta la cintura en la posición en la que estaba, dejando sus muslos pálidos completamente expuestos.
Entonces lo vi.
Su mano derecha estaba entre sus piernas, presionando con fuerza sobre la tela de sus bragas. Justo en el centro había una mancha oscura y grande de humedad que se extendía obscenamente. Sus dedos se movían en pequeños círculos lentos, casi inconscientes, como si su cuerpo actuara por cuenta propia.
Cuando nuestras miradas se encontraron, doña Carmen me lanzó una mirada cómplice, casi desesperada. Sus ojos decían claramente: No sé qué le pasa a mi cuerpo… no puedo controlarlo.
Por un instante eterno, ninguna de las dos habló. Solo nos miramos, compartiendo esa vergüenza ardiente y esa excitación traicionera.
Luego, como si despertara de un sueño, doña Carmen pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo. Sus dedos se detuvieron bruscamente. Parpadeó varias veces, horrorizada consigo misma. Con un esfuerzo visible, apartó la mano de entre sus piernas y se levantó torpemente, bajándose la falda en cámara lenta. Lo hizo dándole la espalda a Diego, como si al no verlo, él tampoco pudiera verla a ella.
La tela descendió con lentitud vergonzosa sobre sus muslos, cubriendo la evidencia de su excitación. Cuando por fin la falda estuvo en su sitio, doña Carmen se quedó quieta un segundo, respirando agitadamente, con la mirada clavada en el suelo.
Diego, aún sentado en el sofá, no pareció notar nada. Tenía los ojos entrecerrados, respirando con calma, disfrutando del agotamiento placentero que le habíamos regalado.
Yo, en cambio, no podía apartar la imagen de la mente: la mano de mi suegra temblando entre sus piernas, la mancha oscura en sus bragas, esa mirada de absoluta rendición que me había dedicado.
Doña Carmen finalmente se atrevió a mirarme de nuevo. Esta vez ya no había justificación médica ni discurso de “por salud”. Solo quedaba una verdad cruda flotando entre nosotras:
Las dos estábamos perdidas.
Diego murmuró casi dormido, con voz satisfecha:
—Gracias… de verdad.
Ninguna de las dos contestó.
El reloj siguió tic-tac, indiferente, mientras el olor a sexo seguía flotando espeso en el aire, recordándonos lo que ya no podríamos borrar nunca.
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Índice de todos los relatos
Doña Carmen no soltó el miembro hasta que dejó de palpitar. Jadeaba, mirando la leche que goteaba de sus nudillos con una expresión de asombro absoluto. Luego, lentamente, como despertando de un trance, levantó la vista hacia mí.
Yo bajé la falda. Me di la vuelta. Nos miramos.
Diego gimió, un sonido débil y satisfecho, y se dejó caer de espaldas en el sofá. Sus ojos estaban cerrados, una expresión de alivio total, casi beatífica, le relajaba los rasgos. El miembro, aún semierecto y brillante, reposaba sobre su vientre, en medio del desorden que habíamos provocado. La inocencia forzada había desaparecido por completo. Ahora solo había un joven saciado, y el poder que ejercía sobre nosotras nunca había sido más claro, ni más aterrador.
—Gracias —murmuró, sin abrir los ojos. La palabra sonó genuina, infantil casi, y eso lo hizo infinitamente peor.
El silencio que siguió fue casi sagrado.
Diego soltó un largo suspiro de satisfacción y, con movimientos lentos y pesados, se incorporó hasta quedar sentado en el sofá. Su miembro aún semierecto descansaba sobre su vientre, brillando bajo la luz del salón.
En ese preciso momento, doña Carmen —que seguía arrodillada frente a él— giró bruscamente el torso hacia mí, todavía en cuclillas, como si intentara esconderse de él. Su rostro estaba congestionado, los ojos muy abiertos y brillantes. La falda se le había subido casi hasta la cintura en la posición en la que estaba, dejando sus muslos pálidos completamente expuestos.
Entonces lo vi.
Su mano derecha estaba entre sus piernas, presionando con fuerza sobre la tela de sus bragas. Justo en el centro había una mancha oscura y grande de humedad que se extendía obscenamente. Sus dedos se movían en pequeños círculos lentos, casi inconscientes, como si su cuerpo actuara por cuenta propia.
Cuando nuestras miradas se encontraron, doña Carmen me lanzó una mirada cómplice, casi desesperada. Sus ojos decían claramente: No sé qué le pasa a mi cuerpo… no puedo controlarlo.
Por un instante eterno, ninguna de las dos habló. Solo nos miramos, compartiendo esa vergüenza ardiente y esa excitación traicionera.
Luego, como si despertara de un sueño, doña Carmen pareció darse cuenta de lo que estaba haciendo. Sus dedos se detuvieron bruscamente. Parpadeó varias veces, horrorizada consigo misma. Con un esfuerzo visible, apartó la mano de entre sus piernas y se levantó torpemente, bajándose la falda en cámara lenta. Lo hizo dándole la espalda a Diego, como si al no verlo, él tampoco pudiera verla a ella.
La tela descendió con lentitud vergonzosa sobre sus muslos, cubriendo la evidencia de su excitación. Cuando por fin la falda estuvo en su sitio, doña Carmen se quedó quieta un segundo, respirando agitadamente, con la mirada clavada en el suelo.
Diego, aún sentado en el sofá, no pareció notar nada. Tenía los ojos entrecerrados, respirando con calma, disfrutando del agotamiento placentero que le habíamos regalado.
Yo, en cambio, no podía apartar la imagen de la mente: la mano de mi suegra temblando entre sus piernas, la mancha oscura en sus bragas, esa mirada de absoluta rendición que me había dedicado.
Doña Carmen finalmente se atrevió a mirarme de nuevo. Esta vez ya no había justificación médica ni discurso de “por salud”. Solo quedaba una verdad cruda flotando entre nosotras:
Las dos estábamos perdidas.
Diego murmuró casi dormido, con voz satisfecha:
—Gracias… de verdad.
Ninguna de las dos contestó.
El reloj siguió tic-tac, indiferente, mientras el olor a sexo seguía flotando espeso en el aire, recordándonos lo que ya no podríamos borrar nunca.
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❤93🔥62👏4😱2🐳1
Perdido por mamá (1)
Mi madre buscaba las llaves del coche por toda la casa, apurada, nerviosa, al borde de la total exasperación.
La cara que puso al verme esperando en la entrada con la llave, colgando por el llavero, fue una perfecta mezcla de alivio y odio.
Me tocó coger las dos bolsas de viaje, eran pequeñas, si bien la suya pesaba bastante más que la mía.
El cielo estaba claro, con algunas nubes, el viento era gélido. Mi madre ya estaba sentada al volante, acerqué las manos a la calefacción nada más entrar.
Nos dirigíamos al pueblo de mis abuelos, mi padre ya estaba allí, a celebra el cien cumpleaños de mi abuela paterna.
–Lo tenemos todo, el regalo y las bolsas, ¿Tú padre dijo que llevásemos algo más?…
Negué con la cabeza.
–Ufff Dale, un fin de semana en la casa con toda la familia de tu padre, suspiró
–Que bien nos lo vamos a pasar. Dijo sarcástica.
–Mamá ¿No prefieres que conduzca yo?…
Me miró con cara de pocos amigos.
–Dale como quieras, dicen que está nevando por allí y no te sabes el camino, por cierto.
–Mario, hijo. La pausa fue terrorífica.
–Que no soy una inútil.
–Sí señora, pero mejor que te quites las botas esas, con ese tacón no tienen que ser nada cómodas para conducir.
Debo confesar, que como mi padre, me encanta hacer rabiar a mi madre cuando agarra el coche.
–Me paso el día andando con estas botas.
Fui a meter baza.
–Último aviso.
Puntualizó y me callé. Arrancó y emprendimos camino.
Mi madre se llama Sara, tiene cuarenta y tres años, es ingeniera industrial, trabaja para una importante marca de automóviles, es una mujer muy inteligente, pero de poca paciencia.
A primera vista da la impresión de ser modelo, y no es un comentario vacio, es una mujer delgada, de poco pecho pero marcadas proporciones, muy guapa de cara, la piel tersa y bien cuidada, clara, melena por los hombros, castaña a juego con sus ojos marrones, además es alta, metro setenta y dos, casi como yo. Siempre va elegante, como dice mi abuela muy mona.
Aquel día acababa de salir del trabajo, pasó por casa para recogerme y salir, no le dio tiempo a cambiarse, llevaba una blusa blanca, algo escotada, una falda por encima de las rodillas, negra, y botas de tacón también negras, así como pantis y chaqueta a juego con la falda, al entrar al coche la había arrojado atrás, como digo hacía frío pero el climatizador cumplía su función.
Las críticas a su conducción iban más allá de una broma, mi madre no era muy buena al volante ciertamente. Por eso yo, que a mis diecinueve, ya tenía carnet y relativa experiencia, me ofrecí a conducir.
En cuanto salimos de la urbanización configuró el GPS para que nos guiase al pueblo de mi abuela, la orientación no era su fuerte tampoco.
Eran las siete menos cuarto cuando emprendimos el viaje, al menos nos quedaban dos horas, llegaríamos de noche. Empecé a juguetear con la radio y ella me apartó la mano de un liguero golpe, sin querer apagué la calefacción.
Pasó un rato hasta que empezamos a sentir el frío, mi madre lo sintió primero, o más bien una parte de su anatomía lo sintió primero.
No pude evitar quedarme mirando sus duros y erectos pezones, a través de la blusa, hubiera jurado que se transparentaban.
Como íbamos por la autovía, sin demasiado tráfico, ella, en un segundo que apartó la vista de la carretera, se percató de mi detallada observación.
–Mario, que se te cae la baba. Le miré la cara.
–De verdad hijo, que soy tu madre.
–Lo siento. Tartamudeé, la verdad es que tenía un conato de erección en los pantalones.
–Cómo te quedes mirando a las chicas así, vas bien dado.
Ella volvió a conectar la calefacción.
–Normalmente las chicas se dan cuenta cuando llevan las largas. Le comenté con una sonrisa.
–¿Y eso justifica que las mires con cara de bobo?…
Me rebatió ella.
–Yo a las chicas guapas que me gustan no las miro con cara de bobo.
Continué, hinché el pecho orgulloso como un pavo.
–Así que ¿O yo no te gusto, o no soy guapa?… Me miró en otro flashazo.
–No es eso, tu eres muy guapa, ya lo sabes y lo otro…
No sabía cómo salir de aquel jardín.
–¿Qué soy muy vieja?…
Mi madre buscaba las llaves del coche por toda la casa, apurada, nerviosa, al borde de la total exasperación.
La cara que puso al verme esperando en la entrada con la llave, colgando por el llavero, fue una perfecta mezcla de alivio y odio.
Me tocó coger las dos bolsas de viaje, eran pequeñas, si bien la suya pesaba bastante más que la mía.
El cielo estaba claro, con algunas nubes, el viento era gélido. Mi madre ya estaba sentada al volante, acerqué las manos a la calefacción nada más entrar.
Nos dirigíamos al pueblo de mis abuelos, mi padre ya estaba allí, a celebra el cien cumpleaños de mi abuela paterna.
–Lo tenemos todo, el regalo y las bolsas, ¿Tú padre dijo que llevásemos algo más?…
Negué con la cabeza.
–Ufff Dale, un fin de semana en la casa con toda la familia de tu padre, suspiró
–Que bien nos lo vamos a pasar. Dijo sarcástica.
–Mamá ¿No prefieres que conduzca yo?…
Me miró con cara de pocos amigos.
–Dale como quieras, dicen que está nevando por allí y no te sabes el camino, por cierto.
–Mario, hijo. La pausa fue terrorífica.
–Que no soy una inútil.
–Sí señora, pero mejor que te quites las botas esas, con ese tacón no tienen que ser nada cómodas para conducir.
Debo confesar, que como mi padre, me encanta hacer rabiar a mi madre cuando agarra el coche.
–Me paso el día andando con estas botas.
Fui a meter baza.
–Último aviso.
Puntualizó y me callé. Arrancó y emprendimos camino.
Mi madre se llama Sara, tiene cuarenta y tres años, es ingeniera industrial, trabaja para una importante marca de automóviles, es una mujer muy inteligente, pero de poca paciencia.
A primera vista da la impresión de ser modelo, y no es un comentario vacio, es una mujer delgada, de poco pecho pero marcadas proporciones, muy guapa de cara, la piel tersa y bien cuidada, clara, melena por los hombros, castaña a juego con sus ojos marrones, además es alta, metro setenta y dos, casi como yo. Siempre va elegante, como dice mi abuela muy mona.
Aquel día acababa de salir del trabajo, pasó por casa para recogerme y salir, no le dio tiempo a cambiarse, llevaba una blusa blanca, algo escotada, una falda por encima de las rodillas, negra, y botas de tacón también negras, así como pantis y chaqueta a juego con la falda, al entrar al coche la había arrojado atrás, como digo hacía frío pero el climatizador cumplía su función.
Las críticas a su conducción iban más allá de una broma, mi madre no era muy buena al volante ciertamente. Por eso yo, que a mis diecinueve, ya tenía carnet y relativa experiencia, me ofrecí a conducir.
En cuanto salimos de la urbanización configuró el GPS para que nos guiase al pueblo de mi abuela, la orientación no era su fuerte tampoco.
Eran las siete menos cuarto cuando emprendimos el viaje, al menos nos quedaban dos horas, llegaríamos de noche. Empecé a juguetear con la radio y ella me apartó la mano de un liguero golpe, sin querer apagué la calefacción.
Pasó un rato hasta que empezamos a sentir el frío, mi madre lo sintió primero, o más bien una parte de su anatomía lo sintió primero.
No pude evitar quedarme mirando sus duros y erectos pezones, a través de la blusa, hubiera jurado que se transparentaban.
Como íbamos por la autovía, sin demasiado tráfico, ella, en un segundo que apartó la vista de la carretera, se percató de mi detallada observación.
–Mario, que se te cae la baba. Le miré la cara.
–De verdad hijo, que soy tu madre.
–Lo siento. Tartamudeé, la verdad es que tenía un conato de erección en los pantalones.
–Cómo te quedes mirando a las chicas así, vas bien dado.
Ella volvió a conectar la calefacción.
–Normalmente las chicas se dan cuenta cuando llevan las largas. Le comenté con una sonrisa.
–¿Y eso justifica que las mires con cara de bobo?…
Me rebatió ella.
–Yo a las chicas guapas que me gustan no las miro con cara de bobo.
Continué, hinché el pecho orgulloso como un pavo.
–Así que ¿O yo no te gusto, o no soy guapa?… Me miró en otro flashazo.
–No es eso, tu eres muy guapa, ya lo sabes y lo otro…
No sabía cómo salir de aquel jardín.
–¿Qué soy muy vieja?…
❤139🔥28👍17👏3😈2
Me seguía tirando de la lengua.
–Que no, si aparentas muchos menos años de los que tienes.
–Pero ni con esas te gusto.
Me tenía acorralado, se le escapaban risas al hablar.
–Joder mamá, que sí, que me gustas y eres guapa, y si no fueses mi madre…
–Para ahí.
Saltó.
–No se te ocurra seguir, pon la radio tontín y no vuelvas a apagar la calefacción.
Sintonicé una emisora de música, no puse el volumen muy alto, mi madre quería estar atenta a las indicaciones del GPS cuando llegásemos a las carreteras secundarias.
Con todo la música nos acompañó casi una hora más, llevábamos ya algo de retraso, de media hora o así, hasta que mi madre me pidió que apagase del todo la radio, necesitaba concentración máxima.
Contra el parabrisas empezaban a chochar, lentamente, pequeños copos de nieve.
Ahora sí que no había ni un coche por la carretera, casi había anochecido del todo, era invierno, mi madre había reducido la velocidad sustancialmente.
A aquel ritmo íbamos a tardar aún más en llegar, empezaba a adormilarme, pasamos un pueblo que era atravesado al medio por la carretera, empezaba a haber bastante nieve en los arcenes.
El pueblo que cruzamos no me sonaba de los viajes con mi padre al pueblo, el GPS sin embargo seguía dando órdenes.
Una de ellas llevó a mi madre a tomar una vía sin asfaltar, allí había bastante nieve, nuestro todoterreno se las apañaba aún.
Yo avisé a mi madre que aquel no era el camino, pero prefirió hacer caso al cacharro por satélite. Más de media hora tardó en aceptar que el GPS se había equivocado, paró el coche y manipuló el aparato.
“Recalculando” exclamó el chisme y de repente dijo que teníamos que desandar todo el camino hasta volver a la autovía.
–Menuda mierda.
Mi madre lo arrojó al asiento de atrás, sacó el móvil.
–Sin cobertura, mira tú.
Me pidió.
–Nada, tampoco.
–Qué mal de verdad. Pues no sé qué hacer, no parece que se pueda dar la vuelta aquí.
En efecto el camino se había ido estrechando hasta quedar solo la anchura de un coche.
–Da marcha atrás. Le sugerí.
–Es mucho trecho, y no se ve nada.
Me miró vergonzosa.
–¿Te importa hacerlo tú?…
–Dale, cámbiame el sitio anda.
Abrí mi puerta y entró un viento frio arrastrando algo de nieve.
–¡Cierra! Que nos helamos. Deja que paso por aquí.
Se soltó el cinturón de seguridad y cruzó la isleta central, terminó sentada en mi regazo.
–Hijo, rio tonta –¿Eso es el móvil o es qué te alegras de verme?…
–Joder mamá, que ganas de hacer el tonto tienes.
Hice el camino inverso y ocupé su asiento.
–Encima de perdernos, haces bromas.
–Ha sido el GPS, no es culpa mía. Además que el que antes casi se queda bizco eres tú.
Volvió a reírse y me contagió.
–Dime la verdad, ¿Tú tampoco tienes ganas de ir al pueblo?…
–Un fin de semana aislado, con los pesados de mis primos. Sonreí falso.
–Luis dijo que igual no iba, y él es el único con el que me llevo bien.
Luis era mi primo, hijo de la hermana de mi padre, misma edad que yo, éramos inseparables de pequeños. El resto eran mayores y no me caían bien.
–Pero ira Alba y a ella seguro que quieres verla. Alba era otra prima, de las mayores, del hermano de mi padre.
–O más bien a ellas, mi madre hizo un gesto en referencia al enorme par de tetas de Alba.
–A esa chica le van a tener que hacer los corpiños con carpas de circo.
Tenía razón y desde la adolescencia ella me llamaba la atención, ahora que tenía veinticinco era un mujerón.
–No me gustan las chicas así, aparte que es mi prima, somos familia y eso.
Mentía, me la hubiese follado sin pensármelo. Encendí el coche y empecé a ir marcha atrás.
–Importará mucho eso de que sea familia, lo que pasa es que a ti te gustan más los pezones de tu madre.
Me descolocó con aquella afirmación y di un acelerón sin querer.
–¡Mario! Ten cuidado. Casi vamos a la zanja.
–Mamá deja el tema ya, por favor.
La conversación me había excitado un poco. Ella al fin guardó silencio y yo pude echar para atrás tranquilo. El camino aún no se había ensanchado lo suficiente cuando ella volvió a la carga.
–¿Te has calentado antes, al verme con los pezones duros?…
–Que no, si aparentas muchos menos años de los que tienes.
–Pero ni con esas te gusto.
Me tenía acorralado, se le escapaban risas al hablar.
–Joder mamá, que sí, que me gustas y eres guapa, y si no fueses mi madre…
–Para ahí.
Saltó.
–No se te ocurra seguir, pon la radio tontín y no vuelvas a apagar la calefacción.
Sintonicé una emisora de música, no puse el volumen muy alto, mi madre quería estar atenta a las indicaciones del GPS cuando llegásemos a las carreteras secundarias.
Con todo la música nos acompañó casi una hora más, llevábamos ya algo de retraso, de media hora o así, hasta que mi madre me pidió que apagase del todo la radio, necesitaba concentración máxima.
Contra el parabrisas empezaban a chochar, lentamente, pequeños copos de nieve.
Ahora sí que no había ni un coche por la carretera, casi había anochecido del todo, era invierno, mi madre había reducido la velocidad sustancialmente.
A aquel ritmo íbamos a tardar aún más en llegar, empezaba a adormilarme, pasamos un pueblo que era atravesado al medio por la carretera, empezaba a haber bastante nieve en los arcenes.
El pueblo que cruzamos no me sonaba de los viajes con mi padre al pueblo, el GPS sin embargo seguía dando órdenes.
Una de ellas llevó a mi madre a tomar una vía sin asfaltar, allí había bastante nieve, nuestro todoterreno se las apañaba aún.
Yo avisé a mi madre que aquel no era el camino, pero prefirió hacer caso al cacharro por satélite. Más de media hora tardó en aceptar que el GPS se había equivocado, paró el coche y manipuló el aparato.
“Recalculando” exclamó el chisme y de repente dijo que teníamos que desandar todo el camino hasta volver a la autovía.
–Menuda mierda.
Mi madre lo arrojó al asiento de atrás, sacó el móvil.
–Sin cobertura, mira tú.
Me pidió.
–Nada, tampoco.
–Qué mal de verdad. Pues no sé qué hacer, no parece que se pueda dar la vuelta aquí.
En efecto el camino se había ido estrechando hasta quedar solo la anchura de un coche.
–Da marcha atrás. Le sugerí.
–Es mucho trecho, y no se ve nada.
Me miró vergonzosa.
–¿Te importa hacerlo tú?…
–Dale, cámbiame el sitio anda.
Abrí mi puerta y entró un viento frio arrastrando algo de nieve.
–¡Cierra! Que nos helamos. Deja que paso por aquí.
Se soltó el cinturón de seguridad y cruzó la isleta central, terminó sentada en mi regazo.
–Hijo, rio tonta –¿Eso es el móvil o es qué te alegras de verme?…
–Joder mamá, que ganas de hacer el tonto tienes.
Hice el camino inverso y ocupé su asiento.
–Encima de perdernos, haces bromas.
–Ha sido el GPS, no es culpa mía. Además que el que antes casi se queda bizco eres tú.
Volvió a reírse y me contagió.
–Dime la verdad, ¿Tú tampoco tienes ganas de ir al pueblo?…
–Un fin de semana aislado, con los pesados de mis primos. Sonreí falso.
–Luis dijo que igual no iba, y él es el único con el que me llevo bien.
Luis era mi primo, hijo de la hermana de mi padre, misma edad que yo, éramos inseparables de pequeños. El resto eran mayores y no me caían bien.
–Pero ira Alba y a ella seguro que quieres verla. Alba era otra prima, de las mayores, del hermano de mi padre.
–O más bien a ellas, mi madre hizo un gesto en referencia al enorme par de tetas de Alba.
–A esa chica le van a tener que hacer los corpiños con carpas de circo.
Tenía razón y desde la adolescencia ella me llamaba la atención, ahora que tenía veinticinco era un mujerón.
–No me gustan las chicas así, aparte que es mi prima, somos familia y eso.
Mentía, me la hubiese follado sin pensármelo. Encendí el coche y empecé a ir marcha atrás.
–Importará mucho eso de que sea familia, lo que pasa es que a ti te gustan más los pezones de tu madre.
Me descolocó con aquella afirmación y di un acelerón sin querer.
–¡Mario! Ten cuidado. Casi vamos a la zanja.
–Mamá deja el tema ya, por favor.
La conversación me había excitado un poco. Ella al fin guardó silencio y yo pude echar para atrás tranquilo. El camino aún no se había ensanchado lo suficiente cuando ella volvió a la carga.
–¿Te has calentado antes, al verme con los pezones duros?…
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Paré el coche, ella me miraba esperando una respuesta.
–Mamá, no me preguntes eso, que es muy incómodo.
Tenía que evitar la pregunta como fuese, pensé en salir a la gélida noche.
–Que no es nada malo, es decir que un chico joven y guapo como tú… Que me lo tomaría como un piropo.
Resoplé exasperado.
–Dale ya lo dejo, pero si supieras el tiempo que hace que no excito a un hombre.
–Joder, sí, se me ha puesto dura.
Le solté entre cansado y avergonzado.
–Que bestia, con haber dicho que sí bastaba no hacía falta ponerse tan gráfico.
Le miré descolocado, por lo bien que se tomaba todo.
–Pero si eres tú la que ha empezado, a tirarme de la lengua.
Ataqué.
–Y tú le dices a tu madre que te la pone dura.
Me contragolpeó.
–Pues no seas una zorra, que vas sin corpiño, y encima me sueltas que no excitas a los hombres, como si fueses buscando…
Estallé, me cruzó la cara de un bofetón.
–Como me vista es cosa mía, y lo que busque o deje de buscar también. Ahora tira.
Hice caso omiso a su orden, no moví el coche. Agarraba el volante con fuerza, desconcertado y cabreado, supongo, que como mi madre, yo también tenía poca paciencia, ella me miro y supo al instante que me había cabreado.
–¿Qué cojones buscas?…
Pregunté despacio.
–No me digas que vas por ahí en plan putón maduro.
–Serás imbécil.
La miré serio.
–No lo hago.
De repente se la torció el gesto duro tornándose cierta triste.
–Pero hace tiempo que no me hacen mucho caso, ¿Sabes?…
Había metido la pata bien, mi madre miraba por la ventanilla, tenía una especie de sollozo atrapado en los labios.
–Tú padre me ignora, creo que tiene algo por ahí.
Me estaba enterando de cosas que no quería ni imaginar.
–A mí no me toca desde hace meses. Y el otro día para rematar la faena viene un mensajero al trabajo y me llama señora y ni me mira, sé que te parecerá una tontería pero fue como si me echasen veinte años encima de golpe, es decir que ya soy una vieja que no le gusta a los hombres. Seguro que tu padre se folla a la secretaria, esa veinteañera que contrató…
Se quedó al borde del llanto.
–Arranca vámonos.
No podía dejar a mi madre así, así que seguí sin dar gas al coche. Me aclaré la garganta, lo que iba a decir me iba a matar de vergüenza por enésima vez ese día.
–No has soltado más que Idioteces.
Me miró entre cabreada y aun triste.
–Para empezar el mensajero ese era miope, ciego o subnormal, porque tú estás buenísima, y te tenían que haber hecho un charco de babas al verte.
Ella sonrió un poco, los ojos se le notaban húmedos a la luz de la cabina del coche.
–Y en cuanto a lo de papá, simplemente no lo sabes.
–Mario, la chica no sabe ni hacer fotocopias y tiene más tetas que cabeza, ¿Por qué crees que la ha cogido tu padre?…
Eso era cierto, la chica no tenía muchas luces pero era una mujer explosiva.
–Aunque eso me da igual, al menos ya sé que hay un hombre en casa al que le gusto.
Me acarició en la misma mejilla que hace un momento había golpeado.
-¡Perdóname bebe!
Dijo ella y me beso la mejilla que me había golpeado y luego me acaricio con dulzura.
Me dispuse a reemprender la marcha cuando me di cuenta que tanto el parabrisas, como las lunetas traseras se habían cubierto por completo de nieve.
La ventisca había arreciado y nos había cubierto.
Encendí los limpias y las tiras calefactoras de atrás. Tuve que sacar la mano por la ventanilla para limpiar el espejo retrovisor, me fijé en que la capa de nieve empezaba a acumularse en el camino de forma importante.
Ya en movimiento, apenas habíamos retrocedido unas decenas de metros, aun sin poder dar la vuelta, cuando las ruedas empezaron a patinar.
Aceleré, no salíamos del atolladero, mi madre me miraba, yo pisaba más el gas.
–Dale nos hemos atascado.
Sentencié, ella se rio y negó con la cabeza.
–Qué día.
Comentó sarcástica.
–Voy a salir un momento, a ver.
El frío se me metió en los huesos en cuanto pisé el suelo, la capa de nieve era de más de un palmo, el camino embarrado debajo, las ruedas bien clavadas.
–No veo forma de sacarlo hacia atrás le doy para de delante a ver. Tampoco hubo suerte.
–Mamá, no me preguntes eso, que es muy incómodo.
Tenía que evitar la pregunta como fuese, pensé en salir a la gélida noche.
–Que no es nada malo, es decir que un chico joven y guapo como tú… Que me lo tomaría como un piropo.
Resoplé exasperado.
–Dale ya lo dejo, pero si supieras el tiempo que hace que no excito a un hombre.
–Joder, sí, se me ha puesto dura.
Le solté entre cansado y avergonzado.
–Que bestia, con haber dicho que sí bastaba no hacía falta ponerse tan gráfico.
Le miré descolocado, por lo bien que se tomaba todo.
–Pero si eres tú la que ha empezado, a tirarme de la lengua.
Ataqué.
–Y tú le dices a tu madre que te la pone dura.
Me contragolpeó.
–Pues no seas una zorra, que vas sin corpiño, y encima me sueltas que no excitas a los hombres, como si fueses buscando…
Estallé, me cruzó la cara de un bofetón.
–Como me vista es cosa mía, y lo que busque o deje de buscar también. Ahora tira.
Hice caso omiso a su orden, no moví el coche. Agarraba el volante con fuerza, desconcertado y cabreado, supongo, que como mi madre, yo también tenía poca paciencia, ella me miro y supo al instante que me había cabreado.
–¿Qué cojones buscas?…
Pregunté despacio.
–No me digas que vas por ahí en plan putón maduro.
–Serás imbécil.
La miré serio.
–No lo hago.
De repente se la torció el gesto duro tornándose cierta triste.
–Pero hace tiempo que no me hacen mucho caso, ¿Sabes?…
Había metido la pata bien, mi madre miraba por la ventanilla, tenía una especie de sollozo atrapado en los labios.
–Tú padre me ignora, creo que tiene algo por ahí.
Me estaba enterando de cosas que no quería ni imaginar.
–A mí no me toca desde hace meses. Y el otro día para rematar la faena viene un mensajero al trabajo y me llama señora y ni me mira, sé que te parecerá una tontería pero fue como si me echasen veinte años encima de golpe, es decir que ya soy una vieja que no le gusta a los hombres. Seguro que tu padre se folla a la secretaria, esa veinteañera que contrató…
Se quedó al borde del llanto.
–Arranca vámonos.
No podía dejar a mi madre así, así que seguí sin dar gas al coche. Me aclaré la garganta, lo que iba a decir me iba a matar de vergüenza por enésima vez ese día.
–No has soltado más que Idioteces.
Me miró entre cabreada y aun triste.
–Para empezar el mensajero ese era miope, ciego o subnormal, porque tú estás buenísima, y te tenían que haber hecho un charco de babas al verte.
Ella sonrió un poco, los ojos se le notaban húmedos a la luz de la cabina del coche.
–Y en cuanto a lo de papá, simplemente no lo sabes.
–Mario, la chica no sabe ni hacer fotocopias y tiene más tetas que cabeza, ¿Por qué crees que la ha cogido tu padre?…
Eso era cierto, la chica no tenía muchas luces pero era una mujer explosiva.
–Aunque eso me da igual, al menos ya sé que hay un hombre en casa al que le gusto.
Me acarició en la misma mejilla que hace un momento había golpeado.
-¡Perdóname bebe!
Dijo ella y me beso la mejilla que me había golpeado y luego me acaricio con dulzura.
Me dispuse a reemprender la marcha cuando me di cuenta que tanto el parabrisas, como las lunetas traseras se habían cubierto por completo de nieve.
La ventisca había arreciado y nos había cubierto.
Encendí los limpias y las tiras calefactoras de atrás. Tuve que sacar la mano por la ventanilla para limpiar el espejo retrovisor, me fijé en que la capa de nieve empezaba a acumularse en el camino de forma importante.
Ya en movimiento, apenas habíamos retrocedido unas decenas de metros, aun sin poder dar la vuelta, cuando las ruedas empezaron a patinar.
Aceleré, no salíamos del atolladero, mi madre me miraba, yo pisaba más el gas.
–Dale nos hemos atascado.
Sentencié, ella se rio y negó con la cabeza.
–Qué día.
Comentó sarcástica.
–Voy a salir un momento, a ver.
El frío se me metió en los huesos en cuanto pisé el suelo, la capa de nieve era de más de un palmo, el camino embarrado debajo, las ruedas bien clavadas.
–No veo forma de sacarlo hacia atrás le doy para de delante a ver. Tampoco hubo suerte.
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–Mierda, estamos atascados.
–Y mi móvil ha muerto, ¿El tuyo?…
Rápidamente busqué en mi bolsillo.
–Menudas baterías. ¿Tienes cargador para el coche?…
–No, eso está en el de tu padre.
Solté todo el aire de los pulmones en un suspiro de desesperación. Intenté todo lo que pude, pero no había forma de movernos. Mi madre me dijo que parase, no fuese a gastar toda la gasolina.
–Mira esperamos hasta mañana y ya está. El pueblo que pasamos estará a veinte kilómetros a lo sumo, mañana de una carrera te acercas y les pides que nos remolquen.
–¿Qué ahora corro medios maratones?…
Le dije divertido por su idea.
–Además mañana lo mismo hay medio metro de nieve.
–No exageres, si quieres puedes ir ahora, de noche y con la que está cayendo. Ese escenario era peor.
–O te puedes quedar aquí, al calor, conmigo.
–Me muero de hambre.
Solté pasando por alto el comentario de ella.
–¿Hay algo por ahí para comer?…
–Pues no, no hay nada, a no ser que me quieras dar un bocado a mí.
Ella no dejaba de mirarme, me costó saber si estaba de broma o hablaba en serio.
Se apoyó en mi hombro, y su contacto me puso más nervioso que nunca.
Solo lo hizo para mirar los relojes e indicadores del salpicadero. Ella notó mi tensión y extendió el contacto más de lo necesario, estaba muy cerca, respiraba su aliento.
Me estaba construyendo toda clase de perversas fantasías por las conversaciones previas, me preguntaba si estaba tan necesitada de hombre como decía, y si cabía la posibilidad de…
Al fin se apartó, a tiempo, mis labios inconscientes habían empezado a buscar los suyos, casi los rocé. Estaba duro, como un adolescente en su primera vez, nervioso y caliente a partes iguales.
Mis dedos tamborilearon sobre el volante, mi madre parecía disfrutar de mi situación.
–¿Qué te pasa?…
Me peguntó con tono juguetón.
–Nada, nada en absoluto.
Negaría la mayor hasta el final.
–Muy bien, voy a coger la manta y me voy a tapar, así bajas la calefacción.
Debajo del asiento trasero mi madre llevaba una manta, vete tú a saber porqué.
Recuerdo que de pequeño, en el coche viejo también llevábamos la misma y yo me envolvía en ella en los viajes largos. Mi madre se volvió para atrás, su culo quedó encuadrado entre los asientos.
Ya dudaba seriamente de que fuese solo mi imaginación, ella estaba poniendo de su parte, mi propia madre.
Se sentó de nuevo en su asiento, no me molesté en ocultar que le había mirado el culo todo el rato. Ella se envolvió en la manta, bajó la calefacción, al rato yo tuve algo de frío, mi madre lo notó. –Sería mejor que nos tapásemos los dos. Dijo.
–Atrás, estaremos más cómodos. Asentí a su razonamiento.
–Dejas el contacto puesto, con las luces dadas por si viniese alguien.
–De nuevo le di la razón con un gesto. Nos pasmos a los asientos traseros, como ella había dicho.
Extendió la manta y se pegó a mí, la tela nos cubría a ambos ella se había hecho un ovillo en el asiento, los pies subidos, apenas le asomaban los tacones, a mí solo me tapaba hasta las rodillas.
Mi madre empezó a apretar su cuerpo contra el mío más de lo necesario, sus pequeñas tetas se aplastan contra mi brazo izquierdo, pude comprobar entonces con toda seguridad que no llevaba corpiño.
Yo estaba definitivamente caliente y mal de la cabeza, pero ella me iba a la zaga o más bien me había adelantado hacía rato.
Yo miraba al frente, al ahora lento caer de la nieve, grandes copos blancos iluminados por los faros del coche. Ella miraba hacia mí, notaba sus ojos fijos en mí.
No me atrevía a girarme porque quedaría irremediablemente atrapado por ella, aunque no tardó en quedarme claro que no había escapatoria, y que en realidad no quería buscarla. Su mano acarició mi pecho, la respiración se me aceleró.
Giré mi cabeza y vi la sonrisa que ella me devolvía, en su postura y acercamiento, sus rodillas habían terminado quedando sobre mi regazo, y en aquel momento ya tenía una considerable erección.
Su mano trazaba lentos círculos, y descendía, sus piernas se estiraron, y ella llegó a la posar su toque sobre mi paquete.
–Y mi móvil ha muerto, ¿El tuyo?…
Rápidamente busqué en mi bolsillo.
–Menudas baterías. ¿Tienes cargador para el coche?…
–No, eso está en el de tu padre.
Solté todo el aire de los pulmones en un suspiro de desesperación. Intenté todo lo que pude, pero no había forma de movernos. Mi madre me dijo que parase, no fuese a gastar toda la gasolina.
–Mira esperamos hasta mañana y ya está. El pueblo que pasamos estará a veinte kilómetros a lo sumo, mañana de una carrera te acercas y les pides que nos remolquen.
–¿Qué ahora corro medios maratones?…
Le dije divertido por su idea.
–Además mañana lo mismo hay medio metro de nieve.
–No exageres, si quieres puedes ir ahora, de noche y con la que está cayendo. Ese escenario era peor.
–O te puedes quedar aquí, al calor, conmigo.
–Me muero de hambre.
Solté pasando por alto el comentario de ella.
–¿Hay algo por ahí para comer?…
–Pues no, no hay nada, a no ser que me quieras dar un bocado a mí.
Ella no dejaba de mirarme, me costó saber si estaba de broma o hablaba en serio.
Se apoyó en mi hombro, y su contacto me puso más nervioso que nunca.
Solo lo hizo para mirar los relojes e indicadores del salpicadero. Ella notó mi tensión y extendió el contacto más de lo necesario, estaba muy cerca, respiraba su aliento.
Me estaba construyendo toda clase de perversas fantasías por las conversaciones previas, me preguntaba si estaba tan necesitada de hombre como decía, y si cabía la posibilidad de…
Al fin se apartó, a tiempo, mis labios inconscientes habían empezado a buscar los suyos, casi los rocé. Estaba duro, como un adolescente en su primera vez, nervioso y caliente a partes iguales.
Mis dedos tamborilearon sobre el volante, mi madre parecía disfrutar de mi situación.
–¿Qué te pasa?…
Me peguntó con tono juguetón.
–Nada, nada en absoluto.
Negaría la mayor hasta el final.
–Muy bien, voy a coger la manta y me voy a tapar, así bajas la calefacción.
Debajo del asiento trasero mi madre llevaba una manta, vete tú a saber porqué.
Recuerdo que de pequeño, en el coche viejo también llevábamos la misma y yo me envolvía en ella en los viajes largos. Mi madre se volvió para atrás, su culo quedó encuadrado entre los asientos.
Ya dudaba seriamente de que fuese solo mi imaginación, ella estaba poniendo de su parte, mi propia madre.
Se sentó de nuevo en su asiento, no me molesté en ocultar que le había mirado el culo todo el rato. Ella se envolvió en la manta, bajó la calefacción, al rato yo tuve algo de frío, mi madre lo notó. –Sería mejor que nos tapásemos los dos. Dijo.
–Atrás, estaremos más cómodos. Asentí a su razonamiento.
–Dejas el contacto puesto, con las luces dadas por si viniese alguien.
–De nuevo le di la razón con un gesto. Nos pasmos a los asientos traseros, como ella había dicho.
Extendió la manta y se pegó a mí, la tela nos cubría a ambos ella se había hecho un ovillo en el asiento, los pies subidos, apenas le asomaban los tacones, a mí solo me tapaba hasta las rodillas.
Mi madre empezó a apretar su cuerpo contra el mío más de lo necesario, sus pequeñas tetas se aplastan contra mi brazo izquierdo, pude comprobar entonces con toda seguridad que no llevaba corpiño.
Yo estaba definitivamente caliente y mal de la cabeza, pero ella me iba a la zaga o más bien me había adelantado hacía rato.
Yo miraba al frente, al ahora lento caer de la nieve, grandes copos blancos iluminados por los faros del coche. Ella miraba hacia mí, notaba sus ojos fijos en mí.
No me atrevía a girarme porque quedaría irremediablemente atrapado por ella, aunque no tardó en quedarme claro que no había escapatoria, y que en realidad no quería buscarla. Su mano acarició mi pecho, la respiración se me aceleró.
Giré mi cabeza y vi la sonrisa que ella me devolvía, en su postura y acercamiento, sus rodillas habían terminado quedando sobre mi regazo, y en aquel momento ya tenía una considerable erección.
Su mano trazaba lentos círculos, y descendía, sus piernas se estiraron, y ella llegó a la posar su toque sobre mi paquete.
1❤119🔥48👍10💩1
–Esto es por mí. Afirmó sin duda alguna, habló despacio.
Iba a excusarme cuando su izquierda me selló los labios.
–No pasa nada, está bien, ya te he dicho que me siento alagada.
Dejó su mano derecha sobre mi bulto, inmóvil.
–Mamá esto, no podemos hacerlo. Mi boca hablaba pero mi cuerpo iba por libre, se dejaba hacer.
–Hay cosas que no podemos hacer, pero otras no son para tanto. Apretó ligeramente mi rabo.
–Seguramente tengamos que dormir aquí, no va a ser cómodo que duermas así.
–No para nada.
Cedí a su juego, me moría de ganas de llegar hasta el final, aunque estuviese mal y demás, le seguí el rollo.
–La verdad es que librarme de esto es imperativo, para poder dormirme.
–Pues deberías…
No la dejé terminar, empecé a moverme.
Me solté el pantalón, mi polla salió como un muelle, ya tenía el capullo descubierto y todo, hasta se me escapaban unas gotas de líquido preseminal.
Mi madre a todo esto había echado la manta a un lado, contemplaba mi polla en la escasa luz del habitáculo, el frío se nos olvidó a los dos. En esas nos quedamos uno segundos, ella mirando y yo mirando como miraba.
Huelga decir que hacía años que no me veía el tema, y yo había crecido desde entonces, bastante, que tampoco es nada del otro mundo, pero pequeña no la tengo y en ese momento tenía la mayor erección de mi vida. Ella rompió el silencio y la inacción.
–Ya que estás así por mi culpa, lo justo es que yo te ayude, ¿No crees?…
–Sí por Dios. Exclamé.
–Ya no aguanto más calentones. Le cogí por la muñeca y llevé su mano a mi polla.
–Dale, pero vamos a dejar claras las cosa, una paja bien, algo más ya veremos. Yo asentí desesperado.
Mi madre empezó a mover su mano arriba y abajo de mi polla, al llegar a la punta realizaba una caricia más cuidadosa y volvía a empezar. Prefería aquello a cualquier paja que me hubiese hecho en la vida.
Yo me moví a por sus tetitas, era lo que me quedaba más a mano. Como he dicho las tenía pequeñas, redonditas, sus pezones volvían a estar duros, a la tenue luz se me antojaron algo oscuros.
–No te he dicho que pudieras tocar.
Me miró a los ojos, sin soltar mi polla, me detuve en mi inspección de su blusa, ya había desabrochado tres botones y le veía todo.
–No pares tonto manoséame toda te lo ganaste.
Nos sonreímos. Empecé a jugar con sus tetas, fuera de la blusa, echada esta ligeramente hacia atrás en sus hombros, le pellizqué los pezones hasta ponérselos bien duros, como me gustaban. Llegó a un punto que no aguanté más y me doblé sobre ella para comérselas. Mi madre seguía meneándomela, estaba cada vez más duro, pero con la mano libre me acarició el pelo y me apretó contra ella.
–¡Ahhhh! Oh cariño, me estoy poniendo mala yo también ¡Ahhhh!
Me susurró al oído. Me dejó la polla y con ambas manos se levantó la falda todo lo que pudo. Bajó después los pantis, me quedé mirando su tanguita, de encaje, casi transparentes.
–Ayúdame tú a mí.
Me pidió cogiéndome de la barbilla para que le mirase a la cara. Me chupé dos dedos y para allí que fueron. Entré entre sus piernas y estaba completamente empapada. Mis dedos se deslizaron con facilidad, los movía frenético, haciendo suspirar a mi madre. Su coño empezó a sonar a humedad.
–¡Ahhhh! No pares hijo, no pares por favor ¡Ahhhh!
Buscó mi boca y me besó, si no lo hubiese hecho ella lo habría hecho yo.
Yo seguí moviendo mis dedos afuera y adentro, añadí el pulgar al juego, busqué su clítoris, algo duro.
La excitación de mi madre iba en aumento, tanto se dejó llevar por la calentura, que sin yo decirle nada, se echó en mi regazo y se llevó mi polla a la boca.
–¡Mierda mamá! Exclamé al sentir el tacto de su lengua y como empezaba a devorármela.
–Tranquilo, esto también está dentro de los límites te la voy a comer entera no sabes lo zorra que me pongo cuando mamo polla.
Esos límites, que no habíamos fijado, daban la sensación de extenderse por momentos.
Iba a excusarme cuando su izquierda me selló los labios.
–No pasa nada, está bien, ya te he dicho que me siento alagada.
Dejó su mano derecha sobre mi bulto, inmóvil.
–Mamá esto, no podemos hacerlo. Mi boca hablaba pero mi cuerpo iba por libre, se dejaba hacer.
–Hay cosas que no podemos hacer, pero otras no son para tanto. Apretó ligeramente mi rabo.
–Seguramente tengamos que dormir aquí, no va a ser cómodo que duermas así.
–No para nada.
Cedí a su juego, me moría de ganas de llegar hasta el final, aunque estuviese mal y demás, le seguí el rollo.
–La verdad es que librarme de esto es imperativo, para poder dormirme.
–Pues deberías…
No la dejé terminar, empecé a moverme.
Me solté el pantalón, mi polla salió como un muelle, ya tenía el capullo descubierto y todo, hasta se me escapaban unas gotas de líquido preseminal.
Mi madre a todo esto había echado la manta a un lado, contemplaba mi polla en la escasa luz del habitáculo, el frío se nos olvidó a los dos. En esas nos quedamos uno segundos, ella mirando y yo mirando como miraba.
Huelga decir que hacía años que no me veía el tema, y yo había crecido desde entonces, bastante, que tampoco es nada del otro mundo, pero pequeña no la tengo y en ese momento tenía la mayor erección de mi vida. Ella rompió el silencio y la inacción.
–Ya que estás así por mi culpa, lo justo es que yo te ayude, ¿No crees?…
–Sí por Dios. Exclamé.
–Ya no aguanto más calentones. Le cogí por la muñeca y llevé su mano a mi polla.
–Dale, pero vamos a dejar claras las cosa, una paja bien, algo más ya veremos. Yo asentí desesperado.
Mi madre empezó a mover su mano arriba y abajo de mi polla, al llegar a la punta realizaba una caricia más cuidadosa y volvía a empezar. Prefería aquello a cualquier paja que me hubiese hecho en la vida.
Yo me moví a por sus tetitas, era lo que me quedaba más a mano. Como he dicho las tenía pequeñas, redonditas, sus pezones volvían a estar duros, a la tenue luz se me antojaron algo oscuros.
–No te he dicho que pudieras tocar.
Me miró a los ojos, sin soltar mi polla, me detuve en mi inspección de su blusa, ya había desabrochado tres botones y le veía todo.
–No pares tonto manoséame toda te lo ganaste.
Nos sonreímos. Empecé a jugar con sus tetas, fuera de la blusa, echada esta ligeramente hacia atrás en sus hombros, le pellizqué los pezones hasta ponérselos bien duros, como me gustaban. Llegó a un punto que no aguanté más y me doblé sobre ella para comérselas. Mi madre seguía meneándomela, estaba cada vez más duro, pero con la mano libre me acarició el pelo y me apretó contra ella.
–¡Ahhhh! Oh cariño, me estoy poniendo mala yo también ¡Ahhhh!
Me susurró al oído. Me dejó la polla y con ambas manos se levantó la falda todo lo que pudo. Bajó después los pantis, me quedé mirando su tanguita, de encaje, casi transparentes.
–Ayúdame tú a mí.
Me pidió cogiéndome de la barbilla para que le mirase a la cara. Me chupé dos dedos y para allí que fueron. Entré entre sus piernas y estaba completamente empapada. Mis dedos se deslizaron con facilidad, los movía frenético, haciendo suspirar a mi madre. Su coño empezó a sonar a humedad.
–¡Ahhhh! No pares hijo, no pares por favor ¡Ahhhh!
Buscó mi boca y me besó, si no lo hubiese hecho ella lo habría hecho yo.
Yo seguí moviendo mis dedos afuera y adentro, añadí el pulgar al juego, busqué su clítoris, algo duro.
La excitación de mi madre iba en aumento, tanto se dejó llevar por la calentura, que sin yo decirle nada, se echó en mi regazo y se llevó mi polla a la boca.
–¡Mierda mamá! Exclamé al sentir el tacto de su lengua y como empezaba a devorármela.
–Tranquilo, esto también está dentro de los límites te la voy a comer entera no sabes lo zorra que me pongo cuando mamo polla.
Esos límites, que no habíamos fijado, daban la sensación de extenderse por momentos.
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Mi madre me estaba haciendo una mamada de escándalo, su lengua se movía veloz y magníficamente precisa, describiendo lametones de placer. Además devoraba con voracidad, casi se tragaba en cada sentada toda mi polla.
Me faltaba poco para correrme, con toda la situación estaba excitadísimo, pero mi madre dejó mi rabo desatendido un segundo, gimió.
–¡Ahhh! ¡Siii asiii siii! ¡No doy más! ¡No doy más! ¡Ahhh!
Me apretó la pierna con fuerza y tembló ligueramente.
–Me Hiciste correr.
Me dijo mirándome desde mi regazo, con mi polla al lado de la cara dura como una piedra.
–Cuanta falta me hacía cariño.
–Pues no te olvides de mí mamá, que me falta poco.
–Tranquilo que mami se va a ocupar de ti.
Dicho esto volvió a la mamada, con aun más ganas que antes. Yo me dejé llevar del todo y acompañé le movimiento de su cabeza con mis manos, haciendo fuerza cuando bajaba. No aguanté más y la avisé:
–Me corro, me corro.
–Dame leche sin miedo mi niño dámela toda en mi boquita.
Terminó de machacármela fuera de la boca. Le acerté con un par de perdigonazos en el pecho desnudo, otros fueron a la blusa. El resto de mi corrida, de campeonato, se me escurría por el rabo y manchaba toda su mano. Mi madre, que no podía mejor la situación, fue capaz de darme un último gustazo.
–Voy a limpiarte bien cariño.
Dijo al tiempo que se llevaba la mano, llena de semen a la boca. Con rápidas chupadas y un par de sorbetones, innecesarios pero muy excitantes, me dejó la polla bien limpia.
–Joder mamá, ha estado muy bien.
Solté sin pensar demasiado.
–A mí también me ha gustado, pero esto queda entre nosotros. Asentí.
–Por cierto, ¿Qué más cosas podemos hacer?…
Le sonreí, ella me devolvió el gesto…
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Índice de todos los relatos
Me faltaba poco para correrme, con toda la situación estaba excitadísimo, pero mi madre dejó mi rabo desatendido un segundo, gimió.
–¡Ahhh! ¡Siii asiii siii! ¡No doy más! ¡No doy más! ¡Ahhh!
Me apretó la pierna con fuerza y tembló ligueramente.
–Me Hiciste correr.
Me dijo mirándome desde mi regazo, con mi polla al lado de la cara dura como una piedra.
–Cuanta falta me hacía cariño.
–Pues no te olvides de mí mamá, que me falta poco.
–Tranquilo que mami se va a ocupar de ti.
Dicho esto volvió a la mamada, con aun más ganas que antes. Yo me dejé llevar del todo y acompañé le movimiento de su cabeza con mis manos, haciendo fuerza cuando bajaba. No aguanté más y la avisé:
–Me corro, me corro.
–Dame leche sin miedo mi niño dámela toda en mi boquita.
Terminó de machacármela fuera de la boca. Le acerté con un par de perdigonazos en el pecho desnudo, otros fueron a la blusa. El resto de mi corrida, de campeonato, se me escurría por el rabo y manchaba toda su mano. Mi madre, que no podía mejor la situación, fue capaz de darme un último gustazo.
–Voy a limpiarte bien cariño.
Dijo al tiempo que se llevaba la mano, llena de semen a la boca. Con rápidas chupadas y un par de sorbetones, innecesarios pero muy excitantes, me dejó la polla bien limpia.
–Joder mamá, ha estado muy bien.
Solté sin pensar demasiado.
–A mí también me ha gustado, pero esto queda entre nosotros. Asentí.
–Por cierto, ¿Qué más cosas podemos hacer?…
Le sonreí, ella me devolvió el gesto…
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Perdido por mamá (2)
Con la que estaba cayendo no había quien saliese de casa de mi abuela. La verdad es que no se estaba ni tan mal allí, mi tío Paco, el hermano mayor de mi padre, que también vivía en el pueblo había reformado el lugar hacia apenas dos años.
La vieja cocina económica había sido sustituida por una caldera en condiciones, y se agradecía. No pasé mala noche, pero el tardé en conciliar el sueño, en parte por mi primo Luis y sus verborrea y en parte recordando lo que aconteció con mi madre en el coche.
Aquella mañana, a primera hora, en la casa solo estábamos: mi abuela por supuesto, mi tía Paula, hermana menor de mi padre, mi primo Luis su hijo, mis padres y yo mismo.
Mi tía se había divorciado hacía cinco años, ya se había quitado el luto decía Luis, según él su madre salía todas las semanas, con un grupo de divorciadas y solteronas. La tía Paula tenía cuarenta años, tenía algunas arruguitas en la cara, piel morena y pelo teñido de rubio, es bajita, de no más de metro sesenta, curvilínea y con bastante pecho.
Me llamó más la atención este último detalle durante el cumpleaños, como decía Luis estaba un poco más descocada y llevaba unos pronunciados escotes.
Mi primo llevaba muy bien todo aquello de que su madre quisiese dar un giro alegre a su vida, también se llevaba bien con su padre que se había vuelto a casar, y con una mujer con hijos propios. En fin Luis era un tarambana, una broma constante, podías hablar con él de cualquier cosa, por mala que fuese que terminabas con una sonrisa.
Mi primo decía que nos teníamos que ver poco, él y yo, así nos importaba menos hacer el ridículo el uno delante del otro. Mi tía acompaño a mi centenaria abuela hasta la cocina, mi madre y ella habían preparado el desayuno, mi padre estaba con el móvil en otra habitación en ese momento.
Luis hizo el tonto para la abuela, le arrancó una sonrisa desdentada y le dio dos besos, yo también la saludé con un abrazo y un par de besos.
Nos dijo que se había preocupado el día anterior, que se alegraba de que estuviésemos todos allí, luego empezó a desvariar con que sería su último cumpleaños, llevaba así casi diez años. Desayunados Luis y yo nos abrigamos y nos aventuramos a dar una vuelta por el pueblo.
Al ser enero, el lugar estaba prácticamente desierto, era un pueblo pequeño y apartado. Apenas dos o tres vecinos bajaban de los sesenta y uno era mi tío Paco, y tenía cincuenta y nueve.
Era alcalde, de ese y otros tantos pequeños municipios, casi aldeas de la zona, agrupados en una mancomunidad. El panadero llegó haciendo sonar el claxon y para allí que fueron los vecinos, Luis y yo nos encaramos a caminos de infancia. Se encendió un cigarrillo y me ofreció, lo rechacé.
–Joder la yaya, cien tacos. Dio una calada.
–Ya te digo, es cosa del pueblo.
–Será eso, aunque si te digo la verdad yo aquí me moría en dos días. Le reí la gracia. –Te lo digo en serio, no entiendo al tío, ni a Alba.
–¿Qué pasa con ella? Si ha terminado Ade hace poco y el máster.
Me interesé por la vida de mi pechugona prima, más que nada por hablar de algo.
–Pues que se vuelve al pueblo, con su padre. Lo comentó ayer antes de que llegaran, los hermanos como son unos capullos redomados la pusieron a parir.
–Así era, los dos hermanos mayores de mi prima, estaban bien colocados y les encantaba mirar por encima del hombro a todo dios.
–Que también te digo, que sabiendo que Alba va a estar aquí no me importaría venir más a menudo.
–Ya y a quién no. Recordando lo que había pasado con mi madre el día anterior, justo antes de llegar me dijo que fuésemos discretos mientras estuviésemos con la familia al completo, se me vino una cosa a la mente.
–¿Tú te follarías al Alba? Si pudieras hacerlo, si supieses que ella quiere hacerlo tanto como tú.
–Pues la verdad es que sí. No hubo un instante de duda por parte de Luis.
–¿En serio? Asintió con el cigarrillo en los labios y las manos en los bolsos buscando calor.
–¿Y a mi madre, te la follarías? Decidí subir la apuesta.
–¿Me vas a dar una golpiza si te digo la verdad? Negué riéndome.
Con la que estaba cayendo no había quien saliese de casa de mi abuela. La verdad es que no se estaba ni tan mal allí, mi tío Paco, el hermano mayor de mi padre, que también vivía en el pueblo había reformado el lugar hacia apenas dos años.
La vieja cocina económica había sido sustituida por una caldera en condiciones, y se agradecía. No pasé mala noche, pero el tardé en conciliar el sueño, en parte por mi primo Luis y sus verborrea y en parte recordando lo que aconteció con mi madre en el coche.
Aquella mañana, a primera hora, en la casa solo estábamos: mi abuela por supuesto, mi tía Paula, hermana menor de mi padre, mi primo Luis su hijo, mis padres y yo mismo.
Mi tía se había divorciado hacía cinco años, ya se había quitado el luto decía Luis, según él su madre salía todas las semanas, con un grupo de divorciadas y solteronas. La tía Paula tenía cuarenta años, tenía algunas arruguitas en la cara, piel morena y pelo teñido de rubio, es bajita, de no más de metro sesenta, curvilínea y con bastante pecho.
Me llamó más la atención este último detalle durante el cumpleaños, como decía Luis estaba un poco más descocada y llevaba unos pronunciados escotes.
Mi primo llevaba muy bien todo aquello de que su madre quisiese dar un giro alegre a su vida, también se llevaba bien con su padre que se había vuelto a casar, y con una mujer con hijos propios. En fin Luis era un tarambana, una broma constante, podías hablar con él de cualquier cosa, por mala que fuese que terminabas con una sonrisa.
Mi primo decía que nos teníamos que ver poco, él y yo, así nos importaba menos hacer el ridículo el uno delante del otro. Mi tía acompaño a mi centenaria abuela hasta la cocina, mi madre y ella habían preparado el desayuno, mi padre estaba con el móvil en otra habitación en ese momento.
Luis hizo el tonto para la abuela, le arrancó una sonrisa desdentada y le dio dos besos, yo también la saludé con un abrazo y un par de besos.
Nos dijo que se había preocupado el día anterior, que se alegraba de que estuviésemos todos allí, luego empezó a desvariar con que sería su último cumpleaños, llevaba así casi diez años. Desayunados Luis y yo nos abrigamos y nos aventuramos a dar una vuelta por el pueblo.
Al ser enero, el lugar estaba prácticamente desierto, era un pueblo pequeño y apartado. Apenas dos o tres vecinos bajaban de los sesenta y uno era mi tío Paco, y tenía cincuenta y nueve.
Era alcalde, de ese y otros tantos pequeños municipios, casi aldeas de la zona, agrupados en una mancomunidad. El panadero llegó haciendo sonar el claxon y para allí que fueron los vecinos, Luis y yo nos encaramos a caminos de infancia. Se encendió un cigarrillo y me ofreció, lo rechacé.
–Joder la yaya, cien tacos. Dio una calada.
–Ya te digo, es cosa del pueblo.
–Será eso, aunque si te digo la verdad yo aquí me moría en dos días. Le reí la gracia. –Te lo digo en serio, no entiendo al tío, ni a Alba.
–¿Qué pasa con ella? Si ha terminado Ade hace poco y el máster.
Me interesé por la vida de mi pechugona prima, más que nada por hablar de algo.
–Pues que se vuelve al pueblo, con su padre. Lo comentó ayer antes de que llegaran, los hermanos como son unos capullos redomados la pusieron a parir.
–Así era, los dos hermanos mayores de mi prima, estaban bien colocados y les encantaba mirar por encima del hombro a todo dios.
–Que también te digo, que sabiendo que Alba va a estar aquí no me importaría venir más a menudo.
–Ya y a quién no. Recordando lo que había pasado con mi madre el día anterior, justo antes de llegar me dijo que fuésemos discretos mientras estuviésemos con la familia al completo, se me vino una cosa a la mente.
–¿Tú te follarías al Alba? Si pudieras hacerlo, si supieses que ella quiere hacerlo tanto como tú.
–Pues la verdad es que sí. No hubo un instante de duda por parte de Luis.
–¿En serio? Asintió con el cigarrillo en los labios y las manos en los bolsos buscando calor.
–¿Y a mi madre, te la follarías? Decidí subir la apuesta.
–¿Me vas a dar una golpiza si te digo la verdad? Negué riéndome.
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–Sí macho, lo siento y tal, pero me la follaría, que está muy buena y como te dije anoche esta vez tiene un no sé qué muy guapo.
–Yo la verdad también me follaría a la tuya.
–Me cago en la puta. Bromeando hizo un amago de darme un golpe.
–Son las tetas, antes no las enseñaba y ahora las lleva prácticamente fuera, te entiendo. Se encogió de hombros.
–¿Tú te la follarías, a tu madre digo? Me miró extrañado.
–Joder eso, eso no se puede cabrón. Lo miré con fingida presión para que contestase.
–¿Tú lo harías?
–Sí, sin lugar a dudas. El debió creer que bromeaba, pero le estaba diciendo la más absoluta de las verdades.
–Vamos imagina el mismo escenario que con Alba, contesta.
–Pues hombre, aunque nunca sería lo mismo, supongo que sí. Se quedó pensativo a un segundo.
–Como sueñe algo raro esta noche te mato.
Me reí a carcajadas, continuamos el paseo hasta que el frio se empezó a hacer insoportable. De vuelta en casa de mi abuela, la homenajeada estaba en la cocina, con el resto de mujeres, mi tía, Alba y mi madre y además ya había llegado la esposa de mi tío Paco, Juana.
Mi madre no era muy dada a las tareas domésticas ni a la cocina, ella trabajaba todo el día así que como solía decirme ella no iba a seguir laburando al llegar a casa, teníamos asistenta de todas formas, y yo comía en la facultad, así que tanto daba.
Mi tío Paco estaba en la sala, con mi padre, hablaban del pueblo y así. Mis otros primos no aparecerían más que a la comida lo cual era bastante bueno, también iban a venir otros familiares más lejanos.
El sopor empezaba a matarnos, la televisión era una basura, la cobertura iba y venía, para empeorar las cosas Luis y yo habíamos agotado los temas de que hablar.
Él se metió a ayudar en la cocina, en ese momento mi madre aprovechó para escaparse.
Mi padre y Paco habían marchado a ver unas tierras.
Al pasar por el salón ella me lanzó una miradita y yo la seguí. Subimos al piso de arriba, me mordía el labio inferior para matar las ganas de agarrarla el culo mientras lo meneaba delante de mí en la escalera.
Ya arriba mi madre entró en la habitación que compartía con mi padre, me colé detrás.
Con la puerta cerrada no me pude aguantar las ganas de echarme encima de ella, llevaba fantaseando toda la noche.
Manoseé su cuerpo por encima de la ropa, ella se dejaba hacer, normal después de lo de ayer.
Empecé a comerle el cuello, ligeros y húmedos besos.
–Para cariño, ahora no. Me cortó.
–¿Qué pasa? Le pregunté encarándola.
–No podemos hacer nada con todo el mundo aquí. Le busqué un beso, me esquivó.
–Que no, Mario. Me dejo algo decaído ella lo notó.
–Mira me gustó mucho lo que hicimos, y va a volver a pasar, pero no en casa de tú abuela, por dios aguanta un poco.
Me senté en la cama algo desanimado. Dijera lo que dijera mi madre, en mis pantalones había algo que le quería llevar la contraria.
–Mario, mi niño. Se sentó a mi lado.
–Lo que hemos empezado no ha terminado, ni mucho menos, pero estas cosas hay que llevarlas con cuidado, y tacto. Paso su mano sobre mi paquete.
–Yo también me muero de ganas de repetir, y algo más esta vez, solo aguanta un poco hijo.
–Hablas como si supieras bastante. Le dije tomando su muñeca y evitando que retirase la mano.
–¿De morirme de ganas? No te haces una idea. Intentó esquivar mi pregunta.
–De lo otro, del incesto. Era la primera vez que pronunciaba esa palabra en mi vida. La verdad. Esperé una oscura confesión.
–Leo mucho. Agité la cabeza algo molesto por esa gracia.
–Vale, en realidad es una fantasía que tengo desde hace tiempo.
–¿Querías montártelo conmigo desde hace tiempo?
Ella dejó de mirarme por un segundo, buscando escapatoria, no la dejé, le agarré una teta.
–¡Quieto! Me apartó la mano.
–No es eso, es más una cosa que estaba ahí, te he visto convertir en un chico atractivo, un poco solitario, y bueno hay algo más, pero prefiero guardarme eso para mí, la miré con urgencia.
–De momento al menos. Me concedió eso, sabía mantenerme en el anzuelo.
–Anda hazte cargo de esto. Me agarró la polla a través de los pantalones, marcó bien la forma.
–Yo la verdad también me follaría a la tuya.
–Me cago en la puta. Bromeando hizo un amago de darme un golpe.
–Son las tetas, antes no las enseñaba y ahora las lleva prácticamente fuera, te entiendo. Se encogió de hombros.
–¿Tú te la follarías, a tu madre digo? Me miró extrañado.
–Joder eso, eso no se puede cabrón. Lo miré con fingida presión para que contestase.
–¿Tú lo harías?
–Sí, sin lugar a dudas. El debió creer que bromeaba, pero le estaba diciendo la más absoluta de las verdades.
–Vamos imagina el mismo escenario que con Alba, contesta.
–Pues hombre, aunque nunca sería lo mismo, supongo que sí. Se quedó pensativo a un segundo.
–Como sueñe algo raro esta noche te mato.
Me reí a carcajadas, continuamos el paseo hasta que el frio se empezó a hacer insoportable. De vuelta en casa de mi abuela, la homenajeada estaba en la cocina, con el resto de mujeres, mi tía, Alba y mi madre y además ya había llegado la esposa de mi tío Paco, Juana.
Mi madre no era muy dada a las tareas domésticas ni a la cocina, ella trabajaba todo el día así que como solía decirme ella no iba a seguir laburando al llegar a casa, teníamos asistenta de todas formas, y yo comía en la facultad, así que tanto daba.
Mi tío Paco estaba en la sala, con mi padre, hablaban del pueblo y así. Mis otros primos no aparecerían más que a la comida lo cual era bastante bueno, también iban a venir otros familiares más lejanos.
El sopor empezaba a matarnos, la televisión era una basura, la cobertura iba y venía, para empeorar las cosas Luis y yo habíamos agotado los temas de que hablar.
Él se metió a ayudar en la cocina, en ese momento mi madre aprovechó para escaparse.
Mi padre y Paco habían marchado a ver unas tierras.
Al pasar por el salón ella me lanzó una miradita y yo la seguí. Subimos al piso de arriba, me mordía el labio inferior para matar las ganas de agarrarla el culo mientras lo meneaba delante de mí en la escalera.
Ya arriba mi madre entró en la habitación que compartía con mi padre, me colé detrás.
Con la puerta cerrada no me pude aguantar las ganas de echarme encima de ella, llevaba fantaseando toda la noche.
Manoseé su cuerpo por encima de la ropa, ella se dejaba hacer, normal después de lo de ayer.
Empecé a comerle el cuello, ligeros y húmedos besos.
–Para cariño, ahora no. Me cortó.
–¿Qué pasa? Le pregunté encarándola.
–No podemos hacer nada con todo el mundo aquí. Le busqué un beso, me esquivó.
–Que no, Mario. Me dejo algo decaído ella lo notó.
–Mira me gustó mucho lo que hicimos, y va a volver a pasar, pero no en casa de tú abuela, por dios aguanta un poco.
Me senté en la cama algo desanimado. Dijera lo que dijera mi madre, en mis pantalones había algo que le quería llevar la contraria.
–Mario, mi niño. Se sentó a mi lado.
–Lo que hemos empezado no ha terminado, ni mucho menos, pero estas cosas hay que llevarlas con cuidado, y tacto. Paso su mano sobre mi paquete.
–Yo también me muero de ganas de repetir, y algo más esta vez, solo aguanta un poco hijo.
–Hablas como si supieras bastante. Le dije tomando su muñeca y evitando que retirase la mano.
–¿De morirme de ganas? No te haces una idea. Intentó esquivar mi pregunta.
–De lo otro, del incesto. Era la primera vez que pronunciaba esa palabra en mi vida. La verdad. Esperé una oscura confesión.
–Leo mucho. Agité la cabeza algo molesto por esa gracia.
–Vale, en realidad es una fantasía que tengo desde hace tiempo.
–¿Querías montártelo conmigo desde hace tiempo?
Ella dejó de mirarme por un segundo, buscando escapatoria, no la dejé, le agarré una teta.
–¡Quieto! Me apartó la mano.
–No es eso, es más una cosa que estaba ahí, te he visto convertir en un chico atractivo, un poco solitario, y bueno hay algo más, pero prefiero guardarme eso para mí, la miré con urgencia.
–De momento al menos. Me concedió eso, sabía mantenerme en el anzuelo.
–Anda hazte cargo de esto. Me agarró la polla a través de los pantalones, marcó bien la forma.
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–No se te ocurra bajar así que matas a la abuela de un susto.
–Me vendría bien algo de ayuda.
La agarré de las caderas nada más levantarse, hundí mi cara en el punto en que terminaba su espalda y empezaba su culo.
–No paras ni un momento. Se libró de mí, dio otro paso adelante y se giró.
–¿Te sirve con esto?
Se levantó el buzo y la camiseta que llevaba debajo, iba otra vez sin corpiño, ya me había percatado al agarrarle la teta antes.
Hay que decir que esa fue la primera vez que le vi sus pechos bien, en el coche no llegué a contemplar esas precisas manzanitas en todo su esplendor. Mi madre tenía una copa pequeña, una ochenta o cosa así, pero bien redonditas las tenía.
Los pezones que en el día anterior se me antojaron oscuros, eran más bien rosados, grandes y puntiagudos. Estiré la mano libre, la otra ya la tenía metida en el pantalón, me la apartó con delicadeza y se cubrió.
–Como no me hagas caso te quedas sin nada.
Retrocedió otro paso más, su espalda pegaba en la puerta. Ahora me enseñó solo el pecho izquierdo, quería jugar y yo también.
Me levanté de golpe, sin darle tiempo a reaccionar. Me saqué la polla ya dura, toqué con la punta su vientre descubierto.
Intentó apartarme de ella, sin demasiado esfuerzo, el tacto de mi glande en su piel me tenía a cien, solo tenía que quitarle el pantalón, bajar un palmo y ya estaba.
Mis manos fueron a la cintura de sus vaqueros, ella las buscó con las suyas para detenerme, me decía que no en susurros y entre risas nerviosas.
Solté el botón, los vaqueros le quedaban prietos, se los bajé hasta medio muslo de sus interminables piernas, suficiente. Me agarré la polla y busqué, mirando hacia abajo, apartando su tanguita. Ella me besó, para distraerme.
–Aun no. Me susurró al oído.
–Aquí no podemos hacer esto. Mi madre tomó el control de mi rabo, imaginé que al menos me haría una paja, quizás otra mamada.
Se puso de puntillas, su cabeza se elevó por encima de la mía, llevó mi polla entre sus muslos, noté el roce de la tela de su tanga por arriba, la carne cerrándose a los lados.
–Muévete, con cuidado.
Me ordenó. Imprimí movimiento a mis caderas, mi polla se deslizaba entre sus piernas, no la penetraba pero notaba su humedad creciente.
Era mejor que nada, y en parte era muy excitante, los dos vestidos casi por completo, y casi follando pero sin follar. Quise darle gusto con mis dedos, ella se negó:
–No que si empiezo no voy a poder parar. Me dijo.
–Mamá, quiero decirte que me encanta esto, todo, que me tiene descolocado pero es genial.
Ella sonrió a mi confesión un tanto pueril.
–Me alegro mucho mi niño, a mí también me gusta, hacía años que no sentía este morbo, tanto tiempo.
Se mordió el labio inferior. Se apoyó en mis hombros, se acercó con la lengua a mi oreja, el cosquilleo me provocó un calambre por toda la columna, el mordisco un pico de dolor.
Aumenté el ritmo de mis caderas, metí mis manos bajo su buzo, le pellizqué los pezones en respuesta al mordisco. Me terminé corriendo al poco, con la polla atrapada entre sus perfectos muslos, disparé contra la puerta, le manché a ella un poco sin poder evitarlo.
Mi madre buscó con qué limpiar la puerta, me pasó un cojín viejo que estaba sobre la cama, ella tomó un pañuelo de papel en su bolso para sí, que estaba en una silla.
–¿En serio?
Pregunté sujetando la almohadilla frente a ella.
–Es mejor que nada.
Se subió los pantalones.
–Me has dejado empapada.
Antes de cerrarlos se acarició la tanga, se marcó la humedad en la tela.
–Eso tiene solución. Yo seguía queriendo más.
–Que no pesado. Limpia eso y haz como si nada.
En un memento no sé porque me cabree con ella me subí los pantalones
–¡Eres una puta calientapollas ya verás!
Le grite golpeando la pared de un puñetazo le contesté antes de que saliese ella me vio cabreado se puso mal y mas mal se puso con lo que le grite.
La cocina seguía frenética con los preparativos, mi padre y mi tío regresaron, traían con ello uno de los perros de mi tío.
El pastor alemán, casi un cachorro se convirtió en mi mayor entretenimiento.
–Me vendría bien algo de ayuda.
La agarré de las caderas nada más levantarse, hundí mi cara en el punto en que terminaba su espalda y empezaba su culo.
–No paras ni un momento. Se libró de mí, dio otro paso adelante y se giró.
–¿Te sirve con esto?
Se levantó el buzo y la camiseta que llevaba debajo, iba otra vez sin corpiño, ya me había percatado al agarrarle la teta antes.
Hay que decir que esa fue la primera vez que le vi sus pechos bien, en el coche no llegué a contemplar esas precisas manzanitas en todo su esplendor. Mi madre tenía una copa pequeña, una ochenta o cosa así, pero bien redonditas las tenía.
Los pezones que en el día anterior se me antojaron oscuros, eran más bien rosados, grandes y puntiagudos. Estiré la mano libre, la otra ya la tenía metida en el pantalón, me la apartó con delicadeza y se cubrió.
–Como no me hagas caso te quedas sin nada.
Retrocedió otro paso más, su espalda pegaba en la puerta. Ahora me enseñó solo el pecho izquierdo, quería jugar y yo también.
Me levanté de golpe, sin darle tiempo a reaccionar. Me saqué la polla ya dura, toqué con la punta su vientre descubierto.
Intentó apartarme de ella, sin demasiado esfuerzo, el tacto de mi glande en su piel me tenía a cien, solo tenía que quitarle el pantalón, bajar un palmo y ya estaba.
Mis manos fueron a la cintura de sus vaqueros, ella las buscó con las suyas para detenerme, me decía que no en susurros y entre risas nerviosas.
Solté el botón, los vaqueros le quedaban prietos, se los bajé hasta medio muslo de sus interminables piernas, suficiente. Me agarré la polla y busqué, mirando hacia abajo, apartando su tanguita. Ella me besó, para distraerme.
–Aun no. Me susurró al oído.
–Aquí no podemos hacer esto. Mi madre tomó el control de mi rabo, imaginé que al menos me haría una paja, quizás otra mamada.
Se puso de puntillas, su cabeza se elevó por encima de la mía, llevó mi polla entre sus muslos, noté el roce de la tela de su tanga por arriba, la carne cerrándose a los lados.
–Muévete, con cuidado.
Me ordenó. Imprimí movimiento a mis caderas, mi polla se deslizaba entre sus piernas, no la penetraba pero notaba su humedad creciente.
Era mejor que nada, y en parte era muy excitante, los dos vestidos casi por completo, y casi follando pero sin follar. Quise darle gusto con mis dedos, ella se negó:
–No que si empiezo no voy a poder parar. Me dijo.
–Mamá, quiero decirte que me encanta esto, todo, que me tiene descolocado pero es genial.
Ella sonrió a mi confesión un tanto pueril.
–Me alegro mucho mi niño, a mí también me gusta, hacía años que no sentía este morbo, tanto tiempo.
Se mordió el labio inferior. Se apoyó en mis hombros, se acercó con la lengua a mi oreja, el cosquilleo me provocó un calambre por toda la columna, el mordisco un pico de dolor.
Aumenté el ritmo de mis caderas, metí mis manos bajo su buzo, le pellizqué los pezones en respuesta al mordisco. Me terminé corriendo al poco, con la polla atrapada entre sus perfectos muslos, disparé contra la puerta, le manché a ella un poco sin poder evitarlo.
Mi madre buscó con qué limpiar la puerta, me pasó un cojín viejo que estaba sobre la cama, ella tomó un pañuelo de papel en su bolso para sí, que estaba en una silla.
–¿En serio?
Pregunté sujetando la almohadilla frente a ella.
–Es mejor que nada.
Se subió los pantalones.
–Me has dejado empapada.
Antes de cerrarlos se acarició la tanga, se marcó la humedad en la tela.
–Eso tiene solución. Yo seguía queriendo más.
–Que no pesado. Limpia eso y haz como si nada.
En un memento no sé porque me cabree con ella me subí los pantalones
–¡Eres una puta calientapollas ya verás!
Le grite golpeando la pared de un puñetazo le contesté antes de que saliese ella me vio cabreado se puso mal y mas mal se puso con lo que le grite.
La cocina seguía frenética con los preparativos, mi padre y mi tío regresaron, traían con ello uno de los perros de mi tío.
El pastor alemán, casi un cachorro se convirtió en mi mayor entretenimiento.
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Luis había terminado su aportación, resultaba que había estado estudiando repostería, no me dijo nada, y había preparado una tarta a la abuela. Los dos nos pasamos el rato hasta que empezaron a llegar familiares, e incluso después, tirándole una bola de un lado a otro al perro.
Mis primos, los imbéciles, hicieron acto de presencia, uno se trajo a la novia, esa chica no había visto un pueblo ni en foto, no era tan guapa como creía la pobre. La comida empezó con una felicitación a la abuela por parte de toda la mesa.
Luego ya entramos en materia, la comida era contundente, patatas con chorizo de primero y cordero asado de segundo.
Los primos estábamos todos en un extremo de la mesa, Luis hacía tonterías, yo le reía las gracias, la abuela, que no estaba lejos también, su madre le llamaba la atención.
Alba que se nos había sentado al lado, de hecho a mi izquierda también reía, aunque tímidamente.
Como ya he dicho el rasgo más característico de mi prima es su pecho, enrome, pero además yo diría que es una chica un tanto insegura, es lista y maja, pero al estar algo rellenita y ser bajita me da que tiene más complejos de lo que creemos, a Luis y a mí nos encantaba igual.
La sobremesa se demoró hasta casi las cinco, la abuela se quedó dormida a eso de las cuatro, entre mi tía y otra familiar la llevaron al cuarto. Se fue despidiendo la gente paulatinamente, los primeros mis primos y la novia, que apenas había comido.
En un momento que me levanté, para ir al baño, Luis ocupó mi sitio junto a Alba. Nuestra prima llevaba un rato riéndole las gracias y bebiendo bastante tinto, yo también había pimplado lo mío y reído bastante, supuse que las dos cosas estaban conectadas.
Me dirigí al baño de la primera planta, entré sin llamar ni nada, y se me quedaron los ojos como platos.
Mi tía estaba echada en la pila, sin blusa, en corpiño, con sus dos buenas tetas botando, a consecuencia del movimiento de frote sobre la prenda que trataba de limpiar.
Se volvió al verme en el umbral, y dejó la blusa en el lavamanos para cubrirse con los brazos, pero poco podía cubrir.
Yo no me corté en mirar, no después de lo acontecido con mi madre, no después de su desafío y no después del calentón que llevaba entre vino y demás.
–Mierda tía perdona. Dije mientras entraba y cerraba tras de mí.
–¿Perdona? Preguntó con tono chulesco.
–Pero sal melón qué no ves como estoy.
–Joder que si lo veo. Respondí, con doble sentido.
–Tú estás tonto, que salgas te digo. La ignoré, sin dejar de mirarla.
–Es que no me aguanto más, y necesito usar el baño.
Respondí, llevándome una mano al paquete, sus ojos siguieron el gesto igual tenía suerte con tía Paula.
–Anda deja que salga. Recogió la blusa.
–No mujer, sigue a lo tuyo que solo tengo que mear. Además que eres mi tía, no vas a ver nada del otro mundo.
Avancé hasta el inodoro, procurando pasar cerca de ella en el corto camino.
–No serás capaz…
Se calló al verme sacarme el rabo. Yo que soy de encendido rápido, la tenía ya algo morcillona con solo verle las tetas bambolearse, y el morbo que mi madre había citado por la mañana hacía el resto.
Mi tía no sabía dónde meterse, me miró de seguido unos segundos, ella divorciada y según Luis buscando guerra, era una buena combinación.
Supongo que para intentar aparentar normalidad volvió a lo suyo, al frota que te frota, ahora yo miraba de reojo esas mamellas que parecían iban a saltar del corpiño en cualquier momento.
Claro que me estaba poniendo tan caliente, que las ganas de mear se convertían en una erección por momentos.
El tiempo que llevaba frente al retrete sin hacer nada volvió a atraer la atención de mi tía.
–¿No ibas muy apurado? Me preguntó, apenas lanzó un par de miraditas, mi polla estaba más grande que al principio.
–Que a veces tarda, tiene mucho recorrido.
–Ese era el vino hablando por mí.
–Que cafre, igual que tu primo.
–¿Igual o más grande? Bendito Rioja que sacaba lo mejor de mí.
–Ya te vale, cualquiera que te vea.
Ella reía, pero cada vez miraba más.
–Cualquiera que nos vea, porque tu tía estás también de foto.
Mis primos, los imbéciles, hicieron acto de presencia, uno se trajo a la novia, esa chica no había visto un pueblo ni en foto, no era tan guapa como creía la pobre. La comida empezó con una felicitación a la abuela por parte de toda la mesa.
Luego ya entramos en materia, la comida era contundente, patatas con chorizo de primero y cordero asado de segundo.
Los primos estábamos todos en un extremo de la mesa, Luis hacía tonterías, yo le reía las gracias, la abuela, que no estaba lejos también, su madre le llamaba la atención.
Alba que se nos había sentado al lado, de hecho a mi izquierda también reía, aunque tímidamente.
Como ya he dicho el rasgo más característico de mi prima es su pecho, enrome, pero además yo diría que es una chica un tanto insegura, es lista y maja, pero al estar algo rellenita y ser bajita me da que tiene más complejos de lo que creemos, a Luis y a mí nos encantaba igual.
La sobremesa se demoró hasta casi las cinco, la abuela se quedó dormida a eso de las cuatro, entre mi tía y otra familiar la llevaron al cuarto. Se fue despidiendo la gente paulatinamente, los primeros mis primos y la novia, que apenas había comido.
En un momento que me levanté, para ir al baño, Luis ocupó mi sitio junto a Alba. Nuestra prima llevaba un rato riéndole las gracias y bebiendo bastante tinto, yo también había pimplado lo mío y reído bastante, supuse que las dos cosas estaban conectadas.
Me dirigí al baño de la primera planta, entré sin llamar ni nada, y se me quedaron los ojos como platos.
Mi tía estaba echada en la pila, sin blusa, en corpiño, con sus dos buenas tetas botando, a consecuencia del movimiento de frote sobre la prenda que trataba de limpiar.
Se volvió al verme en el umbral, y dejó la blusa en el lavamanos para cubrirse con los brazos, pero poco podía cubrir.
Yo no me corté en mirar, no después de lo acontecido con mi madre, no después de su desafío y no después del calentón que llevaba entre vino y demás.
–Mierda tía perdona. Dije mientras entraba y cerraba tras de mí.
–¿Perdona? Preguntó con tono chulesco.
–Pero sal melón qué no ves como estoy.
–Joder que si lo veo. Respondí, con doble sentido.
–Tú estás tonto, que salgas te digo. La ignoré, sin dejar de mirarla.
–Es que no me aguanto más, y necesito usar el baño.
Respondí, llevándome una mano al paquete, sus ojos siguieron el gesto igual tenía suerte con tía Paula.
–Anda deja que salga. Recogió la blusa.
–No mujer, sigue a lo tuyo que solo tengo que mear. Además que eres mi tía, no vas a ver nada del otro mundo.
Avancé hasta el inodoro, procurando pasar cerca de ella en el corto camino.
–No serás capaz…
Se calló al verme sacarme el rabo. Yo que soy de encendido rápido, la tenía ya algo morcillona con solo verle las tetas bambolearse, y el morbo que mi madre había citado por la mañana hacía el resto.
Mi tía no sabía dónde meterse, me miró de seguido unos segundos, ella divorciada y según Luis buscando guerra, era una buena combinación.
Supongo que para intentar aparentar normalidad volvió a lo suyo, al frota que te frota, ahora yo miraba de reojo esas mamellas que parecían iban a saltar del corpiño en cualquier momento.
Claro que me estaba poniendo tan caliente, que las ganas de mear se convertían en una erección por momentos.
El tiempo que llevaba frente al retrete sin hacer nada volvió a atraer la atención de mi tía.
–¿No ibas muy apurado? Me preguntó, apenas lanzó un par de miraditas, mi polla estaba más grande que al principio.
–Que a veces tarda, tiene mucho recorrido.
–Ese era el vino hablando por mí.
–Que cafre, igual que tu primo.
–¿Igual o más grande? Bendito Rioja que sacaba lo mejor de mí.
–Ya te vale, cualquiera que te vea.
Ella reía, pero cada vez miraba más.
–Cualquiera que nos vea, porque tu tía estás también de foto.
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–Con un corpiño viejo y dos tetas caídas, ya ves, no todas podemos ser tu madre. Aclaraba la blusa.
–A algunas no les hace falta. Tiré la bomba y me giré un tanto, a ver cómo reaccionaba, la erección era ya casi total.
Me miró la polla, a dónde más mirar en el pequeño cuarto de baño.
De pronto la puerta se abrió, todo el pudor me volvió de golpe, di la espalda a la entrada e intenté pensar en algo que me bajase el tema.
–Paula, perdona. Era la voz de mi madre.
–¿Y esto que hace aquí? Preguntó por mí.
–Ya ves que tenía prisa, están los dos que había que haberles quitado el vino antes del segundo plato. Le contestó mi tía.
–Pues el tuyo a este paso se casa con la niña. Comentó mi madre en clara referencia a Luis y Alba.
–Voy para abajo a ver que hace. Mi tía salió.
–Termina ya que vas a hacer cola. Me soltó antes de irse.
Cerraron la puerta, las oí hablar, que la pillada hubiese sido cosa de mi madre sirvió para mantenerme el mástil bien recto. La puerta volvió a abrirse.
–¡Ocupado!
Grité sin volverme.
–Muy ocupado estabas tú hace un momento.
Era mi madre otra vez. Me giré, contento de que fuese ella, con la polla apuntándole y las manos deseando tocar carne.
–¿Que hacías con tu tía?
Me preguntó algo molesta.
–Pues lo que me has dicho esta mañana.
Le contesté y me quedé tan pancho, con ella no tenía que andarme con cuidado.
–Serás.
Suspiro enfadada, no supe si era enserio o una actuación.
–Esas tenemos, y si voy y me cojo a Luis, le llevo a la habitación…
–No, mamá no jodas.
La interrumpí, de repente no soportaba imaginarle con alguien que no fuese yo.
–Pues eso te digo a ti.
Estaba cabreada de verdad.
–Que será el vino y el calentón, mira como la tengo.
Me señalé el rabo duro.
–Tienes diecinueve años, deberías saber hacerte una paja solito.
–Pero es que no quiero una paja, quiero follarte.
Acorté la distancia, ella se volvió para la puerta y pensé que se iba, cerró el pestillo.
–No te vas a quedar tranquilo hasta que pase, ¿Verdad?
Negué con la cabeza.
–Quería que fuese mejor que esto, en el baño de casa de tu abuela. Yo quería hacerlo en una buena cama, en casa y a gusto. Aquí encima está toda la familia y tu padre abajo.
Se acercó y empezó a meneármela, se escupió en la mano, extendió su saliva por mi cipote.
–Pero supongo que eso lo hace un poco más excitante, ¿No?
–Mamá, me muero de ganas. Tiré de ella hacía mí, y en un rápido movimiento la subí al lavabo.
–Se me va a mojar el culo, tontito.
Me dijo ya juguetona.
–Más que eso se te va a mojar.
Esbocé una sonrisa lupina. Desabroché los vaqueros y esta vez los bajé hasta las rodillas, un poco más, volvía a llevar las botas altas y no me daba para más. Las bragas se les unieron al instante.
Su coño brillaba húmedo, llamándome, yo contesté.
Había hecho aquello más veces, con una novia, una chica que o la comía todo o no había diversión para mí, al final le cogí gusto.
Aquella chica tenía el coño cerradito, los labios casi hacia dentro, mi madre no, ella los tenía hacia fuera, grandes y con esa característica forma de flor.
Hundí mi boca allí, con la nariz rozaba por encima del clítoris, jugué un poco con eso para acariciar el botoncito de placer con la punta.
Pillé por sorpresa a mi madre, que se estiró y buscó asideros al sentirme allí, en una mirada hacia arriba pude ver como ser mordía la mano izquierda para no gemir.
Por suerte para ella la derecha encontró una toalla, ella se la llevó a la boca.
Sus dedos empezaron a escarbar en mi pelo. No podía abrirle bien las piernas por culpa de los pantalones, le tuve que quitar las botas, y después estos. Las bragas se las cambié por la toalla, ella las mordió con deseo.
Ahora sí le separé las piernas, su culo casi cae del todo en la mojada pila. Me estaba deleitando comiéndole el coño cuando tiró de mi pelo para arriba.
–¡Para! Vamos a follar. Esto me lo haces cuando tengamos más tiempo.
Respiraba pesada. Se quitó el buzo y la camiseta, estaba totalmente desnuda, fui a imitarla.
–A algunas no les hace falta. Tiré la bomba y me giré un tanto, a ver cómo reaccionaba, la erección era ya casi total.
Me miró la polla, a dónde más mirar en el pequeño cuarto de baño.
De pronto la puerta se abrió, todo el pudor me volvió de golpe, di la espalda a la entrada e intenté pensar en algo que me bajase el tema.
–Paula, perdona. Era la voz de mi madre.
–¿Y esto que hace aquí? Preguntó por mí.
–Ya ves que tenía prisa, están los dos que había que haberles quitado el vino antes del segundo plato. Le contestó mi tía.
–Pues el tuyo a este paso se casa con la niña. Comentó mi madre en clara referencia a Luis y Alba.
–Voy para abajo a ver que hace. Mi tía salió.
–Termina ya que vas a hacer cola. Me soltó antes de irse.
Cerraron la puerta, las oí hablar, que la pillada hubiese sido cosa de mi madre sirvió para mantenerme el mástil bien recto. La puerta volvió a abrirse.
–¡Ocupado!
Grité sin volverme.
–Muy ocupado estabas tú hace un momento.
Era mi madre otra vez. Me giré, contento de que fuese ella, con la polla apuntándole y las manos deseando tocar carne.
–¿Que hacías con tu tía?
Me preguntó algo molesta.
–Pues lo que me has dicho esta mañana.
Le contesté y me quedé tan pancho, con ella no tenía que andarme con cuidado.
–Serás.
Suspiro enfadada, no supe si era enserio o una actuación.
–Esas tenemos, y si voy y me cojo a Luis, le llevo a la habitación…
–No, mamá no jodas.
La interrumpí, de repente no soportaba imaginarle con alguien que no fuese yo.
–Pues eso te digo a ti.
Estaba cabreada de verdad.
–Que será el vino y el calentón, mira como la tengo.
Me señalé el rabo duro.
–Tienes diecinueve años, deberías saber hacerte una paja solito.
–Pero es que no quiero una paja, quiero follarte.
Acorté la distancia, ella se volvió para la puerta y pensé que se iba, cerró el pestillo.
–No te vas a quedar tranquilo hasta que pase, ¿Verdad?
Negué con la cabeza.
–Quería que fuese mejor que esto, en el baño de casa de tu abuela. Yo quería hacerlo en una buena cama, en casa y a gusto. Aquí encima está toda la familia y tu padre abajo.
Se acercó y empezó a meneármela, se escupió en la mano, extendió su saliva por mi cipote.
–Pero supongo que eso lo hace un poco más excitante, ¿No?
–Mamá, me muero de ganas. Tiré de ella hacía mí, y en un rápido movimiento la subí al lavabo.
–Se me va a mojar el culo, tontito.
Me dijo ya juguetona.
–Más que eso se te va a mojar.
Esbocé una sonrisa lupina. Desabroché los vaqueros y esta vez los bajé hasta las rodillas, un poco más, volvía a llevar las botas altas y no me daba para más. Las bragas se les unieron al instante.
Su coño brillaba húmedo, llamándome, yo contesté.
Había hecho aquello más veces, con una novia, una chica que o la comía todo o no había diversión para mí, al final le cogí gusto.
Aquella chica tenía el coño cerradito, los labios casi hacia dentro, mi madre no, ella los tenía hacia fuera, grandes y con esa característica forma de flor.
Hundí mi boca allí, con la nariz rozaba por encima del clítoris, jugué un poco con eso para acariciar el botoncito de placer con la punta.
Pillé por sorpresa a mi madre, que se estiró y buscó asideros al sentirme allí, en una mirada hacia arriba pude ver como ser mordía la mano izquierda para no gemir.
Por suerte para ella la derecha encontró una toalla, ella se la llevó a la boca.
Sus dedos empezaron a escarbar en mi pelo. No podía abrirle bien las piernas por culpa de los pantalones, le tuve que quitar las botas, y después estos. Las bragas se las cambié por la toalla, ella las mordió con deseo.
Ahora sí le separé las piernas, su culo casi cae del todo en la mojada pila. Me estaba deleitando comiéndole el coño cuando tiró de mi pelo para arriba.
–¡Para! Vamos a follar. Esto me lo haces cuando tengamos más tiempo.
Respiraba pesada. Se quitó el buzo y la camiseta, estaba totalmente desnuda, fui a imitarla.
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–No, déjate la ropa, por si viene alguien. No pierdas más tiempo dame con esto enterrármela entera.
Enfiló mi polla a la entrada de su coño.
–¿Así sin más? ¿Y lo de hacerlo especial?
–Cuando lleguemos a casa te juro que algo especial haremos, ahora mamá quiere tu polla.
Me tiró del cuello de la camisa y me acercó para plantarme un morreo.
–No haberte puesto tan pesado, mira como me tienes.
Me encantaba como la tenía, me volvía loco verla tan excitada. Con mi polla agarrada acaricié la entrada de su coño, le pasé la polla por los grandes labios, despacio calentándola más. Me espoleó con un golpe de talón en mi culo, mi madre quería que se la clavase ya.
Yo también me moría de ganas coloqué el glande en la entrada, saboreando su humedad con la punta de mi rabo. Se la introduje despacio, con un lento movimiento de cadera, ella se echó hacia atrás, recibiéndome, contra el espejo.
–Ah! Ahh! Ahhhh!
Lazo un gemido que no pudo retener y empecé con un bombeo suave, casi con miedo a romperla, o más bien para que no acabase nunca aquello.
Mi madre suspira y me miraba directamente a los ojos, sus brazos cerrados alrededor de mi cuello.
Estaba mojada y caliente, no demasiado abierta, su coño me apretaba la polla. Nos movíamos con idéntico ritmo, sobre el lavabo, llevé mis manos a su culo, para elevarla un poco más y…
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Índice de todos los relatos
Enfiló mi polla a la entrada de su coño.
–¿Así sin más? ¿Y lo de hacerlo especial?
–Cuando lleguemos a casa te juro que algo especial haremos, ahora mamá quiere tu polla.
Me tiró del cuello de la camisa y me acercó para plantarme un morreo.
–No haberte puesto tan pesado, mira como me tienes.
Me encantaba como la tenía, me volvía loco verla tan excitada. Con mi polla agarrada acaricié la entrada de su coño, le pasé la polla por los grandes labios, despacio calentándola más. Me espoleó con un golpe de talón en mi culo, mi madre quería que se la clavase ya.
Yo también me moría de ganas coloqué el glande en la entrada, saboreando su humedad con la punta de mi rabo. Se la introduje despacio, con un lento movimiento de cadera, ella se echó hacia atrás, recibiéndome, contra el espejo.
–Ah! Ahh! Ahhhh!
Lazo un gemido que no pudo retener y empecé con un bombeo suave, casi con miedo a romperla, o más bien para que no acabase nunca aquello.
Mi madre suspira y me miraba directamente a los ojos, sus brazos cerrados alrededor de mi cuello.
Estaba mojada y caliente, no demasiado abierta, su coño me apretaba la polla. Nos movíamos con idéntico ritmo, sobre el lavabo, llevé mis manos a su culo, para elevarla un poco más y…
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Perdido por mamá (3)
Me despertó el timbrazo del móvil, como cada mañana de lunes. A pesar de que eran las siete y media, bajé animado a la cocina, mi madre estaba allí, tomando un café. La cogí por detrás nada más verla, ella me apartó un segundo antes de que mi padre entrase en la cocina, anudándose la corbata.
El desayuno fue fugaz, y apenas nadie habló, mi madre fue la primera en irse, apenas dos minutos después mi padre, yo recogí mis cosas y me dirigí a la parada de las cercanías para llegar a la facultad. Me había imaginado que en cuanto llegásemos a casa mamá y yo podríamos dar rienda suelta a todos nuestros deseos, pero mientras el tren traqueteaba en las vías me di cuenta que la rutina iba a ser un escollo difícil de romper.
Antes de las ocho de las mañana todos habíamos salido de casa, mi madre solía ser la primera. Después, yo estaba en la facultad hasta las tres y media, comía allí y muchas tardes me quedaba en la biblioteca. Tanto daba que pasase la tarde en casa, pues mi madre no llegaba hasta pasadas las seis, y más o menos en media hora aparecía mi padre.
El miércoles yo ya me subía por las paredes, apenas había robado un par de magreos y besos a mi madre. Ella se dio cuenta de mi situación y así esa mañana, antes de que sonase el despertador ella me despertó con una caricia.
–¿Mamá?
Entre abrí mis soñolientos ojos y la vi, llevaba una camiseta de tirantes azul muy clara, las tiras del sujetador se liaban con las de la camiseta, de cintura para abajo solo vestía unas braguitas, algo más largas que las de días pasados, la cubrían más de media nalga, eran bonitas de color amarillo.
–¿Qué pasa, me he dormido? Me incorporé y froté los ojos, busqué, a tientas, el móvil sobre la mesilla, para mirar la hora, eran las seis.
–No, tranquilo. Me quitó el teléfono de la mano y lo dejó de nuevo en su sitio.
–Ya que los dos últimos días no hemos tenido un momento para nosotros, se me ha ocurrido robarle algo de tiempo al día, ¿No te importará el madrugón? Se inclinó sobre mí y me besó.
–Para nada. Contesté cuando sus labios me dejaron, ya estaba casi despierto del todo, aunque pensé que tal vez era todo un sueño.
–¿Papá?
–Tu padre aun duerme, así que no podemos hacer ruido. Me quitó de encima la ropa de cama. Vio el bulto en mis pantalones de pijama.
–No soy tan buena, así que imagino que te levantas siempre así.
–Bueno, ya que estamos aprovechémoslo.
Mis manos empezaron a buscar su cuerpo, le quité la camiseta y ella quedó en sujetador, era amarillo, igual que la tanga.
Ella se subió en la cama, se sentó sobre sus rodillas, encima de mis piernas, nos besamos, fue el beso más largo que nos habíamos dado hasta la fecha. Nuestras lenguas se buscaban, anudaban y separaban, cuando nos separamos casi nos faltaba el aire.
Bajó mi pijama un poco, por encima de mis calzoncillos ya asomaba mi polla. Cuando quedó libre apuntó al techo, mi madre lamió su mano derecha y la llevó a mi rabo, empezó a masturbarme despacio.
–Dime cariño, ¿cómo lo llevas? Me miraba a los ojos desde arriba, ella quedaba por encima de mí, a pesar de que yo estaba algo incorporado.
–Esto, muy bien. Me encantaba el tacto de su piel, el masaje al que sometía a mi rabo era puro éxtasis.
–Me refiero a todo. Sé que estos días no he podido estar contigo todo lo nos hubiese gustado.
Asentí, si por mí hubiese sido no habríamos salido de la cama.
–Pero con el trabajo y tu padre, no creí que fuese a ser tan difícil la verdad. Pero no te preocupes, me voy a asegurar de que lo pasemos tan bien como te prometí.
–No me importa madrugar todos los días mamá. La hice reír.
–No creo que sea necesario, pero hoy le sacaremos partido.
Se echó hacia atrás y casi a cámara lenta se dobló sobre mí, hasta que su boca cayó sobre mi polla. Cerró sus labios justo antes del primer contacto, con lo que este fue un beso, después su lengua rodeó la punta en un rápido movimiento.
Me despertó el timbrazo del móvil, como cada mañana de lunes. A pesar de que eran las siete y media, bajé animado a la cocina, mi madre estaba allí, tomando un café. La cogí por detrás nada más verla, ella me apartó un segundo antes de que mi padre entrase en la cocina, anudándose la corbata.
El desayuno fue fugaz, y apenas nadie habló, mi madre fue la primera en irse, apenas dos minutos después mi padre, yo recogí mis cosas y me dirigí a la parada de las cercanías para llegar a la facultad. Me había imaginado que en cuanto llegásemos a casa mamá y yo podríamos dar rienda suelta a todos nuestros deseos, pero mientras el tren traqueteaba en las vías me di cuenta que la rutina iba a ser un escollo difícil de romper.
Antes de las ocho de las mañana todos habíamos salido de casa, mi madre solía ser la primera. Después, yo estaba en la facultad hasta las tres y media, comía allí y muchas tardes me quedaba en la biblioteca. Tanto daba que pasase la tarde en casa, pues mi madre no llegaba hasta pasadas las seis, y más o menos en media hora aparecía mi padre.
El miércoles yo ya me subía por las paredes, apenas había robado un par de magreos y besos a mi madre. Ella se dio cuenta de mi situación y así esa mañana, antes de que sonase el despertador ella me despertó con una caricia.
–¿Mamá?
Entre abrí mis soñolientos ojos y la vi, llevaba una camiseta de tirantes azul muy clara, las tiras del sujetador se liaban con las de la camiseta, de cintura para abajo solo vestía unas braguitas, algo más largas que las de días pasados, la cubrían más de media nalga, eran bonitas de color amarillo.
–¿Qué pasa, me he dormido? Me incorporé y froté los ojos, busqué, a tientas, el móvil sobre la mesilla, para mirar la hora, eran las seis.
–No, tranquilo. Me quitó el teléfono de la mano y lo dejó de nuevo en su sitio.
–Ya que los dos últimos días no hemos tenido un momento para nosotros, se me ha ocurrido robarle algo de tiempo al día, ¿No te importará el madrugón? Se inclinó sobre mí y me besó.
–Para nada. Contesté cuando sus labios me dejaron, ya estaba casi despierto del todo, aunque pensé que tal vez era todo un sueño.
–¿Papá?
–Tu padre aun duerme, así que no podemos hacer ruido. Me quitó de encima la ropa de cama. Vio el bulto en mis pantalones de pijama.
–No soy tan buena, así que imagino que te levantas siempre así.
–Bueno, ya que estamos aprovechémoslo.
Mis manos empezaron a buscar su cuerpo, le quité la camiseta y ella quedó en sujetador, era amarillo, igual que la tanga.
Ella se subió en la cama, se sentó sobre sus rodillas, encima de mis piernas, nos besamos, fue el beso más largo que nos habíamos dado hasta la fecha. Nuestras lenguas se buscaban, anudaban y separaban, cuando nos separamos casi nos faltaba el aire.
Bajó mi pijama un poco, por encima de mis calzoncillos ya asomaba mi polla. Cuando quedó libre apuntó al techo, mi madre lamió su mano derecha y la llevó a mi rabo, empezó a masturbarme despacio.
–Dime cariño, ¿cómo lo llevas? Me miraba a los ojos desde arriba, ella quedaba por encima de mí, a pesar de que yo estaba algo incorporado.
–Esto, muy bien. Me encantaba el tacto de su piel, el masaje al que sometía a mi rabo era puro éxtasis.
–Me refiero a todo. Sé que estos días no he podido estar contigo todo lo nos hubiese gustado.
Asentí, si por mí hubiese sido no habríamos salido de la cama.
–Pero con el trabajo y tu padre, no creí que fuese a ser tan difícil la verdad. Pero no te preocupes, me voy a asegurar de que lo pasemos tan bien como te prometí.
–No me importa madrugar todos los días mamá. La hice reír.
–No creo que sea necesario, pero hoy le sacaremos partido.
Se echó hacia atrás y casi a cámara lenta se dobló sobre mí, hasta que su boca cayó sobre mi polla. Cerró sus labios justo antes del primer contacto, con lo que este fue un beso, después su lengua rodeó la punta en un rápido movimiento.
❤96🔥62🥰4👍3
Yo me agarraba al cochón con fuerza cuando ella ya tragaba mi rabo. Mi madre llevaba su melena recogida en una coleta, no pude resistirme a echar mano de la cola de caballo mientras su cabeza subía y bajaba.
No le tiré del pelo, ni aumenté el ritmo de la felación, pues hasta el momento mi madre no había dado signos de que le gustase el sexo duro y francamente, yo no quería ni por asomo hacerle daño involuntariamente.
Sin embargo, sí la tuve que dar un tironcito para avisarla de que estaba a punto de correrme, ella detuvo la mamada, me miró.
–¿Puedes aguantar un poco más?
Su mano izquierda llevaba un rato dentro de sus bragas, pero no me percaté de que jugaba con sigo misma hasta que volvió a incorporarse.
–Claro, vamos. Hice ademán de levantarme, ella me detuvo.
–Yo encima mi niño. Se deshizo de la tanga, las eché mano, me las llevé a la nariz y aspiré su aroma.
–Que guarro eres.
Se puso en cuclillas un segundo, agarrando mi polla la dirigió, después se dejó caer lentamente. La penetración fue más profunda que en nuestra primera vez, en el baño de casa de la abuela, o al menos me dio esa sensación.
Ella se colocó de nuevo de rodillas, esa postura le era más cómoda. Mi madre buscó mis manos, yo intentaba quitarle el sujetador, las llevó a sus caderas.
Empezó a moverse, ligera, con una mezcla de adelante atrás y arriba abajo. Era maravilloso tener el contoneo hipnótico de mi madre sobre mí, acaricié todo su cuerpo.
Ella tuvo el control todo el tiempo, marcó el ritmo. Cuando estuvo cerca del orgasmo se movió más rápida, daba ligeros botes sobre mí, su duro culo sonaba ligeramente al chocar contra mis piernas.
Yo me vine primero, mi madre aprovechó mi erección hasta el final, ella siguió moviéndose hasta llegar al orgasmo, esta vez hizo más ruido que en casa de la abuela, aun con esas no creo que mi padre nos oyese.
–Muy bien mi niño. Se dobló sobre mí y me besó.
–Me voy a duchar que tengo que se me hace tarde. Me dio un par de palmaditas en el pecho y se levantó.
–¿Nos duchamos juntos? Pregunté sonriente.
–Otro día cariño.
Se levantó y se puso la camiseta, se la estiró hasta que le cubrió medio culo y su concha, lleno de mi leche. Salió de mi habitación con cuidado, mirando por si había alguien.
Se dejó la tanga en mi cuarto, las guardé en un cajón de mi escritorio, me pareció gracioso y excitante tener esa prenda de ella guardada para mi uso y disfrute, esa misma tarde cayó una paja con ellas.
A veces encontraba más placer en el juego que en la acción, si bien mi madre aun me tenía reservadas unas cuantas sorpresas.
Mi padre ese día fue el último en despertarse, no se había enterado de nada. No me preocupaba mucho por él, más bien prefería alejar todo pensamiento de mi mente, lo que hacía con mi madre era un traición directa a él, pero no quería parar.
Mi padre, por cierto, se llama Juan Carlos, es un buen tipo, abogado de carrera, trabaja en una empresa multinacional, en los servicios jurídicos.
El resto del día fue una repetición de la rutina habitual, todos coincidimos en casa para la cena.
Mi madre había preparado algo, y yo con la escusa de ayudarla, aprovechando que mi padre tenía que revisar unas cosas del trabajo, estuve incordiándola cariñosamente.
Me senté a la mesa con un buen calentón, mi madre en frente, ella también estaba animada, pues su pie descalzo empezó pronto a subirme por la pierna, le di franco acceso a mi paquete para que me lo sobase.
Mi padre tuvo que subir la voz para que le atendiésemos, nos habíamos abstraído por completo.
–Pues eso, tengo que irme a Londres mañana. Me había perdido el principio de la conversación.
–¿Mañana ya? Mi madre rápidamente volvió su atención, y su cabeza a mi padre, su pie seguía sobre mí.
–No queda otra, Peláez no puede así que me tendré que hacerme cargo yo.
–Que malo es ser jefe. Comenté sarcástico.
–Lo malo es ser jefe y tener un jefe, hijo. Me replicó mi padre.
No le tiré del pelo, ni aumenté el ritmo de la felación, pues hasta el momento mi madre no había dado signos de que le gustase el sexo duro y francamente, yo no quería ni por asomo hacerle daño involuntariamente.
Sin embargo, sí la tuve que dar un tironcito para avisarla de que estaba a punto de correrme, ella detuvo la mamada, me miró.
–¿Puedes aguantar un poco más?
Su mano izquierda llevaba un rato dentro de sus bragas, pero no me percaté de que jugaba con sigo misma hasta que volvió a incorporarse.
–Claro, vamos. Hice ademán de levantarme, ella me detuvo.
–Yo encima mi niño. Se deshizo de la tanga, las eché mano, me las llevé a la nariz y aspiré su aroma.
–Que guarro eres.
Se puso en cuclillas un segundo, agarrando mi polla la dirigió, después se dejó caer lentamente. La penetración fue más profunda que en nuestra primera vez, en el baño de casa de la abuela, o al menos me dio esa sensación.
Ella se colocó de nuevo de rodillas, esa postura le era más cómoda. Mi madre buscó mis manos, yo intentaba quitarle el sujetador, las llevó a sus caderas.
Empezó a moverse, ligera, con una mezcla de adelante atrás y arriba abajo. Era maravilloso tener el contoneo hipnótico de mi madre sobre mí, acaricié todo su cuerpo.
Ella tuvo el control todo el tiempo, marcó el ritmo. Cuando estuvo cerca del orgasmo se movió más rápida, daba ligeros botes sobre mí, su duro culo sonaba ligeramente al chocar contra mis piernas.
Yo me vine primero, mi madre aprovechó mi erección hasta el final, ella siguió moviéndose hasta llegar al orgasmo, esta vez hizo más ruido que en casa de la abuela, aun con esas no creo que mi padre nos oyese.
–Muy bien mi niño. Se dobló sobre mí y me besó.
–Me voy a duchar que tengo que se me hace tarde. Me dio un par de palmaditas en el pecho y se levantó.
–¿Nos duchamos juntos? Pregunté sonriente.
–Otro día cariño.
Se levantó y se puso la camiseta, se la estiró hasta que le cubrió medio culo y su concha, lleno de mi leche. Salió de mi habitación con cuidado, mirando por si había alguien.
Se dejó la tanga en mi cuarto, las guardé en un cajón de mi escritorio, me pareció gracioso y excitante tener esa prenda de ella guardada para mi uso y disfrute, esa misma tarde cayó una paja con ellas.
A veces encontraba más placer en el juego que en la acción, si bien mi madre aun me tenía reservadas unas cuantas sorpresas.
Mi padre ese día fue el último en despertarse, no se había enterado de nada. No me preocupaba mucho por él, más bien prefería alejar todo pensamiento de mi mente, lo que hacía con mi madre era un traición directa a él, pero no quería parar.
Mi padre, por cierto, se llama Juan Carlos, es un buen tipo, abogado de carrera, trabaja en una empresa multinacional, en los servicios jurídicos.
El resto del día fue una repetición de la rutina habitual, todos coincidimos en casa para la cena.
Mi madre había preparado algo, y yo con la escusa de ayudarla, aprovechando que mi padre tenía que revisar unas cosas del trabajo, estuve incordiándola cariñosamente.
Me senté a la mesa con un buen calentón, mi madre en frente, ella también estaba animada, pues su pie descalzo empezó pronto a subirme por la pierna, le di franco acceso a mi paquete para que me lo sobase.
Mi padre tuvo que subir la voz para que le atendiésemos, nos habíamos abstraído por completo.
–Pues eso, tengo que irme a Londres mañana. Me había perdido el principio de la conversación.
–¿Mañana ya? Mi madre rápidamente volvió su atención, y su cabeza a mi padre, su pie seguía sobre mí.
–No queda otra, Peláez no puede así que me tendré que hacerme cargo yo.
–Que malo es ser jefe. Comenté sarcástico.
–Lo malo es ser jefe y tener un jefe, hijo. Me replicó mi padre.
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–El caso es que ya que me pasaré allí hasta el viernes, siento que sea tan apresurado pero no queda otra, mañana me acercas al aeropuerto y te llevas el coche. Me dijo a mí, asentí.
–Podías venir y pasamos el fin de semana en Londres, cariño. Extendió su mano hasta coger la de mi madre, me dio un ligero ataque de celos, ella lo notó, o esa fue mi impresión.
–No lo sé, yo también tengo muchas cosas que hacer.
Se libró de él y me miró, su mirada tranquilizo el repentino gesto de enfado que había asomado a mi cara. Mi padre pareció algo decaído el resto de la cena, yo por el contrario estaba feliz, sin él en casa podríamos por fin dar rienda suelta a todas nuestras fantasías mi madre y yo.
Si bien yo no fantaseaba más allá de poder acostarme con ella cuando me apeteciese, algo me decía que ella tenía mejores ideas.
A la mañana siguiente mi madre no me hizo ninguna visita, normal, teniendo en cuenta que mi padre estaba levantado temprano. Tenía listas las cosas, feliz le llevé la maleta al coche, me traté de contener, pero lo cierto es que no podía evitar estar animado por su partida.
Él seguía taciturno, pero no le hice mucho caso. Condujo hasta el aeropuerto y me quitó la sonrisa de la cara con una pregunta:
–Mario, cuando me llamaba por mi nombre no era bueno, estoy un poco preocupado…
–Me va bien en clase, bueno podría irme mejor pero que apruebo todo seguro. Le corté convencido de que los tiros iban por ahí, mi padre me exigía bastante en los estudios.
–No es eso. Es tu madre. Me acojonó.
–No sé cómo decir esto, no podía saber nada
–El otro día cuando fuimos donde la abuela, ella y tú pasasteis bastante tiempo juntos y… mierda.
–Nos pilló un atasco mañanero, me miró a los ojos, me dio miedo.
–¿Notaste algo raro en ella, miraba mucho el móvil o habló con alguien? Negué.
–Veras me preocupa que ella pueda estar con alguien, ¿Sabes algo? Lo qué sea.
Me quedé unos largos segundos en silencio, relajándome del susto inicial, y pensando una respuesta. Por supuesto iba a mentirle, pero quería hacerlo de la mejor manera posible.
–No te preocupes papá, mamá te quiere. Miré a la fila de coches que empezaba a moverse.
–Ella no está por ahí con cualquiera. Eso no era mentira del todo.
–Espero que tengas razón. Nos movíamos otra vez.
–Aun así quiero que estés atento estos días, que serán paranoillas mías pero te lo agradecería. Además así me quedo más tranquilo, cuida de tu madre y bueno, ya sabes.
Asentí, y con una palmada en el hombro, tranquilizadora, apuñalé a mi padre, me convertí en Edipo del todo.
Le despedí en la terminal y conduciendo fui hasta la universidad. Era el único de mis colegas sin coche, más que nada porque mis padres consideraban que era una responsabilidad que debía ganarme.
Al verme llegar, en la berlina de lujo de mi padre, un amigo aplaudió sarcásticamente.
–Como te lo montas, dejas dos y te regalan un cochazo.
Me reí de la broma de Adrián.
–Ya ves, que menos. Salí chuleando.
–Es el coche de mi padre. Reconocí.
–Imagino. Vamos para adentro.
Le seguí a un soporífero día de clase. Se me hizo eterno, a base de mirar el reloj, me moría de ganas de volver a casa. Por fin llegó la hora de salir, mis amigos me invitaron a tomar unas cañas, rechacé la invitación.
Conduje directo a casa, mi padre me había escrito un par de horas antes para decir que ya había llegado. Me encontré solo en casa, solo y caliente me hice una paja con la tanga de mi madre, esa noche habían dormido debajo de mi almohada, aun seguían ahí.
Mi madre tardó algo más de una hora en llegar, en cuanto entró en casa caí sobre ella. Acababa de oír la puerta, me apresuré al piso de abajo, salté las tres últimas escaleras, podría haberlas saltado todas.
La cogí de la cintura y prácticamente la levanté. Busqué sus labios, y los encontré, junto con su lengua. La dejé en el suelo, ella se colgó de mi cuello. Nos tiramos un par de minutos comiéndonos las bocas como adolescentes. Empecé a meter mis manos bajo su ropa, a palpar su cuerpo prieto.
–Deja un poco para luego. Se separó de mí un segundo.
–Podías venir y pasamos el fin de semana en Londres, cariño. Extendió su mano hasta coger la de mi madre, me dio un ligero ataque de celos, ella lo notó, o esa fue mi impresión.
–No lo sé, yo también tengo muchas cosas que hacer.
Se libró de él y me miró, su mirada tranquilizo el repentino gesto de enfado que había asomado a mi cara. Mi padre pareció algo decaído el resto de la cena, yo por el contrario estaba feliz, sin él en casa podríamos por fin dar rienda suelta a todas nuestras fantasías mi madre y yo.
Si bien yo no fantaseaba más allá de poder acostarme con ella cuando me apeteciese, algo me decía que ella tenía mejores ideas.
A la mañana siguiente mi madre no me hizo ninguna visita, normal, teniendo en cuenta que mi padre estaba levantado temprano. Tenía listas las cosas, feliz le llevé la maleta al coche, me traté de contener, pero lo cierto es que no podía evitar estar animado por su partida.
Él seguía taciturno, pero no le hice mucho caso. Condujo hasta el aeropuerto y me quitó la sonrisa de la cara con una pregunta:
–Mario, cuando me llamaba por mi nombre no era bueno, estoy un poco preocupado…
–Me va bien en clase, bueno podría irme mejor pero que apruebo todo seguro. Le corté convencido de que los tiros iban por ahí, mi padre me exigía bastante en los estudios.
–No es eso. Es tu madre. Me acojonó.
–No sé cómo decir esto, no podía saber nada
–El otro día cuando fuimos donde la abuela, ella y tú pasasteis bastante tiempo juntos y… mierda.
–Nos pilló un atasco mañanero, me miró a los ojos, me dio miedo.
–¿Notaste algo raro en ella, miraba mucho el móvil o habló con alguien? Negué.
–Veras me preocupa que ella pueda estar con alguien, ¿Sabes algo? Lo qué sea.
Me quedé unos largos segundos en silencio, relajándome del susto inicial, y pensando una respuesta. Por supuesto iba a mentirle, pero quería hacerlo de la mejor manera posible.
–No te preocupes papá, mamá te quiere. Miré a la fila de coches que empezaba a moverse.
–Ella no está por ahí con cualquiera. Eso no era mentira del todo.
–Espero que tengas razón. Nos movíamos otra vez.
–Aun así quiero que estés atento estos días, que serán paranoillas mías pero te lo agradecería. Además así me quedo más tranquilo, cuida de tu madre y bueno, ya sabes.
Asentí, y con una palmada en el hombro, tranquilizadora, apuñalé a mi padre, me convertí en Edipo del todo.
Le despedí en la terminal y conduciendo fui hasta la universidad. Era el único de mis colegas sin coche, más que nada porque mis padres consideraban que era una responsabilidad que debía ganarme.
Al verme llegar, en la berlina de lujo de mi padre, un amigo aplaudió sarcásticamente.
–Como te lo montas, dejas dos y te regalan un cochazo.
Me reí de la broma de Adrián.
–Ya ves, que menos. Salí chuleando.
–Es el coche de mi padre. Reconocí.
–Imagino. Vamos para adentro.
Le seguí a un soporífero día de clase. Se me hizo eterno, a base de mirar el reloj, me moría de ganas de volver a casa. Por fin llegó la hora de salir, mis amigos me invitaron a tomar unas cañas, rechacé la invitación.
Conduje directo a casa, mi padre me había escrito un par de horas antes para decir que ya había llegado. Me encontré solo en casa, solo y caliente me hice una paja con la tanga de mi madre, esa noche habían dormido debajo de mi almohada, aun seguían ahí.
Mi madre tardó algo más de una hora en llegar, en cuanto entró en casa caí sobre ella. Acababa de oír la puerta, me apresuré al piso de abajo, salté las tres últimas escaleras, podría haberlas saltado todas.
La cogí de la cintura y prácticamente la levanté. Busqué sus labios, y los encontré, junto con su lengua. La dejé en el suelo, ella se colgó de mi cuello. Nos tiramos un par de minutos comiéndonos las bocas como adolescentes. Empecé a meter mis manos bajo su ropa, a palpar su cuerpo prieto.
–Deja un poco para luego. Se separó de mí un segundo.
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–Vamos a tomárnoslo con calma, que tenemos dos días.
–Yo tengo muchas ganas mamá. Avancé hacia ella.
–Vale, dame un segundo al menos, que necesito respirar. Dejó la chaqueta en el perchero.
–Acabo de llegar del trabajo, necesito tomar un pequeño descanso, me voy a dar un baño y seguimos.
Me dio un pico y subió escaleras arriba. Me lanzó una mirada que era prácticamente una invitación a que la siguiese.
Ascendí las escaleras detrás de ella, entramos al baño principal, allí estaba la única bañera de la casa, además de una ducha de hidromasaje.
Me pidió que la ayudase a desnudarse. Lo primero que hizo fue bajarse de los tacones, nuestras alturas se igualaron, ahora yo quedaba algo por encima. Se empezó a desabrochar la blusa, yo solo miraba hasta ese momento.
–Ayúdame con los pantalones.
Me agaché, y abrí sus pantalones. Le quedaban apretaditos, como ya dije mi madre era una mujer de pocas curvas, delgada y con aspecto de modelo, pero la ropa que usaba le quedaba siempre entallada, y así con un ligero esfuerzo fui dejando sus largas piernas al aire.
Cuando le quedaron arrugados en los tobillos se limitó a dar un paso a un lado, ya tenía la blusa completamente desabrochada, pero aun la llevaba puesta.
–Sigue. Me dijo con voz melosa.
Mis manos subieron acariciando su piel, hasta estar de nuevo a la altura de sus caderas. Llevaba un tanga, negro de hilo, algo me decía que lo había escogido para mí.
Como pude agarré y tiré, salivé ante la imagen de su concha, esos labios grandes que me encantaban. No me resistí a darle un beso, muy húmedo.
–No empieces, que solo quiero darme un baño. Mentía y jugaba conmigo.
–Deja que te limpie yo a lametones.
–No, quiero darme un relajante baño, luego jugamos.
Le encantaba negarme, mantener el control. No importaba mucho lo que dijera, todo aquello era un juego sin fin. Me dio la espalda, la quité la blusa y la besé el cuello.
Solté el sujetador, ella abrió el grifo, el agua empezó a llenar la bañera. Agarré sus pechos, pellizqué sus pezones desde atrás.
El agua cogía nivel, se libró de mí y metió el pie derecho, con cuidado, probando la temperatura. Debía de estar a su gusto, pues al poco entró completamente, en un grácil movimiento, algo exagerado tal vez, se hundió.
–¿Vas a quedarte ahí mirando? Me preguntó.
–Si puedo. Le respondí, tenía una marcada erección.
–Haz algo mejor, frótame la espalda.
Me tendió la esponja. Así hice, remangándome, comencé a acariciar su espalda. Traté con cuidado su cuello, haciendo a un lado el pelo que ya se había mojado, tras sumergir la cabeza en el agua. Pasé a los hombros que masajeé con tanta maña como pude, ella gemía de gusto levemente.
Bajé aun más, y más hasta olvidarme de la esponja y empezar a sentir sus nalgas en mi mano, totalmente sumergida. Mis dedos llegaron a una zona sensible, el agua me llegaba casi al hombro, mi madre estaba levantándose, apoyada en la bañera, un tanto para darme acceso allí.
Confundí el agujero que buscaba, ella se revolvió un segundo. Me mojó la camiseta que llevaba.
–Lo siento cariño, pero por ahí no es.
Me reí. Empecé a desnudarme, en un momento estuve sin ropa.
Ella me miraba con una cara que sabía me volvía loco, seguía siendo mi madre pero el gesto era el de una niña inocente, en su magníficamente conservado rostro de cuarenta.
Di una patada a las prendas y me agaché junto a la bañera.
–No se te ocurra meterte, no cabemos.
Había adivinado mis intenciones. Si bien probablemente cabíamos, uno encima del otro, no me metí. En lugar de eso busqué, un pequeño taburete que sabía tenía mi madre para la ducha de hidromasaje.
Lo encontré y lo acerqué a la bañera, la postura era perfecta.
Mi madre había cerrado los ojos y se había estirado, ahora si daba la sensación de disfrutar del baño sin más. De no ser, porque, con disimulo, entreabría los ojos para mirarme, la hubiese dejado tranquila.
Pero sabía que ella quería que siguiese, así que mi mano volvió a mojarse, esta vez bajé por delante, acariciando sus pechos, hasta encontrar su concha.
–Yo tengo muchas ganas mamá. Avancé hacia ella.
–Vale, dame un segundo al menos, que necesito respirar. Dejó la chaqueta en el perchero.
–Acabo de llegar del trabajo, necesito tomar un pequeño descanso, me voy a dar un baño y seguimos.
Me dio un pico y subió escaleras arriba. Me lanzó una mirada que era prácticamente una invitación a que la siguiese.
Ascendí las escaleras detrás de ella, entramos al baño principal, allí estaba la única bañera de la casa, además de una ducha de hidromasaje.
Me pidió que la ayudase a desnudarse. Lo primero que hizo fue bajarse de los tacones, nuestras alturas se igualaron, ahora yo quedaba algo por encima. Se empezó a desabrochar la blusa, yo solo miraba hasta ese momento.
–Ayúdame con los pantalones.
Me agaché, y abrí sus pantalones. Le quedaban apretaditos, como ya dije mi madre era una mujer de pocas curvas, delgada y con aspecto de modelo, pero la ropa que usaba le quedaba siempre entallada, y así con un ligero esfuerzo fui dejando sus largas piernas al aire.
Cuando le quedaron arrugados en los tobillos se limitó a dar un paso a un lado, ya tenía la blusa completamente desabrochada, pero aun la llevaba puesta.
–Sigue. Me dijo con voz melosa.
Mis manos subieron acariciando su piel, hasta estar de nuevo a la altura de sus caderas. Llevaba un tanga, negro de hilo, algo me decía que lo había escogido para mí.
Como pude agarré y tiré, salivé ante la imagen de su concha, esos labios grandes que me encantaban. No me resistí a darle un beso, muy húmedo.
–No empieces, que solo quiero darme un baño. Mentía y jugaba conmigo.
–Deja que te limpie yo a lametones.
–No, quiero darme un relajante baño, luego jugamos.
Le encantaba negarme, mantener el control. No importaba mucho lo que dijera, todo aquello era un juego sin fin. Me dio la espalda, la quité la blusa y la besé el cuello.
Solté el sujetador, ella abrió el grifo, el agua empezó a llenar la bañera. Agarré sus pechos, pellizqué sus pezones desde atrás.
El agua cogía nivel, se libró de mí y metió el pie derecho, con cuidado, probando la temperatura. Debía de estar a su gusto, pues al poco entró completamente, en un grácil movimiento, algo exagerado tal vez, se hundió.
–¿Vas a quedarte ahí mirando? Me preguntó.
–Si puedo. Le respondí, tenía una marcada erección.
–Haz algo mejor, frótame la espalda.
Me tendió la esponja. Así hice, remangándome, comencé a acariciar su espalda. Traté con cuidado su cuello, haciendo a un lado el pelo que ya se había mojado, tras sumergir la cabeza en el agua. Pasé a los hombros que masajeé con tanta maña como pude, ella gemía de gusto levemente.
Bajé aun más, y más hasta olvidarme de la esponja y empezar a sentir sus nalgas en mi mano, totalmente sumergida. Mis dedos llegaron a una zona sensible, el agua me llegaba casi al hombro, mi madre estaba levantándose, apoyada en la bañera, un tanto para darme acceso allí.
Confundí el agujero que buscaba, ella se revolvió un segundo. Me mojó la camiseta que llevaba.
–Lo siento cariño, pero por ahí no es.
Me reí. Empecé a desnudarme, en un momento estuve sin ropa.
Ella me miraba con una cara que sabía me volvía loco, seguía siendo mi madre pero el gesto era el de una niña inocente, en su magníficamente conservado rostro de cuarenta.
Di una patada a las prendas y me agaché junto a la bañera.
–No se te ocurra meterte, no cabemos.
Había adivinado mis intenciones. Si bien probablemente cabíamos, uno encima del otro, no me metí. En lugar de eso busqué, un pequeño taburete que sabía tenía mi madre para la ducha de hidromasaje.
Lo encontré y lo acerqué a la bañera, la postura era perfecta.
Mi madre había cerrado los ojos y se había estirado, ahora si daba la sensación de disfrutar del baño sin más. De no ser, porque, con disimulo, entreabría los ojos para mirarme, la hubiese dejado tranquila.
Pero sabía que ella quería que siguiese, así que mi mano volvió a mojarse, esta vez bajé por delante, acariciando sus pechos, hasta encontrar su concha.
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La calenté, aun sin meterle los dedos, con golpecitos y caricias, ella ronroneaba sin mirar. Mi anular fue el primer expedicionario en su interior, que estaba tan húmedo como el exterior, el ronroneo subió de volumen.
No empezó a gemir hasta que añadí otro dedo a la penetración. Entonces imprimió un cadencioso movimiento a sus caderas, acomodándose al jugueteó de mis dedos.
Mi pulgar acariciaba sus clítoris y ella gemía con más ganas, era la vez que más la había oído gozar.
Atrapó mi mano por la muñeca, dentro del agua, para que no dejase de masturbarla. Tuvo un orgasmo, uno sonoro, el primero, además durante el clímax, para volverme loco, gritó mi nombre.
Volvió a abrir los ojos, para mirarme, se fijó en mi tremenda erección.
Sacó su mano y me hizo una paja, me corrí sobre el agua, y en parte sobre su pecho.
–Vete, déjame terminar el baño. –Se limpió mi semen con la mano. Con la otra mano me hizo un gesto para que saliese.
Me fui del baño, recogiendo mi ropa antes de salir. La esperé en el salón viendo la tele, más bien mirándola sin más. Mi madre apareció por el salón, llevaba el típico modelito de andar por casa, una camiseta y unas mallas, me bajó un poco el lívido. Se sentó a mi lado, sin decirme nada, estuvo pendiente del concurso previo al telediario.
–En seguida cenamos.
Dijo ella sin apartar los ojos de las noticias que empezaban.
–¿Y luego? Pregunté sonriendo como un tonto.
–Luego a dormir. Me contestó bromista.
–Vamos a hacerlo, en la vuestra cama, ¿Verdad?
–Sí, pero estate un poco tranquilo, que esto es algo especial porque tu padre está fuera, cuando él esté en casa te vas a tener que aguantar.
–Ya me había aguantado tres días y no podía más.
–Por cierto. Recordé
–papá me ha dicho que te vigile. Solté como si tal cosa.
–¡¿Cómo es eso? ! Exclamó enfada, no entendí su reacción la verdad.
–Pues que cree que tienes un lio, esta mañana en el coche me lo ha dejado caer.
–Será cabrón, así que me tienes que vigilar. Seguía furibunda.
–Este hombre es idiota, soy yo a la que le sobran los motivos y va él…
Me reí, mi madre exageraba su reacción, más aun cuando mi padre estaba en lo cierto.
–¿Qué te hace tanta gracia? Me preguntó.
–Joder mamá, que tú y yo nos lo hemos montado, así que, pues eso.
–¿Y qué? El enfado se volvió en un segundo hacia mí.
–Yo no soy ninguna guarra que se vaya tirando a todo bicho viviente.
–Bueno pues en el coche me soltaste toda la historia de que andabas necesitada. Le repliqué.
–Imagino que la cosa le viene de lejos, siendo tú una mujer tan atractiva y demás, yo le entiendo.
–Mario, nunca le he sido infiel a tu padre con un cualquiera. Me dijo muy seria.
–Lo que hemos hecho tú y yo es algo único. Y me parece que como sigas así de idiota se va a acabar muy pronto. Se levantó y fue en dirección a la cocina.
–Mamá, no te enfades. Me había hecho la peor amenaza posible.
–Si lo sé no te digo nada.
–No es culpa tuya. Se detuvo a mitad de camino y se volvió a mirarme.
–Pero no te debería hacer gracia, si tu padre sospecha algo, si llega a enterarse de algo. Asentí.
–Me voy a poner la cena.
Se encerró en la cocina, preferí dejarla en paz un rato, había metido la pata. Siempre me pasaba al abrir la boca, con mi tía en el pueblo, ahora con mi madre, tenía que aprender cuando callarme.
Mi madre me avisó cuando la cena estuvo lista, esta vez no hubo pie bajo la mesa, ni animación ninguna, ni siquiera conversación. Mantuve le silencio hasta que terminamos, mi madre aun parecía molesta, se excusó a su habitación.
Me aparqué, decaído, delante de la tele, por haberla cagado me iba a quedar sin follármela.
Para eso de las once, como no había nada que valiese la pena ver, me marché escaleras arriba.
Pasé por delante de la puerta cerrada de la habitación de matrimonio, seguí para mi cuarto. Me detuve antes de llegar y regresé, golpeé la puerta un par de veces.
No hubo respuesta, era pronto, o al menos no lo suficientemente tarde para que estuviera dormida, entré con cuidado.
–Lo siento. –Dije al mismo tiempo que abría la puerta.
No empezó a gemir hasta que añadí otro dedo a la penetración. Entonces imprimió un cadencioso movimiento a sus caderas, acomodándose al jugueteó de mis dedos.
Mi pulgar acariciaba sus clítoris y ella gemía con más ganas, era la vez que más la había oído gozar.
Atrapó mi mano por la muñeca, dentro del agua, para que no dejase de masturbarla. Tuvo un orgasmo, uno sonoro, el primero, además durante el clímax, para volverme loco, gritó mi nombre.
Volvió a abrir los ojos, para mirarme, se fijó en mi tremenda erección.
Sacó su mano y me hizo una paja, me corrí sobre el agua, y en parte sobre su pecho.
–Vete, déjame terminar el baño. –Se limpió mi semen con la mano. Con la otra mano me hizo un gesto para que saliese.
Me fui del baño, recogiendo mi ropa antes de salir. La esperé en el salón viendo la tele, más bien mirándola sin más. Mi madre apareció por el salón, llevaba el típico modelito de andar por casa, una camiseta y unas mallas, me bajó un poco el lívido. Se sentó a mi lado, sin decirme nada, estuvo pendiente del concurso previo al telediario.
–En seguida cenamos.
Dijo ella sin apartar los ojos de las noticias que empezaban.
–¿Y luego? Pregunté sonriendo como un tonto.
–Luego a dormir. Me contestó bromista.
–Vamos a hacerlo, en la vuestra cama, ¿Verdad?
–Sí, pero estate un poco tranquilo, que esto es algo especial porque tu padre está fuera, cuando él esté en casa te vas a tener que aguantar.
–Ya me había aguantado tres días y no podía más.
–Por cierto. Recordé
–papá me ha dicho que te vigile. Solté como si tal cosa.
–¡¿Cómo es eso? ! Exclamó enfada, no entendí su reacción la verdad.
–Pues que cree que tienes un lio, esta mañana en el coche me lo ha dejado caer.
–Será cabrón, así que me tienes que vigilar. Seguía furibunda.
–Este hombre es idiota, soy yo a la que le sobran los motivos y va él…
Me reí, mi madre exageraba su reacción, más aun cuando mi padre estaba en lo cierto.
–¿Qué te hace tanta gracia? Me preguntó.
–Joder mamá, que tú y yo nos lo hemos montado, así que, pues eso.
–¿Y qué? El enfado se volvió en un segundo hacia mí.
–Yo no soy ninguna guarra que se vaya tirando a todo bicho viviente.
–Bueno pues en el coche me soltaste toda la historia de que andabas necesitada. Le repliqué.
–Imagino que la cosa le viene de lejos, siendo tú una mujer tan atractiva y demás, yo le entiendo.
–Mario, nunca le he sido infiel a tu padre con un cualquiera. Me dijo muy seria.
–Lo que hemos hecho tú y yo es algo único. Y me parece que como sigas así de idiota se va a acabar muy pronto. Se levantó y fue en dirección a la cocina.
–Mamá, no te enfades. Me había hecho la peor amenaza posible.
–Si lo sé no te digo nada.
–No es culpa tuya. Se detuvo a mitad de camino y se volvió a mirarme.
–Pero no te debería hacer gracia, si tu padre sospecha algo, si llega a enterarse de algo. Asentí.
–Me voy a poner la cena.
Se encerró en la cocina, preferí dejarla en paz un rato, había metido la pata. Siempre me pasaba al abrir la boca, con mi tía en el pueblo, ahora con mi madre, tenía que aprender cuando callarme.
Mi madre me avisó cuando la cena estuvo lista, esta vez no hubo pie bajo la mesa, ni animación ninguna, ni siquiera conversación. Mantuve le silencio hasta que terminamos, mi madre aun parecía molesta, se excusó a su habitación.
Me aparqué, decaído, delante de la tele, por haberla cagado me iba a quedar sin follármela.
Para eso de las once, como no había nada que valiese la pena ver, me marché escaleras arriba.
Pasé por delante de la puerta cerrada de la habitación de matrimonio, seguí para mi cuarto. Me detuve antes de llegar y regresé, golpeé la puerta un par de veces.
No hubo respuesta, era pronto, o al menos no lo suficientemente tarde para que estuviera dormida, entré con cuidado.
–Lo siento. –Dije al mismo tiempo que abría la puerta.
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