RELATOS ERÓTICOS
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Mi madre estaba sobre la cama, leyendo, con sus gafas puestas, en un sugerente conjunto de lencería roja. Me quedé atontado mirándola, recorriendo su cuerpo con los ojos. El sujetador y las braguitas eran de encaje, llevaba además un liguero a juego con el resto, y medias ataditas al mismo.

–Sí que has tardado. Me comentó.

–Ya creí que no venías.

–¿No estás enfadada? Pregunté con cuidado.

–Un poco, pero prefiero no pensar en eso ahora. Se quitó las gafas.

–¿Te gusta? Me preguntó por el atuendo, asentí.

–A tu padre no le va el rojo, prefiere el negro.

–Peor para él. Me mordía el labio inferior y frotaba el paquete.

–¿Puedes volver a ponerte las gafas? Lo hizo, me miró por encima de estas.

–Así das un morbazo mamá, rollo profesora caliente. Se río.

–Poco te duran las preocupaciones mi niño.

La verdad es que ya no me importaba nada más que ella.

–Ven para acá, que te voy a poner unos deberes. Me acerqué.

–Me vas a hacer un cunnilingus, ya sabes, como el otro día, pero esta vez hasta el final.

–Hasta mañana si quieres. Le dije y me lancé a la cama.

–Desnúdate tonto, que vamos a hacer más cosas y no quiero perder un momento cuando empecemos.

Obedecí a mi madre, en todo. Me quedé en pelotas, la polla la tenía morcillona, pero eso no importaba entonces.

Importaba quitarle a mi madre sus preciosas bragas de encaje rojas, desatando el liguero de las medias negras, para una vez hubieron pasado, volver a atarlo.

Mi madre me preguntó por qué volvía a colocárselo, le dije que me daba más morbo de aquella forma.

Tenía la concha perfectamente rasurado, sin un solo pelito. Empecé besándola el interior de los muslos, subiendo con mucha calma.

Llegué a sus coño, lo acaricié por fuera con mi lengua, saboreando cada centímetro. Terminé de hundir mi cara entre sus piernas y me dediqué los siguientes diez minutos a darle todo el placer que ella me pidió, y algo más. Mi madre llegó al orgasmo, pero aun así continuó apretando mi cabeza contra sí…

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Índice de todos los relatos
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Perdido por mamá (4)

Mi abuelo Eduardo y su mujer llevaban unas cuantas maletas, yo tuve que descargar un par de pequeñas bolsas de viaje del coche. Estaban solo de paso, se iban de viaje a Colombia, de allí era Gema, al menos por parte de madre, su padre era francés, según creo. Yo estaba cabreado sobremanera, mi madre lo notó y antes de que haga una escena me llevó a su habitación.

–No la verdad no entiendo era nuestro fin de semana y tu seguramente otra vez me vas anular de nuevo. Dije molesto

–¡Mario se van el domingo y tenemos todo el día para nosotros! Dijo mi madre y yo la mire

–¡Si el lunes viene el malparido de tu esposo y no digas que es mi padre porque jamás lo fue! No le gustó nada que insulte a mi padre.

–¡Está bien maldita sea pero yo no pienso ir a mis clases el lunes eso se acabó! Dije en rebeldía

–¡Mario por favor no te pongas en esas!

–¡Vete a la mierda yo no quiero saber más nada contigo maldita zorra! Le grite finalmente cabreado y me fui furioso de su habitación dejando las cosas muy tensas entre nosotros.

Mi abuelo, con un gesto cómplice, en un apretón de manos me pasó un billete de cien euros, cuando dejé las bolsas en el cuarto de invitados. El abuelo Eduardo estaba forrado, había sabido invertir con la burbuja inmobiliaria, y salirse a tiempo, de todas formas ya tenía pasta de su padre. Por un momento pensé cuanto de ese dinero iría a parar a mi madre, su única hija, ahora que se había vuelto a casar.

Miré el billete con una sonrisa, era una buena propina, pero lo cierto es que hubiese preferido que nadie nos molestase el fin de semana a mi madre y a mí, aunque solo estuviesen de paso.

–El avión sale el domingo, se me ocurrió venir a hacer una visita antes de marcharnos. Nos comentó.

–Mi mamá está deseando ver a Eduardo, dice que es como Julio Iglesias.

Comentó Gema, me reí, mi madre me dio un codazo. La mujer de mi abuelo tenía cuarenta, frente a los sesenta y cuatro de mi abuelo, era una mujer florero.

Una muy atractiva, tenía un cuerpo latino explosivo, y como seguro llevaba buena vida, se cuidaba y tenía unas curvas mortales. En ese aspecto era lo opuesto a mi madre, tenía unos pechos muy tiesos, grandes, no los abarcabas con una mano, el culo tres cuartos de lo mismo.

Era por otro lado bastante más baja que mi madre, con una cara bonita, no tan guapa como mamá, ojos marrones avellana, la melena larga, algo rizada y de un color castaño casi rubio.

Viéndola al lado de mi abuelo, no quedaba duda de que el viejo tenía pasta, pues esa mujer podía tener a quien quisiese. Supongo que el aspecto mencionado y el carácter, risueño, casi infantil y algo ingenuo de Gema, hacían que mi madre no la soportase, veía todo aquello como una interpretación interesada.

Aunque en este punto hay que decir que mi abuelo no era un tipo mal parecido o aplastado por la edad, y mucho menos un hombre al que fuese fácil engañar o que se dejase seducir estúpidamente.

En muchos sentidos, como descubrí ese fin de semana, estaba hecho un chaval y sabía bien lo que se hacía en materia de mujeres. Por otro lado el parecido entre mi abuelo y yo era notable, de hecho me parecía más a mi él, que a mi padre.

Los dos estábamos en torno al metro ochenta, mismo mentón, la forma de los ojos también era reconocible en los dos, eso sí mi abuelo era algo más corpulento, tenía cierta barriga, de la buena vida.

De profesión fue ingeniero, como mi madre, llevaba años jubilado, o más bien retirado. Viudo desde hacía algo así como diez años, no recuerdo demasiado de la abuela la verdad, era yo pequeño cuando nos dejó.

Yo la verdad admiraba al abuelo, se casó con Gema hacia tres años, si al menos se la había tirado una vez al año durante ese tiempo, tenía que ser el hombre más afortunado de su generación.

Mi madre no pensaba como yo, lo había dejado claro varias veces, a la boda estuvimos a punto de no ir porque ella se empeñó. Sumando a eso su trato, gélido, con Gema provocaba una tensión casi insoportable.
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La mujer de mi abuelo intentando ser amable, mi madre matándola con la mirada, y a veces cosas peores. Mi madre estallaba en todo tipo de descalificativos para su madrastra cuando no estaba delante.

Más de una vez con ella delante ya lanzó algún dardo envenenado. Por eso no me extraño que nada más instalarse en la habitación de invitados, un cuarto libre de la casa con una amplia cama de matrimonio, mi abuelo llevase a mi madre aparte para hablar, supuse que tendría que negociar una tregua con ella el tiempo que se quedaran bajo nuestro techo.

El abuelo era consciente de la situación, su mujer por otro lado no parecía estarlo. Me quedé con Gema en la habitación, se sentó en la cama y dio unos botecitos, se le movieron las tetas, para probar el colchón, a mi el bamboleó me distrajo. –Esta blandita, observó –las prefiero duras, duermo mejor. Volvió a botar y sus tetas también.

–Que mayor estás, ¿Cuántos años tienes?

Tenía una voz gritona, con una mezcla de acento francés, muy leve, e iberoamericano un tanto rara la fusión.

–Diecinueve. Le respondí, la miraba desde arriba, directamente al escote del vestido que llevaba.

–Tengo una amiga alemana en casa, vivían en Mallorca ella y mi abuelo

–Que dice que entre dieciocho y veintitrés es la mejor edad para los yogurines.

Sonreí el comentario, más que nada porque ella sonreía y porque me divertía que tuviese ese punto ingenuo para soltar cosas así sin filtro. Mi madre tenía una faceta juguetona a la hora del sexo, pero Gema era simple y llanamente así, todo el tiempo.

–Se acuesta con muchos chicos jóvenes Anette, yo con tu abuelo tengo bastante, es muy macho. Se me borró la sonrisa un tanto, el comentario fue demasiado íntimo, mi abuelo y mi madre regresaron.

–Vamos a ir a comer por ahí, yo invito. Proclamó mi abuelo, el macho.

Eso hicimos, los cuatro comimos en un buen restaurante, a cuenta de mi abuelo. Durante la comida Gema llevó la conversación, por decir algo, la mujer de mi abuelo se entregaba a una verborrea incesante sobre cualquier tema que se la pasase por la mente.

Mi madre hacía un claro esfuerzo por aguantar a la mujer, mientras mi abuelo en las escasas ocasiones que ella dejaba de hablar me preguntaba por mi vida. No nos veíamos a menudo así que le puse al día de los estudios y demás, me preguntó si tenía novia, evité darle una respuesta, pues en ese momento ya consideraba a mi madre poco menos, o quizá más, que a una novia.

Aguantamos la comida, pero el resto de la tarde pintaba eterno, teniendo en cuenta que poca cosa se podía hacer en casa, o al menos poca cosa con tanta gente. De vuelta en casa mi abuelo se fue a echar la siesta, sería su secreto para mantenerse como un chaval a los sesenta.

Su mujer quería ir de compras, él se excusó, mi madre por supuesto ni se la pasó por la cabeza ser voluntaria, me tocó a mí. Tuve llevarla a Madrid, en el coche de mi abuelo, segunda vez esa semana que me ponía a los mandos de un buen carro, además mi abuelo me prometió una recompensa.

Sumemos que era mejor que mi madre y ella no pasasen demasiado tiempo juntas, para que me sobrasen los motivos para acompañar a Gema.

Mi madre me dio unos cuantos avisos antes de salir:

–No se te ocurra hacer el tonto con esta como con tu tía. Me apuntaba con el indicé al pecho.

–Jajaja me dejas sin mi fin de semana y encima ni querés que busque otras opciones.

Le dije como extorsionando a ver si conseguía algo de ella esta noche aunque Gema estaba muy buena, teniendo lo que tenía con mi madre no me arriesgaría, bueno, no tentaría a la suerte más bien aunque nadie está seguro de nada a veces las pasan sin buscarlas. Nos fuimos, directos al barrio de Salamanca, ya que iba a pagar el abuelo, mejor que pagase por algo bueno.

Gema estaba allí en su salsa, en la primera tienda sacó la tarjeta, y yo viendo los precios de los artículos creí que la quemaba ya allí. Pero no fue así, para la quinta parada iba yo bien cargado de bolsas, y llevábamos algo más de una hora y media.
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Habíamos tenido un par de momentos incómodos durante las compras y fue donde pasó lo que no tenía que pasar con ella, Gema me llamaba al probador y se lucía delante de mí, y como no soy de piedra se me iban los ojos y lo que no eran los ojos.

En uno de los casos, probándose un vestido, me agarró la mano y la llevó a su culo. –¿Te parece que me hace mucho culo? Negué, con la mano plana intentando no sentir.

–¿Y de escote? Se agachó un tanto para enseñármelo mejor.

–Te va perfecto. Me aparté un poco.

–Ay no te alejes tanto no me tenga miedo. Me dice ella atrayéndome hacia ella y se apegó bien a mi estábamos cuerpo a cuerpo de frente mirándonos a los ojos ella con una sonrisa pícara y yo muy nervioso por la advertencia de mi madre

–Mmmm Mario no me tengas miedito que no muerdo. Me dijo y me agarro la polla con una mano y me la apretó suavemente

–Wow Mmmm Esto Esta interesante.

Me decía mientras me acariciaba la polla con la palma de su mano sobre el pantalón mirándome fijo y mordiéndose el labio yo estaba muy nervioso y más cuando sentí que la misma mano que acariciaba mi polla ahora estaba con dos dedos bajando el cierre de mi pantalón y yo sumiso y nervioso me quede estático mientras ella hacia todo en eso siento como su suave y delicada mano se mete dentro de mi bóxer haciendo contacto con mi polla al sentir el calor de la mano de Gema y ver toda la sensualidad de su cuerpo y la morbosidad de su rostro me abandone a sus deseos estaba en sus manos y mas entregado a ella quede cuando saco mi polla de mi ropa interior y la vio completamente dura.

Gema quedo con la boca abierta y luego se tapaba la boca con una mano del asombro luego soltó sin cortarse

–Mmmm Mario esto es más grande que la Eduardo me encanta papi.

Me decía mordiéndose el labio luego ella en la misma postura que estábamos en ese reducido habitáculo ella flexiono las piernas hasta que su cara que enfrentada a mi dura polla mirándome se relamió los labios y abrió su boca y empezó una mamada casi profesional debía decir que en esta rama le sacaba unos punto de ventaja a mi madre me volvía loco como me mamaba la polla me estaba mamando como nunca me la mamaron en mi vida y yo ya estaba a tiro de correrme y le anuncio mi inminente corrida

–Ahhh Gema eres un sueño me voy a correr en tu boquita ahhh.

Suspire superado por el placer de esa hembra mamadora y ella se la saca rápido de la boca y se incorpora poniendo cara a cara conmigo

–No papi no te corras en mi boca aquí si manchamos el piso o mi vestido que todavía no compre nos descubrirán. Me dijo yo pensé que todo termino ahí pero ella me hiso saber que era solo el comienzo

–Papi follame córrete dentro de mi coño después en el auto te la vuelvo a mamar antes de ir a casa tu polla me tiene loca no sé si cuando me vaya te olvide fácilmente.

Me dijo estaba enganchada conmigo y parecía que ya me quería como amante y ella se pone de espaldas a mi levanta un poco su vestido y corre su tanguita diminuta dejando al descubierto su coñito rasurado coquetamente un coño muy bonito y enloquecedor.

Yo me apegue a ella tomando mi polla con mis manos la fui acomodando y le frote el glande por todo el contorno de la raja del coño de arriba hacia abajo y Gema se empinaba mas levantando y sacando hacia afuera mas su culo y como se mojaba la muy guarra empuje levemente despacio y la polla se enterró hasta el fondo de su coño

–¡Ah! ¡Ahhh! ¡Ahhhh! Diooos mmmm.

Gemía ella y se mordía el dedo para no gritar de placer pero cuando empecé a moverme detrás de ella que se empezó a escuchar el chapoteo de su coño que no paraba de escupir fluidos vaginales ya entregada al placer ella también se saca el dedo de la boca y mirándome desde sus hombros

–¡Ahhhh! Siii Niñooo follameee asiii Mariooo quierooo queee seaaas miooo

Gemía ella bajito mientras se movía junto conmigo y al poco tiempo ella sintió como un potente y abundante chorro de Lefa la llenaba por completo en el interior de su coño

–¡Ahhhh! Siii papiii siii correteee asiii correteee dentrooo deee miii coñooo
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Gemía ella también presa de un orgasmo mientras sentía como mi polla le seguía escupiendo semen dentro de ella sin parar ella cae contra el espejo luego cuando se recupera me dice:

–Ay Mario Eres increíble nadie me hiso gozar así mi amor quieres que paremos un ratito las compras y vallamos al auto tengo ganita de sentirte en mi culo y que te corras así como lo hiciste en mi coño y esta noche también.

Me dijo ella ya presa de la excitación queriendo seguir con la faena y yo me puse nervioso por lo que podría pasar si mi madre se enteraba así que trate de escapar de Gema y le dije:

–Sabes, mejor sigue tu a tu rollo y yo voy llevando esto para el coche. Señalé a la pila de bolsas.

–O mejor voy a casa y vuelvo, me das un toque para decirme por donde andas y eso.

–Pero me gusta contar con tu opinión, Mario y tu polla enorme.

Me dijo y puso cara de pucheros. Me disculpé y me cargué con las bolsas, las dependientas amables me abrieron las puertas. Llegué hasta el coche que estaba en un parking, metí todo como pude.

Me había empezado a poner demasiado cachondo con la mujer de mi abuelo, el viaje a casa para descargar y a la vuelta me servirían para despejarme.

Por suerte no pillé tráfico y en cosa de media hora estuve en casa. Aparqué a la puerta y empecé a hacer viajes al recibidor de casa, iba dejando en fila las compras.

Nadie salió a recibirme, ni mi madre ni mi abuelo. Luego se me ocurrió que si mi madre veía allí todas las bolsas le serviría de excusa para un buen cabreo con Gema, así que las llevé arriba.

Llamé dos veces a la puerta del cuarto de invitados, no hubo respuesta, así que entré. Mi abuelo no estaba allí, tampoco me preocupó dónde se habría metido, dejé el primer viaje de cosas, luego el segundo y necesité de un tercero.

Me iba a ir a buscar a Gema, y seguramente a volver a carga un montón de cosas, cuando escuché los gemidos.

“¡Ahhhh! siii siii siii asiii

Era mi madre, de eso no tenía duda, fantaseé con la posibilidad de que estuviese jugando consigo misma. suponía que mi abuelo había salido, el caso es que no me le había encontrado por casa, nos daría tiempo a uno rapidito.

Abrí la puerta con cuidado, debí haberme esperado lo que vi, era fácil de suponer, pero aun así me sorprendió de primeras. Mi madre estaba a cuatro patas, sobre la cama, encaramado a su culo mi abuelo. Estaban follando, padre e hija,

–¡Ahhhh! siiii papa follame así como me gusta como extrañaba estooo

Gemía ella y bien yo viendo todo aquello me explicaba muchas cosas. Viendo a mi abuelo en acción entendí al instante porque Gema le había calificado de macho. Se cogía a mi madre desde atrás, con fuerza, con ganas. La calentaba el culo a base de azotes, lo tenía rojo, la tiraba del pelo haciendo que levantase la cabeza.

La cara de mi madre era un gesto congelado de placer, con la boca abierta, gimoteando mientras su padre le daba lo suyo.

Aunque me duela, y me duele mucho, he de admitir que no la había visto tan descompuesta de gusto en el tiempo que ella y yo lo llevábamos haciendo. Mi madre se corrió,

Reconocí los espasmos del orgasmo en cuanto la fueron llegando, visto desde fuera el temblor de sus caderas, cuando alcanzaba el clímax, era apenas perceptible, más aún cuando recibía a base de bien del abuelo.

El abuelo terminó deteniéndose poco después de que ella tuviese suficiente, sacó su polla del coño de su hija. Aun dura, empapada, era de un tamaño considerable, algo más grande que la mía, tampoco mucho.

–¡Papá, cuanto echaba esto de menos! La voz de mi madre adquirió un deje más juvenil de repente.

–Yo también Sarita, hacía mucho tiempo. El abuelo se sentó en la cama, apoyado contra el cabecero.

–Ven aquí mi niña. Hizo un gesto para que mi madre se acercase a hacerle una mamada.

–¡La culpa es de esa guarra con la que te casaste! Mi madre agarraba el rabo del abuelo con ambas manos.

–¡No empieces Sara, además Gema no es tan mala, ella sabe cómo hacerme sentir bien!

Ese comentario no sirvió sino para despertar más odio en mi madre.
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–Esa lo que quería era pillar a un viejo con dinero. –Mi madre empezó a mamársela al abuelo.

–Yo puedo hacerte todo lo que ella y mejor. –Volvió a su tarea.

–Bueno hija, esta conversación la hemos tenido un millón de veces, desde hace veinticinco años ya. –El abuelo colocó su mano sobre el cogote de ella.

–No puede ser todo lo que nos gustaría, y menos mientras mi niña este casada, con un hijo y lejos. Tengo que tener alguien con quien entretenerme. Gema puede que se casase conmigo por mi dinero, pero ha aprendido, como tú, a tenerme contento. –El abuelo era un cabrón de aúpa.

–Como quieras, pero yo siempre te he tenido más contento, ¿A qué sí?

–La actitud de mi madre me recordaba a la mía propia, siempre buscando la aprobación de su amante.

–Claro mi niña, y a ti nadie te folla como papá, ¿Verdad que no? –Mi madre negó, con la polla de nuevo en la boca.

–Pues demuéstramelo, monta. Mi madre, completamente sumisa, se sentó encima de la dura polla del abuelo.

Empezó a cabalgarle, con muchas más ganas de las que me había cabalgado a mí, una tormenta de celos me empezaba a agitar. Mi madre se movía arriba y abajo sobre el regazo del abuelo, agarrada de su cuello, en cuclillas sobre la cama.

Él se limitaba a dejarse hacer, y chuparle las tetas, la magreaba las nalgas y sus dedos se perdieron allí. Le separó los cachetes, que aun estaban algo marcados de la caña de antes, y metió el anular de su mano izquierda en su culo. Ella no se quejó, más bien lo contrario, gimió con más ganas.

Cuando yo hacía un día, sin querer entré por ahí me disuadió al instante, ahora se dejaba hacer de todo por el abuelo. Él se cansó de esa postura y tiró a mi madre sobre la cama, luego él cayó sobre ella. Se pasó otro buen rato follándose a mi madre a lo misionero, ella volvió a correrse en el proceso.

El viejo no paraba, aguantó un buen rato, bombeando sobre ella. Apenas si veía la cara de mi madre, era un compendio de gestos de placer, ella le animaba diciendo todo tipo de lujuriosos comentarios, mucho le llamaba papa, y se refería a sí misma como niña. Al final mi madre quedó extasiada tirada boca arriba mientras el abuelo se le venía dentro, el bufó y arrugó el gesto.

–Papá, nadie me lo hace como tú.

–Eso fue para mí la puntilla, esa proclamación hizo que me viese completamente devorado por los celos.

–Necesito más.

–Esta noche, cuando Gema se duerma te hago otra visita. –Menudo cabrón el abuelo, tenía cuerda para rato.

–¿Qué pasa si se despierta?

–Mi madre se preocupaba aun de guardar las apariencias, algo de agradecer viendo lo puta que se volvía con su padre.

–No lo hará, toma pastillas para dormir, caerá como un tronco. Espero que Mario no nos moleste. –Me dieron ganas de irrumpir para cantarles las cuarenta.

–Saldrá con sus amigos, no te preocupes por él.

–Mi madre hizo planes por mí, de hecho hasta la llegada del abuelo mi única idea era pasar todo el fin de semana encamados, claro que ahora ella tenía la cama ya ocupada.

–Voy a por un vaso de agua.

Vi a mi madre levantarse, completamente desnuda, se metió un segundo al vestidor, para emerger con una bata. Cuando salió de su habitación la intercepte a mitad de camino.

–¡Vaya mira que cosas no tú haciendo planes por mí para anularme completamente ahora entiendo de que va todo lo nuestro! Le dije apenas me vio quedo pálida

–Mario cielo por favor no saques conclusiones apresuradas. Decía llorando

–¡No saque ninguna conclusión yo ya lo tengo todo más que clarito y decile a ese viejo de mierda que vaya a buscar a su esposa porque yo voy a mi cuarto a empacar mis cosas y me voy de esta casa no me vas a volver a ver jamás maldita zorra! Grite furioso yéndome hasta mi habitación donde abrí mi vestidor saque mi maleta y empecé a ir metiendo mis cosas.

Cuando ella llego a la puerta se quedó congelada al verme empacar todas mis cosas con una rabia que jamás antes había tenido.

–No Mario por favor te lo pido no hagas esto. Decía ella llorando
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–¡Deja de fingir si yo ya lo he oído todo como tú misma le dijiste que yo saldría con amigos así no causaría problemas mientras tu follas con él cuándo debías follar conmigo como me lo habías prometido pero ni por un segundo yo pase por tu mente salvo para sacarme del medio como algo que ya no te sirve ni dudaste en anularme completamente a mí esta noche! Grite reprochándole

–¿Es eso? ¡Está bien pasare contigo la noche pero deja todo esto no te vayas no armes más escándalo! Dijo ella pero ya era tarde

–¡No gracias yo quería escuchar otra cosa que escucharte como me sacabas de circulación cruelmente yo ahora me voy cuando este ya instalado en el hotel hablare con papá para que me de plata y le voy a contar porque me fui de la casa y tengo pruebas de todo te filme hasta cuando saliste del vestidor! Dije yo encendiendo el verdadero terror en su cuerpo.

Ella corrió tras de mí por las escaleras y me vio cruzar la puerta cerrándola de un portazo. Ella al verme como me fui se tira de rodillas al suelo y se larga a llorar…

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Dilema de una buena tía (5)

La luz de la mañana entraba oblicua por la ventana del salón, limpiando —sin lograrlo— la memoria del aire. Yo estaba sentada en el mismo sofá, el mismo lugar donde horas antes el mundo se había partido en dos. La tela olía a limpiador enérgico, el intento vano de doña Carmen por borrar las manchas. El olor a sexo, sin embargo, parecía haberse incrustado en la arquitectura misma de la casa, un fantasma persistente.

Doña Carmen apareció en el arco de la puerta, ya vestida para salir. Traje sastre beige, impecable. El moño tan tenso que estiraba la piel de sus sienes. Parecía otra mujer. La de ayer —la de los dedos temblorosos y la falda subida— había sido encerrada bajo llave.

—Sofía —dijo, y su voz era el sonido de la tapa de un cofre al cerrarse—. Tengo que ir al notario.

Asentí, sin decir nada.

—No puedo dejarte sola —continuó, y aquí sus ojos se nublaron con algo que no era preocupación, sino suspicacia—. He llamado a Verónica. Vendrá a hacerte compañía.

Verónica. Su hija menor. Veintidós años, criada entre misa dominical y revistas de moda con los hombros tapados. La niña buena. La que aún se sonrojaba si alguien decía “embarazada” en voz alta.

—No es necesario —intenté.

—Es necesario —cortó ella. Era una orden, y también una sentencia. No confiaba en mí. Había visto el abismo en mis ojos y ahora colocaba una celadora en la puerta.

Media hora después, el timbre sonó. Verónica entró con la cautela de quien pisa un campo minado. Vestido hasta la rodilla, mangas tres cuartos, bolsa de tela con un libro. Saludó con una sonrisa tensa, sus ojos escaneando la sala como si buscara evidencia del crimen.

—Mamá me pidió que viniera —dijo, sentándose en el extremo más alejado del sofá—. Que no debías estar sola con Diego.

Ahí estaba: la desconfianza, puesta en palabras por la boca inocente de su hija. Un calor repentino —mezcla de ira y de un morbo retorcido— empezó a crecer en mi pecho. Ella me vigila. Su madre pone a esta niña asustadiza como centinela de mi decencia.

Desde el pasillo, Diego hizo su entrada. Short de deporte holgado, camiseta sin mangas. Se veía descansado, con una tranquilidad en los hombros que contrastaba con la electricidad del aire. Sus ojos pasaron de mí a Verónica, y una leve sonrisa jugueteó en sus labios. Él lo sabía. Sabía por qué ella estaba aquí.

—Hola, Sofía —dijo, y se dejó caer en el sillón individual frente a nosotras. Luego, como si recién notara su presencia, añadió—: Hola. No nos han presentado.

Verónica se puso rígida. No miraba al desconocido directamente; su vista se posaba en su hombro, en la pared, en cualquier lugar que no fuera él. Su incomodidad era tan palpable, tan fresca, que resultaba… divertida. Después del vértigo de ayer, después de la complicidad profana con doña Carmen, ver a esta muchacha luchar contra un rubor básico ante un hombre que ni siquiera conocía era casi cómico.

El morbo creció dentro de mí, serpenteante. Era venganza por la desconfianza de su madre. Era el deseo perverso de arrastrar a otra hacia el mismo fango donde yo ya me revolcaba.

—Verónica, cariño —dije, y mi voz sonó dulce, casi maternal—. Hay algo que deberías saber, ya que tu madre te ha puesto aquí de guardiana.

Ella me miró, alerta.

—Es sobre Diego. Ayer pasó algo… complicado. Tu madre y yo tuvimos que ayudarlo.

Diego bajó la vista, y esta vez no parecía fingir. Una sombra de incomodidad genuina cruzó su rostro.

—¿Ayudarlo? —repitió Verónica, y su voz se quebró apenas en la última sílaba.

—Es una condición médica —dije, dejando que el término flotara sin anclarlo a nada específico—. Una congestión. Dolorosa. Tu madre lo sabe bien. Estuvo aquí conmigo, haciendo lo necesario.

—Yo no… —balbuceó, alejándose un paso—. No entiendo qué quiere que haga.

Me acerqué a ella, lo suficiente para que mi voz bajara a un susurro conspirador, pero no tanto como para perder a Diego de vista.

—Tu madre lo entendió perfectamente —dije—. Ayer estuvo aquí, durante horas. La congestión no se alivia sola, Verónica. Requiere… manipulación. Presión constante. Movimiento.
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Sus ojos se ampliaron, buscando en mi rostro alguna señal de que bromeaba.

—¿Manipulación?

—Con las manos —aclaré, y dejé que mi mirada bajara deliberadamente al regazo de Diego, donde el short holgado insinuaba más de lo que ocultaba—. Tu madre se ofreció. Fue ella quien inició el tratamiento. Lo tomó en sus manos, literalmente, hasta que el dolor cedió.

Verónica soltó una risa nerviosa, breve, que se quebró enseguida.

—Eso no… mamá no haría…

—¿No? —la interrumpí, y ahora mi voz cargó un peso casi confesional—. La vi arrodillada frente a él. La oí gemir de esfuerzo, de… ¿cómo decirlo? De empatía física. Cuando terminó, cuando él finalmente se alivió sobre sus manos, ella misma fue a lavarse. Con esa eficiencia que tiene para las tareas desagradables.

El silencio que siguió fue diferente. Más denso. Verónica no palideció ahora; un rubor extraño, casi febril, subió por su cuello.

—¿Y ahora…? —su voz se perdió.

—Ahora ella no está —repetí, y esta vez mi tono no admitía vacilación—. Y el dolor ha vuelto. Míralo, Verónica. ¿Vas a ser menos caritativa que tu madre? ¿Menos eficiente en las tareas… desagradables?

Diego gimió bajo, un sonido que pareció sincronizado con mis palabras. Verónica se estremeció visiblemente.

—Duele —repitió él, más urgente ahora—. Como ayer. Como cuando tía Carmen…

—Tu madre lo hizo —corté, dirigiéndome a ella pero sin apartar la mirada de él—. Varias veces, según entendí. La primera no fue suficiente. Tuvo que repetir. ¿Vas a dejar que tu madre haya trabajado en vano?

Verónica se irguió. El golpe bajo funcionó: ofendida en su orgullo filial, liberada por la lógica retorcida de la deuda heredada.

—¿Qué necesita? —preguntó, y la pregunta fue tan baja que casi se perdió en la alfombra.

—Acércate —ordené—. Ponte frente a él. Así podrás ver lo que tu madre vio. Lo que ella tocó.

Verónica palideció por la imagen involuntaria que debió formarse. Su madre, arrodillada, haciendo lo necesario. El silencio se extendió entre nosotras, denso, mientras ella procesaba.

—Mamá nunca me dijo…

—¿Qué iba a decirte? —interrumpí, suave—. Es delicado. Pero ahora ella no está, y Diego… míralo.

—Yo no… no sé si debería —balbuceó, pero ya no era un rechazo. Era una pregunta, una búsqueda de permiso.

—Tu madre lo haría —dije, y esta vez dejé que mi voz cargara un peso casi confesional—. De hecho, lo hizo. Varias veces. ¿Vas a ser menos caritativa que ella?

El golpe bajo funcionó. Verónica se irguió, ofendida en su orgullo filial, y al mismo tiempo liberada: si era caridad, si su madre lo había hecho primero, entonces no era pecado. Era deber. Era imitación.

—¿Qué necesita? —preguntó, y la pregunta fue tan baja que casi se perdió en la alfombra.

—Acércate —ordené, y mi tono no admitía vacilación—. Ponte frente a él. Así podrás ver.

Sus piernas la llevaron antes que su voluntad. Se arrodilló entre las piernas abiertas de Diego, el vestido azul formando un charco casto sobre la alfombra. Temblaba, sí, pero también brillaba algo en sus mejillas que no era solo lágrimas.

—Diego —dije—. Muéstrale. Para que entienda.

Él levantó la vista hacia su prima, y en esa mirada hubo algo que no había ensayado: nerviosismo real, la vulnerabilidad de exponerse ante quien no esperaba deseo, solo compasión. Se bajó el short con movimientos lentos, casi reverentes.

Verónica emitió un sonido que no fue grito ni gemido. Sus ojos se fijaron en lo que emergía, y vi cómo se dilataban —no de horror, sino de reconocimiento tardío. Como quien ve por fin una imagen que solo había conocido distorsionada.

—Toca —susurré, agachándome junto a ella—. Solo para que sientas. Es calor, nada más. Calor que necesita salir.

Su mano se movió sola. No esperó orden, no pidió permiso. Los dedos con uñas de rosa pálido se extendieron y rozaron la piel tensa, y el estremecimiento que la recorrió fue tan violento que por un instante temí que se echara a correr.

Pero no. Se quedó. Y cerró los dedos.

—Así —respiró Diego, y su voz se quebró—. Dios, Vero. Así.
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—Mueve —le ordené, pero ella ya lo hacía. Torpe, sí. Mecánica, casi furiosa en su concentración. Como quien realiza una tarea que no entiende pero que no puede abandonar a medias.

La observaba, y el morbo me inundaba en oleadas silenciosas. La forma en que su cuello se tensaba al inclinarse. La manera en que su lengua —esa lengua que nunca había pronunciado palabras impuras— humedecía sus labios una y otra vez. No era placer lo que sentía, no todavía. Era trance, la disolución del yo ante un ritual que dos personas mayores le aseguraban que debía completar.

—Más rápido —susurré, y mi propia voz sonaba lejana—. Siente cómo cambia. Cómo se pone más duro. Eso es bueno, Verónica. Eso significa que funciona.

Ella obedeció, y sus movimientos adquirieron una urgencia desesperada. Diego se arqueó, sus manos se aferraron a los brazos del sillón, y en su rostro vi la embriaguez de ser visto, de ser tocado, de ser el centro de esta transgresión que no tenía nombre.

—Está… está pasando algo —jadeó Verónica, y no era pregunta. Era constatación de un fenómeno que escapaba a su comprensión, pero no a su mano.

—Sigue —ordené—. No pares. Tu madre no habría parado.

La mención fue el detonante. Verónica cerró los ojos —no para no ver, sino para sentir mejor— y su puño se convirtió en un pistón desigual, salvaje. Diego gruñó, bajo, animal, y ella no retrocedió. Algo había cambiado en su rostro, más allá del miedo. Una resolución oscura, casi furiosa.

Cuando él se corrió —sobre su mano, sobre su muñeca, sobre el borde mismo de su vestido azul— ella no soltó. Solo abrió los ojos y miró, hipnotizada, la evidencia viscosa de lo que había provocado.

—Bien —dije, y mi voz sonó extrañamente tierna—. Muy bien, Verónica.

Ella seguía arrodillada, jadeando ligeramente, con la mano aún cerrada alrededor de la carne que se ablandaba.

En algún lugar de la casa, un reloj dio la hora. Doña Carmen estaría en el notario, firmando papeles de una herencia que de pronto parecía insignificante.

Yo sonreí, y esta vez no fue perversa. Fue, tal vez, algo peor.

Fue el reconocimiento de que Verónica —su Verónica, su niña buena— acababa de descubrir que el placer de la transgresión no necesita ser comprendido para ser sentido. Que la culpa y el deseo pueden coexistir, entrelazados, indistinguibles.

Que ya no había vuelta atrás.

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Dilema de una buena tía (6)

La tensión del salón se disipó, pero dejó atrás un silencio espeso. Verónica se levantó del suelo con un movimiento brusco, limpiándose la mano en el vestido con gestos que pretendían ser casuales. Demasiado repetidos. Demasiado rápidos.

—Necesito un vaso de agua —murmuró con voz quebrada, casi corriendo hacia la cocina.

Diego soltó un suspiro largo y satisfecho, estirándose como un gato. El semen seco y blanquecino manchaba su abdomen y su short. El olor a sexo seguía flotando en el aire, denso y animal.

—Gracias, tía… —dijo con una nueva complicidad en la voz, casi un ronroneo.

Gracias, tía… Qué lindo suena eso después de que te corriste gracias a la paja de Verónica. Me encanta cómo ya me mira diferente. Como si supiera que esto recién empieza.

Las horas siguientes fueron una farsa ridícula de normalidad. Almorzamos en silencio. Verónica apenas probaba bocado, mientras Diego comía con un apetito voraz y descarado. Yo solo observaba, esperando el momento perfecto.

Cuando la luz de la tarde empezó a bajar, el short holgado de Diego mostraba claramente las manchas rígidas. Se movía incómodo, como si la tela le molestara.

Ahora que tanto mi suegra como mi cuñada son cómplices y sé que no me van a delatar con mi marido, se me ocurre aprovechar un poco la situación.

Subí a mi habitación con el corazón latiendo fuerte. Abrí el armario y elegí con cuidado sádico: un short de algodón gris extremadamente corto y suelto, que apenas cubría la mitad de mis nalgas. Una playera blanca vieja, enorme, de tela muy fina y casi transparente. No me puse nada debajo. Ni bragas, ni sostén.

Me miré en el espejo y sonreí.

Mírate… Pareces una tía preocupada, pero en realidad eres una zorra. Esta tela mojada va a volverse completamente transparente. Mis tetas, mis pezones duros, el contorno de mi coño… Quiero que Verónica y Diego contemplen mi cuerpo. Si no me es posible follar con Diego en presencia de Verónica, al menos voy a obtener placer de la situación morbosa y de torturarlos a los dos.

Cuando bajé, Diego se quedó sin aliento. Sus ojos recorrieron mis piernas desnudas, la playera que apenas cubría mis nalgas y cómo mis pechos se movían libres bajo la tela blanca. Tragó saliva audiblemente.

—Con todo este desorden —dije con voz casual—, ya es hora del baño, Diego.

Verónica levantó la cabeza de golpe, alarmada.

—No hace falta, tía. Yo puedo bañarme solo… —intentó decir Diego.

—No —lo corté con suavidad pero firme—. Después de lo de esta mañana, necesita una higiene completa. Verónica y yo te vamos a ayudar.

Verónica palideció visiblemente.

—Verónica, cariño, no te alarmes —dije con una sonrisa que pretendía ser tranquilizadora—. Esta vez yo me encargo. Tú solo tienes que observar y asistir. Como una buena enfermera en prácticas.

Observar… Sí. Quiero que esta niña inocente vea cómo se complace a un hombre. Quiero que se le grabe en la retina para siempre.

Ella asintió de forma mecánica, demasiado abrumada para oponer resistencia.

La luz anaranjada de la tarde llenaba el salón cuando repetí:

—Se ha hecho tarde, hay que apurarnos.

Verónica se tensó.

—¿Ahora? —preguntó con voz aguda.

—La higiene es parte del tratamiento —respondí con tono profesional—. Y después del “procedimiento” de esta mañana, es imprescindible. No vamos a hacer esto a medias.

Diego se levantó sin protestar, con una chispa de excitación en los ojos. Verónica, en cambio, parecía clavada al sofá.

—Yo… puedo esperar aquí —tartamudeó, suplicando con la mirada.

—No —dije extendiendo mi mano hacia ella, pero no como una invitación, sino como una orden—. Eres parte de la asistencia. Ven.

La palabra “asistencia” pareció romper su resistencia. Tomó mi mano con dedos helados y temblorosos. Caminamos los tres por el pasillo: Diego adelante, yo en medio sintiendo cómo temblaba Verónica, y ella detrás, arrastrando los pies como si la llevaran al patíbulo.

Al entrar al baño pequeño, cerré la puerta con un clic suave pero definitivo. Verónica se estremeció.
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El silencio en el baño era tan denso que se podía sentir. Solo se escuchaba el goteo del agua en la regadera y la respiración agitada de Verónica.

—Primero hay que quitarle la ropa sucia —anuncié.

Me acerqué a Diego hasta casi rozarlo. El olor a sexo seco y sudor seguía fuerte en su cuerpo, más intenso ahora por el calor del baño. Noté cómo movía el brazo izquierdo con cuidado, el yeso blanco rígido desde la muñeca hasta el codo, resto del accidente que lo mantenía dependiente de nosotras.

—Ayúdame, Verónica. Toma del otro lado de la camiseta.

Ella se acercó como un autómata. Sus dedos temblorosos agarraron la tela. Por un segundo nuestras miradas se cruzaron sobre el hombro de Diego. La de ella estaba llena de pánico. La mía, de anticipación perversa.

Así, mi niña… siente cómo es pegarte a un hombre sudoroso. Siente su calor. Quiero que tu concha se vaya humedeciendo…

—Ya —susurré.

Juntas levantamos la camiseta. Diego alzó el brazo derecho con naturalidad; el izquierdo, envuelto en yeso, se movió más lento, sin dejar de ser funcional. La tela pasó por su cabeza, revelando el torso que había construido antes del accidente: pectorales duros, hombros anchos, abdomen marcado por líneas que descendían en V hacia la cintura. Un cuerpo de gimnasio, ahora postrado en nuestras manos.

Las manchas secas y blanquecinas de su corrida matinal contrastaban contra su piel morena. El olor a sexo se hizo más denso.

Verónica apartó la mirada al instante, clavando los ojos en los azulejos. Su pecho subía y bajaba con rapidez.

Ahí está… esa mirada de horror. Pero también vi cómo tragó saliva, cómo sus ojos se escaparon hacia los músculos de su abdomen. No quiere mirar, y aun así vuelve. Qué dulce es corromper algo tan frágil.

Dejé la camiseta en el suelo mojado. Mis dedos bajaron hasta el elástico del short. La tela estaba rígida, tensa, levantada por lo que contenía: su polla completamente dura, empalada contra la tela, la punta húmeda dejando mancha oscura visible.

—Verónica —llamé con voz más baja, casi íntima—. No me dejes hacer todo el trabajo. Agarra del otro lado del elástico.

Ella se quedó congelada. Podía ver la batalla en su rostro: repulsión, miedo, y esa curiosidad que empezaba a asomar. Sus ojos, contra su voluntad, se posaron en la protuberancia del short, en la forma obvia de su erección.

Vamos, Verónica… Sé que una parte de ti quiere volver a ver esa hermosa polla. La última vez estabas tan nerviosa que ni lo disfrutaste. Mírala ahora, cómo se marca contra la tela. Cómo lo necesita.

Finalmente, con movimiento torpe y tembloroso, extendió la mano y sujetó el elástico. Sus dedos helados rozaron los míos.

—Bien —dije suavemente—. Ahora… juntas. Despacio.

Nos agachamos al mismo tiempo. Tiramos del short hacia abajo. La tela se deslizó por sus caderas, enganchándose un momento en la polla erguida —gruesa, roja, la punta goteando preseminal— antes de caer hasta sus tobillos.

Diego quedó completamente desnudo frente a nosotras. El yeso blanco en su brazo contrastaba con la piel oscura, pero lo que dominaba la vista era su verga: pesada, palpitante, emergiendo de ese cuerpo atlético como una exigencia.

Verónica soltó un sonido ahogado, casi un gemido de angustia, y dio un paso atrás, chocando contra la puerta. Sus ojos no podían apartarse.

Wow. Diego se encuentra totalmente empalmado. Me pregunto si será por verme a mí con poca ropa, o será el morbo de ver a Verónica incomodarse mientras sus ojos no pueden dejar de ver su polla con especial atención.

—Perfecto —dije rompiendo el silencio, como si nada—. Ahora sí podemos limpiarlo bien.

Abrí la llave del agua. El chorro caliente comenzó a caer con fuerza, llenando el baño de vapor rápidamente.

—Adelante, Diego.

Diego entró bajo el agua. El calor lo hizo soltar un suspiro de alivio. Se dio la vuelta para quedar de frente a nosotras, con el agua cayendo por su pecho y abdomen.

Yo me quité las sandalias y, sin decir una palabra más, entré a la regadera con él. El agua caliente me empapó al instante.

Verónica abrió mucho los ojos.
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Mi short gris se volvió oscuro y se pegó a mi cuerpo como una segunda piel. La playera blanca grande se adhirió completamente a mis pechos, volviéndose casi transparente. Mis pezones, duros por la excitación y el contraste de temperatura, se marcaban con total claridad bajo la tela mojada.

Diego me miró fijamente. Su respiración cambió.

Sí… mírame. Mira lo que tu tía es capaz de hacer. Y tú, Verónica, no pierdas detalle. Quiero que veas cómo se excita tu primo mirándome.

Desde afuera, a través de la cortina de plástico transparente cubierta de vapor y gotas, Verónica tenía una vista completa del espectáculo.

Tomé la barra de jabón y empecé a pasarla por los hombros y brazos de Diego con movimientos lentos y deliberados.

—La limpieza tiene que ser muy completa —dije en voz alta para que Verónica escuchara bien—. Sobre todo después de lo de esta mañana.

Bajé por su pecho, su abdomen. Luego dejé el jabón a un lado.

Mis dedos envolvieron su miembro, ya hinchado, rojo, palpitando, con un poco de líquido preseminal en la punta.

Diego soltó un gemido grave.

Qué polla tan sabrosa… Nunca deja de sorprenderme lo grande y gruesa que es. Ciertamente es más grande que la de mi esposo. Uuff, y yo que poco ocupo para hacerme agua con la idea de cualquier polla, debido a mi abstinencia…

Empecé a mover la mano con lentitud al principio, lavándolo con cuidado.

Verónica no decía nada. Solo se escuchaba su respiración entrecortada desde el otro lado de la cortina. Sus ojos estaban fijos en la escena: mi cuerpo semidesnudo y empapado, la playera completamente transparente pegada a mis pechos, y mi mano moviéndose rítmicamente sobre la hermosa polla de Diego.

Mi mano se detuvo un instante. Un segundo, no más. Y en ese segundo el mundo se contrajo hasta quedar reducido a esto: el calor de su polla en mi puño, la mirada de Diego devorándome las tetas, el agua cayendo.

Quiero chuparla.

La idea surgió sin permiso, sin elegancia. Desnuda. Animal.

Quiero metérmela en la boca hasta que me ahogue. Hasta que me salga por la nariz. Quiero que me agarre del pelo con la mano buena y me folle la cara, que me use como el puto juguete que soy. Que me llene de leche hasta que no pueda tragar más y me escurra por la barbilla.

Diego gimió. La mano sobre su polla se tensó sola, sin que yo le ordenara nada.

Pero no quiero solo eso.

La imagen cambió. Violenta. Inmediata.

Quiero estar sola con él. La puerta cerrada. Verónica echada a patadas. Y montarlo. Sentir cómo me parte por la mitad, cómo esa polla gruesa me estira la concha después de tanto tiempo de nada, de dedos inútiles, de un marido que ya ni me mira. Quiero sentir el dolor del primer embiste, sí, ese dolor que me hace ver estrellas, que me hace morder mi propio labio hasta sangrar.

El agua seguía cayendo. Mi mano se movía sola, mecánica, mientras yo estaba ya montada sobre él en mi cabeza, cabalgando, cabalgando.

Sin piedad. Sin amor. Solo carne contra carne. Mi concha mojada resbalando sobre su polla, golpeándome el clítoris en cada bajada, esa fricción exacta, esa que me vuelve estúpida, que borra todo. Quiero que me agarre la cintura con la mano sana y me clave hasta el fondo, que me deje moretones, que mañana me duelan las caderas y sepa por qué.

Diego jadeó. Cerca. Demasiado cerca.

Y cuando se corra, cuando no pueda más, yo no pararé. Seguiré cabalgando sobre su polla sensible, torturándolo, usando su propia leche como lubricante para mi orgasmo. Ese que viene desde abajo, desde el centro, que me contrae toda, que me hace gritar como puta, que me deja temblando, chorreando, vaciada. El que necesito. El que merezco.

—Tía…

La voz de Diego, rota, me sacó del trance como una bofetada.

Aceleré el movimiento. Diego gimió más fuerte y apoyó una mano en la pared.

Aceleré el movimiento. Diego gimió más fuerte y apoyó una mano en la pared.

—Tía… —jadeó, con la voz ronca.

—Relájate, Diego —murmuré cerca de su oído, pero lo suficientemente alto para que Verónica escuchara—. Déjate llevar.
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Mi mano subía y bajaba con más decisión. La espuma y el agua hacían que el movimiento sonara obsceno. Incliné mi cuerpo hacia él, dejando que la playera mojada se abriera más, mostrando claramente mis pechos.

Esto es mucho mejor de lo que imaginé. Verónica no puede dejar de mirar. Está presenciando cómo su cuñada, vestida como una puta, le está pajeando a un completo desconocido que no es su hermano, delante de ella. Quiero que esta imagen la persiga cuando esté sola en su cuarto.

El cuerpo de Diego empezó a tensarse.

—Estoy cerca… —gruñó.

—No pares de mirar, Verónica —dije con voz firme—. Esto es parte de la higiene. Tienes que aprender.

Diego soltó un gemido largo y profundo. Su cuerpo se sacudió con fuerza mientras se corría entre mis dedos. Los chorros calientes se mezclaron con el agua y fueron arrastrados por el desagüe.

Mantuve el ritmo hasta que terminó de vaciarse, luego bajé lentamente la velocidad.

Cerré la llave del agua.

El silencio repentino fue ensordecedor. Solo se escuchaban nuestras respiraciones agitadas y el goteo del agua.

Salí de la regadera chorreando. La playera y el short se pegaban obscenamente a mi cuerpo, completamente transparentes. Mis pezones seguían duros y claramente visibles. Pasé muy cerca de Verónica, que permanecía paralizada contra la puerta con las mejillas claramente enrojecidas.

Ella no podía apartar la mirada de mí. Sus ojos iban de mi cuerpo mojado y expuesto al de Diego, que seguía dentro de la regadera con la cabeza baja, recuperándose.

—Ya está —dije con voz calmada y serena, como si acabara de dar una clase de cocina—. Limpio y sin riesgo de congestión.

Me pasé una mano por el cabello mojado y la miré directamente a los ojos.

—¿Viste cómo se hace, Verónica? —pregunté con una ligera sonrisa—. Por si algún día tienes que… asistir tú sola.

Ya está. La semilla está plantada. Esa imagen de mí, su cuñada, masturbando a mi sobrino bajo el agua, con la ropa transparente, va a volver a su mente una y otra vez.

Verónica no respondió. Solo se quedó ahí, con los labios entreabiertos, respirando agitada, como si su mundo entero acabara de cambiar de forma irreversible.

Pasé a su lado, dejando un rastro de agua en el piso, y abrí la puerta del baño.

La lección había terminado.

Pero sabía que, para Verónica, el verdadero tormento apenas estaba comenzando.

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Cuidado con lo que deseas: Mi novia acepta mis fantasías

Mi corazón latía rápido, sentí un sudor frío y mi pene estaba duro, nublando mi juicio.

—Quiero que le escribas a tu novia: “Creo que te verías muy sensual con el pene de otro hombre en la boca”. Se leía en el mensaje.

Empecé a escribirle a Malena para experimentar lo que sería tener una pareja más dominante y confiada. Pagué la suscripción a su página de adultos y sostenía conversaciones casi semanales con ella, donde fantaseaba diferentes escenarios, todos ficticios, que me ponían a estimularme rápidamente. Malena, una mujer increíblemente sensual, cálida y carismática, sabía todo de mis intenciones. Conocía el nombre de mi novia y fantaseábamos sobre cómo ella podría dominarme.

En la vida real, Nicole, mi novia, tenía una voz suave, una actitud algo introvertida que hacía contraste con su cuerpo delgado, marcado y bien proporcionado. Nicole había estado ganando confianza con los retos que Malena me ponía: comprarle ropa reveladora, darle sexo oral constante, decirle cumplidos y, más recientemente… comprarle un dildo.

Ella no entendía por qué yo deseaba verla usándolo, pero no se negó. Puse el dildo en sus labios; ella lo chupaba como si fuera un pene real y yo controlaba cómo entraba y salía de su boca. Durante ese mes habíamos jugado mucho con el dildo y ella se notaba sexualmente más empoderada, más segura, y el sexo nunca había sido mejor para ambos… todo gracias a mi experimento secreto con Malena.

“Quiero que compres un dildo. Quiero que ese dildo sea más grande que tu pene y quiero que lo uses con ella”. Fue el reto que recibí… pero los días se tornaron en mí usando el dildo para masturbar a mi novia, ponerla en situaciones muy eróticas y llevarla a un placer nuevo.

“Quiero que le tomes fotos a ella chupándolo y me las enseñes”… me retó…

Nicole no entendía por qué le pedí esas fotos, pero posó para mí, sacó su lengua y, rodeando el dildo, le tomé un par de fotos donde sus tetas se veían completamente al aire y su cara estaba extasiada…

Las fotos eran necesarias para enseñar a Malena que había cumplido el reto… sin embargo, compartir la foto a espaldas de mi novia era algo que simplemente no era correcto… por lo que edité la foto haciendo algo que me voló la mente… la foto que envié era solo su boca, cerca del dildo, con la lengua afuera… la foto no se veía tan cargada eróticamente hasta que enfoqué ese detalle…

Malena estaba disfrutando el control sobre mí y lo bien que reaccionaba mi novia… ella estaba decidida a cambiar mi vida… fue cuando el mensaje llegó.

—¡Díselo! Quiero que me pases pantallazos de la conversación. Ordenó Malena.

Mi mano temblaba, pero lo hice.

Al día siguiente volví a hablar con Malena por el chat…

—¿Cómo te fue con la conversación? Los pantallazos sugieren éxito. Escribió Malena.

—Sí. Esa noche hablamos y ella me preguntó si yo quería estar con otra persona… le dije que no, que simplemente era una idea que se me pasó por la cabeza…

—¿Qué te dijo a eso?

—Dijo que sentía que se había sacado la lotería conmigo…

—Jajajaja. ¿En serio eso dijo?

—Sí. Ella no planea hacerlo, pero sí me hizo muchas preguntas…

—¿Como cuáles?

—Me preguntó qué me gustaba de esa situación… pero no supe decirle nada, solo que simplemente me prendía algo en mí. También me dijo que si era una fantasía que me gustaría ver cumplida…

—¿Te gustaría verla cumplida?

—Creo que sí…

—Jajajaja. Pero si eres todo un cornudo. ¿Sabes? Cuando empezamos a escribir nunca me dijiste qué tipo de dominación querías recibir de tu novia… de momento, ¿esta clase de dominación te gusta?

—Me asusta. Pero no puedo negar que sí.

—Tu novia va a tener al mejor novio de la historia. Vamos a explorar tus límites poco a poco. ¿Eso te gusta? ¿Futuro cornudo?

Era tan raro ver a Malena hablando así; ella, quien al principio era tan dulce, ahora me trataba con más confianza, como si supiera los botones que debía tocar para hacerme sentir acelerado.

—Sabes, me pregunto algo que no dejo de pensar…

—Wow… ella se nota muy interesada… ¿qué dijo?
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—Verás… tuvimos una conversación por chat y otra plática en la noche… en la cama… mientras ella me masturbaba. Quería estar segura de que realmente estaba disfrutando con la situación. Yo traje el dildo y ella lo chupó frente a mí… preguntó si por eso le había comprado tal juguete… y con su mano en mi pene, se sacó el dildo de la boca y lo puso al lado de mi pene. Entonces, viendo la diferencia de tamaños, preguntó: “¿No te sentirías celoso si el otro chico fuera más grande que tú?”

—Jajajaja. ¡Wow! ¿Qué le contestaste?

—Nada. Me vine en su mano.

—Jajaja. Estoy muy orgullosa de ti… Me parece que hemos avanzado mucho y tu novia está lista para ser más dominante… ¿Estás listo para tu próximo reto?

—Sí.

—Primero. Mándame una foto de tu pene.

Mi miembro estaba duro, así que solo bajé mis pantalones y, cuidando un buen ángulo, le envié mi pene completamente al descubierto.

—No está mal. Tiene buen tamaño y me encanta lo rico que se ve. Sabes que no tiendo a hacer esto, pero en serio creo que me voy a tocar hoy viendo tu foto… no estoy segura… creo que deberías mandarme ahora una foto de tu pene a la par del dildo…

Lo hice. El dildo me llevaba una cabeza de tamaño y, lado a lado, se veía aún más grande.

—Uhmmm… ahora se me antoja el dildo. Jajaja. Ves, puedes tener un buen pene, el tuyo tiene un buen tamaño, pero siempre dos son mejores que uno… ¿no te preocupa eso?

—Creo que no… no me siento amenazado por eso…

—Confianza… uhmm, veo… Tu reto siguiente será diferente… sabes, para inspirar confianza a otra persona primero debes demostrarla tú. Vas a olvidar por unas semanas este asunto y vas a intentar recibir atención de otras mujeres… primero vas a usar ese cuerpo tuyo, toma buenas fotos parecidas a las que te voy a enviar, te vas a vestir bien siempre, no solo en ocasiones especiales, y vas a hablar con muchas mujeres, pero solo serás amigo de ellas, sin coqueteos ni conversaciones fuera de tono… si logras llegar lejos con esto sin que tu novia se sienta celosa… la próxima sesión será presencial y te la daré gratis.

Tragué fuerte, sin entender su petición, pero una vez más obedecí.

Nicole se vestía con la ropa que yo le había comprado: vestido blanco corto que exhibía sus piernas… una confianza nueva debido a nuestras fantasías en conjunto, y ahora parecía que yo hacía algo parecido.

Llevaba mujeres a casa y algunas se habían convertido con el tiempo en amigas de Nicole y mías… unas cuantas semanas activaron nuestra vida social y, siguiendo el consejo de Malena, me hice amigo de una pareja que conocí en un grupo del gimnasio… ambos atractivos y extrovertidos. A Laura la conocí porque me contestó una imagen mía sin camisa por redes sociales, y a su esposo Mateo lo conocí cuando entrenamos juntos.

No podía mentir… las conversaciones con ella se habían puesto un poco fuera de tono… nos mandábamos fotos con poca ropa comparando resultados de gimnasio, nos hablábamos con mucha apertura y más de una vez ella había insinuado que su esposo no estaría molesto si nos escapáramos… a lo que yo siempre contestaba evasivo.

Una noche Laura y Mateo vinieron a cenar a nuestra casa. Nicole se vistió con una falda blanca y una blusa negra con mucho escote, que dejaba sus brazos y axilas completamente expuestas. Su escote era amplio, reluciendo sus pechos tan solo escondidos por dos tiras negras.

Esa noche tomamos mucho vino y comenzamos a quejarnos de la vida adulta que recién empezábamos a vivir.

Ninguno quería hijos y sentíamos que la sociedad exigía un alto a la diversión para poder mantener estilos de vida que no ofrecían mucha diversión a cambio.

—¿Qué es lo más divertido que han hecho recientemente? Pregunté.

—Bueno, no es por dar mucho detalle, pero yo recientemente descubrí el BDSM… me gusta que me aten. Dijo Laura, quien lucía muy desinhibida por el vino.

—Eso suena divertido. Hay que apuntarlo —le dije a Nicole, quien estaba con sus cachetes rojos riéndose de todo.

—Ok, juguemos algo —dijo Mateo, mientras ponía unas cartas sobre la mesa.

—¿Cuánto dinero apuestan? —dijo Laura.
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—La verdad no me siento muy cómodo apostando dinero. No con nuestro estado actual con el licor —expliqué.

—Bien dicho. ¿Qué les parece si apostamos retos? Quien pierda primero debe cumplir un reto… —dijo Mateo, a lo que el resto lo encontró divertido y aceptó.

El primer reto de la noche fue también el que cambió todo.

—Ok, Nicole, ya que perdiste, dinos. Cuéntanos una confesión sexual de tu novio que no le hayas dicho a nadie… —dijo Laura.

Mi corazón se detuvo por un momento y recordé la última vez, hace semanas, que había hablado con Malena… Ella primero me ordenó comprarme ropa, vestirme mejor, tener confianza para hablarle a gente nueva, pero… lo último que me ordenó fue comprar un extensor de pene… unos cuantos centímetros más habían generado grandes fantasías en la cama.

Nicole decía que se sentía muy grande, pero no se quejaba. Gemía con ganas y gritaba “qué grande estás”… la situación era tan excitante como humillante y durante semanas habíamos estado teniendo sexo con el extensor puesto.

—¿Te gusta sentir lo que logra el pene de un alfa? —decía Malena.

—Sí, me gusta cómo gime mi novia.

—No muchos hombres aceptarían hacer eso… de verdad que ella es afortunada. Si fuera yo, les diría a todas mis amigas…

Recordé esa conversación con Malena y mi corazón se heló. Pensaba que Nicole, en su estado actual, iba a confesar ese secreto.

—Bueno. Dinos ya, ¿qué secretito esconde tu novio en la cama?

Tuve miedo de que contara lo del extensor de pene y nuestras fantasías recientes, pero de su boca salió otra cosa…

—Él dijo que me vería sexy con el pene de otro hombre en la boca… —confesó Nicole.

El ambiente cambió. Risas se escucharon por parte de la otra pareja…

—¿Es en serio? —preguntó Mateo.

—Fue algo que dije sin pensar —dije.

—¿Pero sí te gustaría verlo? —insistió Laura…

—Creo que sí… —admití.

La pareja se rio incrédula. A lo que Laura solo le decía que Nicole era increíblemente afortunada.

—¿Tú crees? —preguntó mi novia…

La pareja le explicó que tener pareja no era necesariamente significado de que la atracción por otras personas se apagara. La pareja es un compromiso que se hace; a pesar de la atracción, la exclusividad se escoge. Pero ambos admitieron pensar en otras personas durante su noviazgo; actuar o no en esas fantasías era una decisión de cada pareja…

Nicole y yo nos sorprendimos ante su apertura al tema. Aunque no dejaba de percibirse una pequeña burla de parte de Laura…

—Sabes, yo conozco chicos interesantes…

Laura sacó su celular y empezó a enseñarle cuentas de Instagram de amigos como si fuera un catálogo…

—Dime cuál te gusta y con gusto los conecto… para que cumplan sus fantasías…

—Todavía no sé si vamos a actuar esas fantasías. Me preocupa lo que eso puede hacerle a nuestra relación… —dijo Nicole…

—¿Y si es él quien actúa primero? ¿No te da curiosidad si puedes sentir lo mismo?

Nicole no respondió…

Laura se abalanzó sobre mí… sus ojos verdes, su pelo rubio eran lo único que veía, mientras su cuerpo delgado, de pechos pequeños y piernas musculosas, presionaban mi cuerpo…

Laura veía de reojo a mi novia, pero esta no hacía nada…

Su boca se acercaba a la mía, a lo que mis ojos buscaron la aprobación de Nicole.

Ella tragó fuerte y con la cara me asintió su aprobación…

Mis labios tocaron los de ella por un instante breve pero intenso…

—¿Te gustó verlo? —preguntó Laura.

—Sí —contestó, con nerviosismo, Nicole…

El beso fue más profundo esta vez y nuestras lenguas intercambiaban lugares en nuestras bocas…

La noche cambió de tono y, al terminar, todos vimos a Nicole…

—Me siento muy incómoda, pero al mismo tiempo rara… ¿ustedes hacen esto a diario?

—Nosotros somos una pareja swinger, pero solo compartimos con parejas que los dos escogemos, y no es algo común, pero sí lo hemos hecho antes… —explicó Mateo.

—Lo ves, no pasa nada. Puedes admitir que te gustó…

—Creo que no sé… —Nicole lucía algo asustada…

Mateo se acercó a su espalda y, poniendo sus manos en sus hombros, la acercó a su boca… ambos se besaron mientras yo tenía a Laura lamiéndome el cuello.
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Al final del beso, Nicole lucía diferente, como una niña que acababa de hacer una travesura…

La noche prosiguió con chistes y conversaciones abiertas, pero al final, en la cama, Nicole y yo tuvimos una última conversación…

—Creo que ya entendí qué es lo que te gusta.

—¿Qué cosa?

—Mi confianza… me gustó verte besarte con otra mujer, aunque me asustó al principio…

—¿Te gustó besar a Mateo?

—Fue diferente. Pero sí.

—¿Crees que seríamos una buena pareja swinger?

—La verdad no creo que quiera eso para nosotros. Yo no quiero conocer parejas y no sé si me gustaría ese estilo de vida. Tal vez por probar…

—¿Probar qué?

—Otro pene…

La atmósfera cambió… se volvió más tabú.

—Tal vez te deje…

—Creo que tengo a alguien en mente, pero lo hablaremos mañana.

Mi pene se puso duro y ella lo notó… bajó su cabeza y empezó a darme una mamada…

—¿Te gusta esta vista? —dijo Nicole, retadora, con una confianza nueva.

—Sí. Quiero verla…

—¿Con otro pene?

—Aunque sea más grande.

—Sí…

—¿Quieres que me cojan duro también?

El silencio se hizo presente y su boca siguió succionando hasta que exploté en su cara…

Su cara, chorreante de semen, hizo contacto visual conmigo…

—Creo que sí…

—Eso veo… —dijo Nicole con una sonrisa.

Ella se levantó, usando la pijama que dejaba ver sus lindas nalgas redondas, y yendo al baño a limpiarse solo atinó a decir:

—¿Sabes? Verte besarte con otra mujer me gustó… tal vez te verías sexy con la vagina de otra mujer en tu boca… —dijo Nicole con una sonrisa…

No sé si fue la influencia de Malena o de nuestros nuevos amigos, pero lo que sí sabía es que Nicole ya estaba muy lejos de ser la chica callada a la que todos miraban…

Salió del baño con su cara limpia y su desnudez exhibida… se acercó a mí y me cabalgó el resto de la noche como si ambos estuviéramos a punto de testear nuestros deseos un comentario a la vez.

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Jugando con mi sobrina en el metro. Disfrutando de ella

Llegué al lugar y efectivamente, estaba a reventar de gente. Justo debajo del reloj vi a mi sobrina. Altiva, tierna, sexy. Esa faldita que traía es de las que son muy ligeras, que hasta el viento levanta y su top dejaba ver de manera natural su busto, firme, turgente, tetas de joven.

Y como bien dijo, un señor, ya muy mayor estaba pegadito a ella. Llevaba un pantalón de mezclilla algo viejo y sucio, un suéter bastante gastado y una gorra de beisbol. Una barba blanca mal cuidada y una mochila que seguramente había sido de alguno de sus nietos.

Como pude me fui acercando hacia ella hasta que quedé al otro costado de ella. Había tanta gente que parecía imposible subirse en cualquier metro. Algunas personas al entrar y ver esa conglomeración decidían salirse e ir a buscar rutas alternas.

Tomé mi teléfono y le llamé.

-Bueno.

-Hola, ¿hija, como estas?, ya te vi, pero no voltees ni hagas nada.

-¿Por qué tío?

-Es que ya vi al señor que dices y algunos otros que están por ahí. Le voy a dar la vuelta para irme acercando, pero ve pidiendo permiso como para ir hacia el andén hasta cuando me veas y ya que estemos juntos vemos que hacemos, porque la verdad esta llenísimo.

-Vale tío, así le hago.

Discretamente ella volteo y a lo lejos me vio, se fue recorriendo, pidiendo permiso entre la gente, pero cual fue mi sorpresa de ver que el viejito venia pegadito, pidiendo permiso también y como se veía completamente inofensivo y hasta débil, nadie se molestaba en recorrerse. Después de unos 10 metros llegó a un costado mío. Saqué el celular y le escribí un mensaje. “voy a empezar a hacerte la plática como si fuéramos desconocidos, tu sígueme la corriente, pero quiero saber si este viejito si te despierta algo de morbo”.

Ella sacó su cel, sonrió y me dijo: “está bien y a tu pregunta, si y bastante.”

No lo pensé más, me fui acercando a ella, cada metro que llegaba, se iba subiendo poca gente y salía otro tanto. Eso hacía que nos fuéramos reacomodando. fui buscando la manera de quedar a la espalda de mi sobrina. El viejito, aunque de apariencia débil, era sumamente aferrado, no dejaba que nadie le quitara su lugar del costado de esa chiquilla de falda.

Ya estábamos como a 4 personas de llegar a la línea amarilla, no faltaba mucho para poder entrar. Seguro en unos 3 o 4 metros más podríamos ingresar. Conforme te vas acercando a la vía, la gente se aglomera más. Un descuido y pierdes tu lugar cuando la vorágine de gente lucha por entrar y salir al mismo tiempo.

Me acerqué al viejito y le dije en una voz que solo el pudiera escuchar:

-Mucha gente señor, ¿no lo aplastan mucho?

-Estoy acostumbrado joven, la cosa es no despegarse y seguir avanzando hasta poder entrar.

-Y ya vi que va bien pegadito, ¿he? -y le guiñé un ojo, viendo hacia abajo, fijando la mirada en las nalgas de mi sobrina

El volteo por reflejo y enseguida volteo de nuevo al frente.

-No se espante amigo, si desde que la vi, también quise ir “bien pegadito” – me acerqué más a su oído y le seguí diciendo – Además estoy seguro de que es de esas chiquillas que les gusta la verga, ¿Cómo se viene vestida así en el área de hombres?

El viejito solo sonrió ligeramente y asintió con la cabeza.

Pude confirmar que mis sospechas eran ciertas, el viejito quería tocarla. Era momento de pasar a la siguiente fase. Ahora acercarse a mi sobrina. Todo esto me estaba poniendo muy caliente, ya no podía pensar con claridad.

-¿Disculpe señorita, una pregunta, en que estación baja?

-Voy hasta Copilco señor -contestó mi sobrina de manera muy natural.

-Justo vamos a la misma estación, es que si hay mucha gente. A ver si entramos a la que sigue.

-Ojalá que sí, cuando llegue me empuja para que podamos entrar.
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No me esperaba esa respuesta. Ella lo dijo con tal ligereza y con el volumen necesario para que viejito y yo pudiéramos escucharlo. Me pude dar cuenta que, al escucharlo, el viejito bajo su mochilita a la altura de las piernas de mi sobrina. Yo me acerqué un poco más. No tardó en llegar el siguiente metro y para nuestra fortuna venía a media capacidad. Todos los pasajeros que ahí estábamos, al darnos cuenta, nos empezamos a amontonar y compactar hombro con hombro, eras una masa uniforme que se agolpaba por entrar al vagón. Fue bajando la velocidad, nos acercamos aún más. Yo tomé por la cintura a mi sobrina y le dije:

-Parece que ahora si nos podremos subir, agárrese bien señorita para que no la vayan a tirar.

-Muchas gracias, señor. Yo creo que si podemos entrar.

Sentí como el viejito quería acercarse y parecía que lo iban a dejar afuera entre tantos aventones así que lo tome por la espalda y lo pase hacia delante de mi sobrina. El aceptó en silencio, dio un paso y las tetas de ella quedaron literalmente embarradas en la espalda del viejo.

Íbamos como en fila, Yo sujete a mi niña por la cintura y ella puso su mano en el hombro del señor y se acercó al oído y le dijo:

-Perdone señor, ¿le molesta si me agarro de usted para no caerme?

-Para nada mi niña, agárrese bien. Ahorita entramos.

Sucedió, El metro se detuvo, todos nos empezamos a empujar y al abrirse las puertas la presión fue muchísima, casi nos deja sin aliento. Empezamos a entrar a la fuerza, mi sobrina se tropezó y empujo al viejito, entre el arremolinamiento de gente el señor se empezó a girar y yo me aferre a la cintura de ella. La gente seguía presionando por entrar y ya no cabía un alma.

El abuelo quedó literalmente fundido a mi sobrina de frente. Lo supe porque mi mano iba en su cintura y podía sentir el brazo de él, sujetando su mochilita hacia abajo, quedando el dorso de su mano recargado justo en el muslo de ella. Mi niña puso su mano sobre el pecho del señor y la otra hacia su pecho. Yo podía ver al viejito que se intimidaba por tener a esta mujer tan joven pegada a él.

-Perdón señorita, es que me van aventando mucho – dije en voz normal para iniciar plática con ella.

-No se preocupe. Yo también voy aventando al señor, ¿no lo voy lastimando señor? – le dijo mi sobrina muy cerquita de su cara.

-Para nada señorita, usted apóyese bien para que no se vaya a caer – dijo eso y pude sentir el musculo de su antebrazo moverse como para acomodar su mano. Sabía que estaba buscando la oportunidad para tocarla.

Con mi otra mano rodeé la cintura de ella y el señor se pudo dar cuenta porque rosé su pansa también. Vi como bajo su mirada y vio mi mano, justo debajo de los pechos de ella, yo veía como viendo al infinito, pero empecé a subir mi pulgar muy discreto, buscaba afanosamente el borde inferior del busto y como traía ombliguera me resultó más fácil. El solo hecho de sentir sus pechos sobre la tela me empezó a generar una erección muy notoria para ella.

Sentí como recargo su cadera hacia atrás. Empecé a friccionar mi pelvis sobre sus nalgas mientras que mi mano fluía un poco más por sus pechos. El viejito no dejaba de mirar. Lo pude notar como hipnotizado. Su vista fija y volví a sentir el movimiento de su antebrazo tratando de acomodarse para ir hacia la entrepierna de mi sobrina. Eso me calentó aún más.

Para nuestra buena suerte, el metro se detuvo a la mitad del túnel. Sono la bocina del vagón: “la marcha se reanudará en breve” y cuando eso pasa, todos sabemos que de breve no tiene nada. Estaba disfrutando solo de lo que estaba pasando cuando de pronto mi sobrina empezó a platicar con el viejo.

-Oiga señor, ¿no quiere que le ayude con su mochila? Yo la puedo cargar un rato, cuando yo llevó mi mochila hasta se me duerme la mano cuando la cargo así.

-Ay perdón señorita ¿la viene molestando? Es que no tengo como acomodarme, ahorita veo como me acomodo….

Ella bajo su mano, sujeto la mochila y alcancé a escuchar que le dijo más bajito “es para que pueda llevar su mano más libre”
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