RELATOS ERÓTICOS
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Ya no había clientes, mi tío estaba acomodando un poco de mercancía en el mostrador, yo ya no tenía nada que hacer así que fui junto a él y me recargue en el mostrador, quede un poco inclinada y mis pompis quedaron algo paraditas, yo la verdad no le di importancia en la pose que había tomado mi cuerpo pero ni tío si lo noto

Dejo de hacer lo que estaba haciendo y puso toda su atención en mi, estábamos platicando de forma normal y de repente empezó a acariciar mi espalda, sentí rico la verdad porque estaba un poco cansada pero su mano fue bajando poco a poco mientras nuestra platica seguía, me quede sin habla cuando sentí su mano pasar de mi cintura a mi cadera y sentí una corriente eléctrica cuando su mano bajo a donde estaba la mariposa de mi tanguita, la empezó a como dibujar con un dedo y entonces me dijo

- esta tanguita qué estoy tocando de verdad te queda muy bien flaquita

Yo estaba un poco nerviosa pero no sentía miedo ni nada malo, de hecho me gustaba

-¿si le gusta tío?

-si flaquita, se te ven unas nalguitas bien ricas

-jaja tío que cosas dice, si casi ni tengo pompis

-pues las que tienes se te ven deliciosas amor

Otra vez me llamaba amor,, WOW

-la compraste?

-no tío, es de una amiga pero no se porque cuando la vi pensé en usted y quise que me la viera puesta

-pues me encanta, te voy a dar para que te compres unas así

-oki tío y se las voy a modelar para que me diga si le gustan

Cuando le dije eso sentí como su mano bajo más de manera lenta y llego a mis pompis, eso hizo que yo por instinto levantará más mis pompis y el al notar que hice ese movimiento metió un dedo en mi rallita y me acarició toda, esto lo hizo 3 veces y no pude evitar soltar un gemidito suave pero que el escucho, fue un momento mágico que creo ambos lo deseabamos pero la magia se rompió cuando llego un cliente,, rayos jaja, llego la hora de cerrar y ya no pudimos hacer nada

A partir del día siguiente esa nueva actividad se incorporó a nuestra rutina pero siempre éramos interrumpidos por la llegada de clientes jaja hasta que un par de semanas después mi tío decidió que iba a cerrar la tienda 15 minutos antes, así que cuando cerraba la tienda yo de antemano sabía lo que seguía, apollaba mis codos en el mostrador, arqueaba mi espalda, paraba mis pompis y abría un poco las piernas, el al verme se sentaba en un banco a mi lado y platicábamos pero sus manos ya no se quedaban quietas, siempre empezaba dibujando con su dedo mi tanguita o bikini depende de lo que trajera puesto y al final siempre me acariciaba toda, mi vaginita, mi anito, mis pompis siempre con la ropa puesta, a mi me encantaba, eran muchas emociones las que sentía pero obvio ninguna mala, al término de los 15 minutos yo regresaba a la bodeguita y me ponía nuevamente mi uniforme escolar y salíamos de la tienda y yo regresaba a casa súper mega feliz y claro, super húmeda, yo no tenia ninguna experiencia sexual pero obvio sabía lo que hacíamos

Un día, al término de nuestros 15 minutos especiales mi tío se puso atrás de mi, acarició desde mi nuca hasta mis piernas y al hacerlo quedo inclinado tras de mi, su cara a la altura de mis pompis e hizo algo que me dio un shock eléctrico, tomo cada una de mis pompis con sus manos, me las abrió y me dio un beso en medio, justo encima de mi vaginita,, al sentirlo me fue inevitablemente dar un pequeño brinco y de muy dentro de mi salió un gemido, fue mi primer orgasmo, mi tío al verme me dijo

-¿te gustó mi amor? ¿Habías sentido algo así antes?

-wow si me gustó tío, muchísimo la verdad y no, nunca había sentido algo así

- me alegra ser el primero, de ahora en adelante tendrás esa sensación más seguido

- ¿de verdad tío?

- si amor, solo si tu quieres

- sip, si quiero

Fue un momento maravilloso pero que llego a su fin muy pronto porque ya era hora de regresar a casa jaja
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Al pasar de los días esa era nuestra rutina, el me miraba al cambiarme de ropa, le modelaba mi ropita interior, trabajábamos, cerraba, nuestros 15 minutos especiales, abría mis pompis, me daba mi beso, yo regresaba a la bodeguita, me cambiaba y regresaba a casa,, yo era feliz, sonreía todo el tiempo y cuando no me tocaba ir a trabajar la verdad me sentía muy inquieta porque extrañaba el trato que mi tío me daba

Un día al estar trabajando note a mi tío un poco diferente, como ansioso pero me daba vergüenza preguntarle si le pasaba algo pero creo que el me vio preocupada y solo me dijo que en la noche quería hacer algo diferente y yo solo le dije Oki

Llego la hora de cerrar y mientras el bajaba el portón yo fui al mostrador y me puse en posición para iniciar nuestros 15 minutos especiales, mi tío se paró atrás de mi y me dijo

-mi amor, hoy quiero hacer algo diferente, ¿me dejas?

-¿qué quiere hacer tío?

-primero quiero que hagas algo por mi

- si tío, dígame

- cundo estemos en nuestro momento de intimidad no me digas tío, dime papi, ¿puedes?

- oki (hice una pequeña pausa) papi

Cómo dije el estaba atrás de mi, pero esta vez la rutina cambió, sus manos fueron directamente a mi cintura, las bajo suavemente a mis caderas y al llegar allí tomo con ambas manos las orillas de mi leggings y lentamente lo empezó a bajar y no paró hasta que lo tuve a la altura de las rodillas, así que allí estaba yo, inclinada, con mis pompis paraditas y solo con una tanguita negra puesta y mi tío atrás de mi con su cara a la altura de mi colita, no lo podía creer, sentía muchísimos nervios pero al mismo tiempo estaba muy excitada y muy húmeda la verdad

Mi tío al verme así dijo

- ay amor, que rica estas, que ricas nalguitas tienes

- ¿le gustan tío?

- si amor, me encantan pero ¿como te dije que me dijeras cuando estemos sólitos?

- perdón papi, ¿te gustan mis nalguitas papi?

- si amor me gustan mucho y son solo para mi

- si papi son solo tuyas, solo tu me las has visto, solo tu me las has tocado

Cuando le dije eso algo en el cambio, le entro una como desesperación o no se porque me abría y cerraba mis pompis, me daba pequeñas nalgadas, metía si mano en mi rallita, yo solo gemia porque me gustaba esa nueva sensación, era como estar bajo el acecho de un animal grande y yo me sentía un cachorrito indefenso pero me encantaba estar así,, hubo un momento en el que dijo

-a la chingada, ya no aguanto, tu solo quedate así amor, dejame a mi hacer todo

-oki papi

Sentí como tomo la orilla de mi tanguita y me la bajo de golpe, incluso me dolió un poco, fue la primera vez que mi tío me veía toda mi intimidad

Abrió mis pompis y hundió su cara en ellas, sentí como su lengua entraba en contacto con mi vaginita, yo me retorcía, mi cuerpo no sabía como reaccionar ante tantas sensaciones

-ay papi que me haces papi

-por fin me estoy comiendo tu panochita mami, desde hace mucho deseaba hacer esto

-¿si papi? Dime desde cuando deseabas hacer esto

-desde la vez de la tanguita con la mariposa

-¿desde ese entonces papi? Yo también quería que lo hicieras, mmm me encanta como me comes

-¿tu también querías amor? Me hubieras dicho

Yo para entonces ya no podía hablar, solo gemido salían de mi boca y las pocas que salían eran palabras que nunca me imagine decir pero creo que todas las mujeres las traemos impresas en nuestra mente y salen precisamente en esos momentos

-mmm así, así papi, soy tuya, me comes bien rico me encantas

El seguía en su labor de comerme y yo estaba casi a punto de venirme pero entonces hizo algo que revolucionaria mi mundo para siempre
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Al mismo tiempo que metía lo que podía de su lengua en mi vaginita empezó a meter un dedo en mi anito, al sentirlo me paralice, creo que hasta deje de respirar por unos segundos pero la labor que hacía mi tío con su lengua me regreso poco a poco al momento en el que estaba solo que esta vez sentía como ese dedo iba entrando cada vez más en mi, la sensación era rara, molestaba un poco e igual dolía un poco pero la lengua de mi tío me hacia olvidar todo eso por momentos, momentos en los cuales me relajaba y mi tío aprovechaba para meter más en mi ese dedo travieso,, hubo un momento en el que me relaje tanto que mi tío pudo meter todo su dedo en mi y en ese preciso momento una oleada de calor y placer envolvió todo mi ser,, me vine muy rico y abundante, tanto así que de mi vaginita escurrian los juguito por mis piernas, fue una locura

Mi tío me dijo descansar un par de minutos ya que yo estaba super agitada y no podía controlar mi respiración pero en ningún momento saco su dedo de mi anito, sentía como palpitaba mi colita pero ya no dolía, de hecho era agradable

Cuando recupere el ritmo de mi respiración mi tío saco muy lentamente su dedo de mi colita, hizo que me pusiera de pie y me giro quedando frente a frente, yo era más bajita que el así que con su mano tomo mi barbilla para que levantará la cara y me beso en los labios,, WOW, mi primer beso, fue un beso hermoso, primero solo fue un piquito, segundos después senti como su lengua intentaba abrir mis labios y yo obvio que se lo permití y terminamos en un beso intenso, imaginenme, desnuda de cintura para abajo, besando a mi tío de manera intensa mientras yo lo abrazaba por el cuello y el con sus manos me agarraba mis pompis abriendolas y cerrandolas,, fue maravilloso pero nos regreso la cordura y ya era tardísimo y yo tenia que regresar a casa, sabía que mi mami me iba a regañar jaja así que ese día ya ni siquiera me volví a poner el uniforme escolar, simplemente me subí la tanguita, me la acomode, me subí el leggings, arregle un poco mi cabello y salimos de la tienda, al despedirnos solo dijimos

-hasta mañana flaquita

-hasta mañana tío

Ambos sonreimos jaja, volvíamos a ser tío y sobria pero ambos sabíamos que no ibamos a para allí

Al llegar a casa obvi mi mami me regaño pero esa noche dormí super feliz

Gracias por leer mi relato, prometo escribir pronto

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Dilema de una buena madre

El reloj marcaba las diez cuando cerré la puerta. Solo quería la ducha y el olvido, dejando caer el bolso sobre el mueble con un golpe sordo. Treinta y ocho años cargando el mundo sobre los hombros, criando sola a Diego desde los cinco, cuando el accidente de su padre nos dejó en este silencio de viudez forzada.

Me quité la blusa en el corredor, buscando el algodón familiar de mi camisón, y empujé la puerta de mi habitación sin pensar.

Lo vi.

Diego estaba en mi cama. Dieciocho años, mi niño, mi sangre. Tenía los ojos cerrados, una mano moviéndose con furia en su polla —gruesa, venosa, obscenamente erecta— y la otra sostenía mis bragas usadas contra su nariz, inhalando mi olor. Mi cerebro se negó a procesarlo: esto es un error visual, mentí. Pero entonces aceleró, sus caderas se sacudieron, y soltó un gemido ronco que me atravesó mientras chorros de semen blanco y espeso salpicaban su vientre, las sábanas, mi cama, gritando: “Te voy a llenar de leche, mami”.

Mi primer instinto fue maternal, frío, protector. Está enfermo, racionalicé, necesita ayuda psicológica. Pero mi cuerpo traicionó: un calor abrasador inundó mi coño, los pezones se endurecieron como piedras, y sentí la humedad traicionera empapando mis bragas en menos de un segundo. Diego abrió los ojos. El terror pintó su rostro y saltó de la cama todavía eyaculando, la polla contrayéndose violentamente, gotas finas y calientes arqueándose en el aire mientras corría hacia el baño, dejando un rastro tibio y pegajoso en mi antebrazo. Extendí la mano: “Está bien”. Pero la puerta se cerró con un golpe seco.

Me senté en la cama, sobre la mancha húmeda y viscosa. Trece años de sacrificio, y ahora esto. Sentí el semen en mi piel, aún tibio y oliente a macho joven. Esto es anormal, me dije con severidad, necesito terapia familiar. Pero mi mano se movió sola, rozando mi clítoris hinchado por encima de la tela, un roce rápido que reprimí de inmediato. No soy una puta depravada, repetí como mantra, aunque la imagen persistía: esa verga enorme, más gruesa que la de su padre, joven, potente, lista para follar sin piedad.

Ordené sushi con dedos que no lograban dejar de temblar. La rutina fría salvó la noche: platos de cartón, salsa de soja, el timbre del repartidor. Diego salió cabizbajo, sin mirarme, sentándose con la postura encorvada de la culpa. Intenté hablarle, decir que era normal, que todos nos pajeábamos, pero las palabras se atascaron. Solo quiero que coma, pensé, que se sienta seguro. Él no respondió, movió los palillos sin comer. El silencio fue un muro de hielo entre nosotros. Cuando terminó, se excusó con voz rota y se encerró. Mañana será mejor, me prometí, esto pasará.

Al día siguiente, seguía sumido en la tristeza. Debo ser más firme, decidí. Normalizar esto es mi deber. Esa noche, volví a su cuarto. “He visto otras pollas en mi vida”, dije con frialdad profesional, sentándome en la cama. “No es gran cosa, Diego. Es natural algo biológico”. Pero mientras hablaba, mis ojos traicionaban el mensaje, devorando su tamaño, su grosor venoso. Jalé las sábanas, revelando la erección brutal, roja y goteante de precum. Diego intentó cubrirse. “Voy a mostrarte que está bien”, dije, tomando sus manos para apartarlas, solo terapia conductual, me repetí, desensibilización. “Pensé que si te ayudo una vez, sería menos penoso”.

Volteé a ver el paquete: “Es una polla enorme y muy bonita” —solo halago maternal para su autoestima. Puse su mano sobre su verga palpitante, exhortándolo. “Eyacula, córrete fuerte”, ordené, casual, clínica. Él obedeció, pero se detuvo al sentir el orgasmo cercano. “De eso se trata”, dije, y tomé la base con firmeza, masturbándolo yo misma, sintiendo cada vena, el calor abrasador. Solo acelerar el proceso, pensé, terminar con esto. Cuando explotó, los chorros potentes de semen espeso salpicaron mi mano, su vientre, goteando como crema caliente. Seguí ordeñando, lenta, exprimiendo hasta la última gota lechosa. “Ves”, sonreí, “no es tan vergonzoso después de todo”.
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Mis pezones dolían de duros bajo la camisa, y sentía mi coño chorreando jugos contra el colchón, rogando ser follada. Es solo la adrenalina, me mentí. Él me miró con hambre de lobo. “Gracias, mami”, dijo, su voz ronca de deseo. Me levanté, le entregué una toallita húmeda. “Límpiate esa polla y duérmete”, ordené, y salí con paso firme.

En mi habitación, cerré la puerta con llave. Necesito relajarme, pensé, dormir. Pero mi mano fue directa al clítoris hinchado, mojado, ardiente como fuego. No es por él, negué furiosa, es solo la tensión acumulada. Me masturbé con furia silenciosa, frotando mi coño empapado, imaginando la polla gorda de mi hijo abriéndose paso en mí, el semen caliente inundándome el útero, su voz diciendo “mami, te voy a follar hasta que grites”. El orgasmo me tomó con violencia, mordiendo el cojín para no gritar su nombre. No, no lo deseo, pensé mientras caía, exhausta.

Pero el cuerpo no mentía: estaba empapada, el coño vacío y palpitante, ansiando ser llenado por esa verga monstruosa que había visto, tocado, ordeñado. Miré el techo, el corazón desbocado. Soy una madre puta depravada, pensé finalmente, pero la mano seguía moviéndose, hurgando mi entrada resbaladiza, buscando más, negando todo mientras el placer volvía a subir en oleadas.

Cerré los ojos, y antes de dormirme, la última imagen fue la de Diego, ya no como mi niño, sino como el macho joven que me había mirado con hambre de follarme sin misericordia, y mi boca formó su nombre en la oscuridad, sin sonido, traicionera, mientras un último chorro de jugos mojaba las sábanas.

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Dilema de una buena madre (2)

A la mañana siguiente lo encontré desayunando cereales con la naturalidad de quien no ha manchado mis sábanas. Enderecé los hombros con satisfacción profesional: mi método poco ortodoxo estaba funcionando.

Volví del trabajo a la hora de siempre. “Diego, estoy en casa”, avisé, pero el silencio me guio hasta mi cuarto. Estaba allí, desnudo, con su mano envuelta alrededor de su polla gruesa y dura, pajeándose lentamente mientras me devoraba con la mirada. La verga palpitaba, roja y venosa, goteando ya un hilo claro de precum.

—Dijiste que estaba bien masturbarse, ¿cierto? —dijo, como una excusa que sonaba más a una coartada que a permiso.

Respiré hondo, cuidando cada palabra para no normalizarlo, para mantener el marco terapéutico.

—Eso dije sí pero sabes usualmente la gente se pajea en privado, dije poniendo una cara visiblemente molesta pero en el fondo no quería armar un escándalo con toda la situación.

Segundos después mis ojos se quedaron clavados en su puño moviéndose, en el olor salado que ya impregnaba el aire, un olor que despertaba algo olvidado en mi vientre. Él debió interpretar mi mirada en su polla como señal de aprobación porque siguió bombeando arriba y abajo, y después de un rato todo su cuerpo se puso tenso, sus huevos se contrajeron y empezó a disparar chorros espesos y blancos de lefa hasta que su cuerpo se relajó en un charco de su propia corrida. “Te traeré una toallita”, dije con frialdad de enfermera.

Regresé, me senté a su lado y empecé a limpiarle la polla babosa con movimientos demasiado detenidos, el pecho y el estómago llenos de semen caliente. “Qué desorden has hecho”, murmuré, pero mi voz salió ronca. Ambos nos reímos para romper la tensión, aunque mis dedos temblaban al rozar su piel. Le ayudé a levantarse y me agradeció. “Ahora puedes irte, que ocupo cambiarme”, ordené, cerrando la puerta con llave apenas salió. Me apoyé del otro lado sintiendo el pulso en las sienes, luego me bajé las bragas empapadas y me toqué en silencio, frotándome el clítoris hinchado mientras negaba que la humedad se debiera a la visión de su polla eyaculando, negándolo hasta correrme mordiéndome el puño.

Durante la siguiente semana se volvió un ritual: yo llegaba del trabajo y él se pajeaba frente a mí mientras yo me sentaba en la cama a su lado y le acariciaba el cabello, tratando de aparentar que mi presencia ahí era meramente un acto maternal, o por lo menos eso era lo que yo me decía para estar tranquila, pero mis pezones se ponían como piedras duras bajo la blusa de oficina cada vez que sus nudillos azotaban contra su pelvis, y sentía mi coño humedeciéndose, traicionando mi propia mente con un temblor en las rodillas que no podía controlar.

Mirando atrás, no estoy segura si lo habrá hecho a propósito, pero en una ocasión, después de anunciar que iba a correrse, apuntó su polla hacia mí y dejó salir chorros potentes de semen caliente; uno aterrizó directamente sobre mi falda de oficina, manchando la tela cara con una gota blanca y espesa que se extendió sobre mi muslo. “¡qué coño acabas de hacer!”, grité, genuinamente molesta. “Esta falda es de tintorería”.

Él se disculpó y yo me tranquilicé, resignada a que había sido un accidente, aunque al ver la mancha blanca y espesa extendiéndose sobre mi muslo sentí un escalofrío y se me erizó la piel, avergonzada de mi propio cuerpo que reaccionaba antes que mi voluntad.
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La siguiente noche, lo encontré en la misma posición, con su mano en su verga ya erecta y goteando, esperándome. No hubo sorpresa. Caminé adentro y me senté a un lado como de costumbre, pero él no empezaba a masturbarse. Entonces dice: “Mami, no quiero ensuciarte el vestido como ayer, tal vez deberías quitártelo”. Lo miré con cara seria: “¿En serio crees que debería?”. “Nunca se sabe qué puede pasar”, contestó. Escuché algo en mi mente gritar “no, no lo hagas”, pero lo que salió de mi boca fue: “Probablemente esa sea una buena idea”, y mis manos ya se movían al botón, obedeciendo a mi instinto más bajo, dejándome llevar por la excitación mientras una punzada de miedo me recorría la espalda.

Sus ojos se abrieron como platos mientras yo me quitaba el vestido frente a él, quedando sólo en un juego de lencería que apenas cubría mis tetas enormes y mi coño mojado. “Mi bikini es más revelador”, pensé, tratando de justificar mi calentura con una mentira piadosa que no me creía ni yo.

“Wow, luces increíble, mami, como una diosa”. “Pero ¿qué me dices del sostén?”, insistió. “Luce fino, tal vez también te lo deberías quitar”. Mis manos desabrocharon el corpiño antes de que la razón pudiera detenerlas, y dejé caer la prenda al piso. Mis tetas gordas y pesadas quedaron al aire, con pezones duros e hinchados por la excitación. “Wow, tus tetas son hermosas, enormes y perfectas”, dijo él con entusiasmo, su polla dando pequeños saltos visibles.

Lo dejé que me las mirara por un par de minutos, sintiendo mi coño palpitar expuesto, y luego le dije: “Creo que necesitas poner atención a otra cosa”, señalando su verga súper erecta y lista para explotar, mientras yo ya me inclinaba hacia adelante sin darme cuenta, ofreciéndome.

Entonces me dice: “Pero estoy preocupado que mi semen salpique tus bragas, mami, y se manche”. Las voces dentro de mí gritaban “basta ya” mientras mis manos se movían a mis bragas empapadas, desobedeciendo. “¿Crees que me las debería quitar?”, dije, y apenas terminé la pregunta ya las estaba bajando hasta los tobillos, mostrando mi raja abierta y húmeda, completamente expuesta a su mirada, sintiendo la vergüenza ardiente en mis mejillas mientras mi cuerpo pedía más.

Me senté a su lado, dándole una vista perfecta de mis tetas balanceándose. Intentó tocarme una y le detuve la mano, poniéndola de vuelta en su polla palpitante: “Ahora masturbate”. Él empezó el sube y baja frenético mientras observaba mi coño chorreante, sus ojos clavados en mis labios hinchados brillantes de jugos. No pasó mucho para cuando él empezó a gruñir, su cuerpo se tensó, sus huevos se subieron y miré cómo apuntaba su polla hacia mí mientras bombeaba chorros interminables de semen espeso. Un chorro potente aterrizó directo en una de mis tetas, salpicando mi pezón. “¡Hey, ten cuidado!”, le solté, intentando recuperar el control que ya había perdido.

A lo que él ajustó su puntería y terminó descargándose en su pecho. “Lo siento, mami”, dijo, jadeando. Sin pensarlo dos veces, tomé un poco del semen caliente de mi teta con los dedos, me lo llevé a la boca y lo tragué, saboreando ese gusto salado y adictivo que había olvidado, dejando escapar un gemido: “Mmm”. Repetí la acción, lamiendo cada gota mientras mi coño rogaba por más, reconociendo finalmente quién era yo ahora, aunque las manos me temblaban y sentía el rubor de la vergüenza quemándome la piel, sabiendo que cada día la lujuria se imponía un poco más sobre la moral, aterrada de pensando en lo que eso podía desembocar.

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Dilema de una buena madre (3)

Los días siguientes fueron un castillo de naipes construido sobre un abismo. La culpa me acompañaba como tinnitus: un zumbido de fondo que aprendí a ignorar hasta que el silencio lo hacía audible de nuevo. Sabía que algo en la relación con Diego se había torcido, necesitaba poner distancia. Esta certeza me despertaba a las tres de la mañana, empapada en sudor que confundía con otros tipos de humedad.

Mi ascenso a directora de operaciones en la consultoría llegó en el momento preciso. El bonus permitió comprarle una Yamaha MT-07 negra mate, una máquina que simbolizaba todo lo que yo quería para él: velocidad, autonomía, un mundo fuera de nuestras paredes. Se la entregué en el garaje un sábado de marzo, entre el olor dulzón del aceite sintético y la luz que se filtraba por persianas de aluminio oxidadas. Él no dijo mucho. Solo me abrazó —demasiado tiempo, su barbilla en mi coronilla— y luego se puso el casco, ocultando su expresión.

Esa tarde lo vi partir. El rugido del motor se fue apagando calle abajo, doblando la esquina, llevándose consigo algo de mi aire. La casa respiró conmigo. Y por primera vez en meses, me permití sentarme en el sofá sin la tensión de su presencia, sin vigilarme a mí misma.

Alteré mis horarios. Llegaba a casa impredecible: martes a medianoche, miércoles a las seis, jueves no llegaba en absoluto y dormía en el departamento que la empresa mantenía en el distrito financiero. Diego pareció florecer con mi ausencia. Enviaba fotografías desde carreteras secundarias, de puestos de tacos en pueblos que yo no conocía, de una chica llamada Fernanda que aparecía en dos imágenes y luego desaparecía. Yo respondía con monosílabos de madre ocupada, aliviada, liberada.

Al día siguiente el hospital llamó a las 4:47 de la tarde. Había sufrido un accidente en la carretera federal. Nada irreversible, dijeron, aunque la voz del médico cargaba el peso de lo que no decía.

Lo encontré pálido en una camilla del hospital, el brazo derecho vendado desde el hombro, los dedos anular y meñique de la mano izquierda inmovilizados en una férula. Contusiones en el tórax. El alivio me golpeó primero, luego vino lo otro. Lo reconocí por la forma en que mi cuerpo se tensó, no de miedo, sino de atención. Estaba herido. Vulnerable. Necesitaba de mí.

El médico —un hombre joven con ojeras de residente— explicó las semanas de reposo, la imposibilidad de valerse por sí mismo en tareas básicas, la necesidad de asistencia domiciliaria. Mi agenda estaba saturada: una fusión empresarial que me exigía disponibilidad veinticuatro horas durante las próximas tres semanas. Acepté la recomendación de una enfermera freelance que el hospital mantenía en lista.

Claudia Vargas. Treinta y seis años, según el expediente que revisé esa noche. Especialización en cuidados postoperatorios. Sin antecedentes disciplinarios. La fotografía mostraba que no era agradable a la vista, cabello castaño, tez blanca, una sonrisa amplia.

La idea de dejar a Diego con ella me produjo nerviosismo. No sé bien porque pero a las 3 am del viernes, mientras Diego dormía bajo efectos de la tramadol instalé 4 cámaras de seguridad. Una en el pasillo, dos en su habitación (ángulos complementarios), una en el baño compartido. Necesitaba, me dije, aferrarme a una ilusión de control. Necesitaba ver que todo estaba bien.

Claudia llegó a las 8:00 en punto del sábado. Llevaba uniforme azul marino de corte profesional, era de 2 piezas con pantalón, el cabello recogido en un moño que revelaba el cuello largo, una expresión serena que evaluaba el espacio antes de saludar. Había en ella una seguridad sobria, el tipo de competencia que no necesita demostrarse.

Diego estaba despierto, todavía bajo los efectos de la medicación. Lo besé en la frente antes de salir, como siempre había hecho, aunque esta vez mi mano se demoró en su mejilla, y él la cubrió con la suya —la buena, la de dedos libres— y por un instante ninguno de los dos supo quién sostienia a quién.
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En la oficina, no pude concentrarme. Revisé las cámaras en cada intersticio de la jornada: entre reuniones, en el baño de ejecutivos, durante la cena de trabajo que abandoné temprano con una excusa de migraña. Al principio, todo fue exactamente lo que debía ser. Diego viendo series en la tableta con el brazo apoyado en almohadas. Claudia controlando medicación, preparando comidas, hablando poco. Su voz era un murmullo profesional, indescifrable en la calidad de audio de las cámaras.

A las 16:23, entraron juntos a la habitación. Ella le ofreció un baño con esponja —”para la circulación, y para que duerma mejor”— y él accedió con esa pasividad que la droga induce. La observé quitarle la remera, levantando los brazos con cuidado de no tensionar el vendaje. Luego el short. Quedó en bóxer, y yo en mi pantalla vi cómo su cuerpo respondía al aire de la habitación: los hombros tensos, la respiración que cambiaba de ritmo cuando ella se acercaba.

Claudia se arrodilló frente a sus piernas. La cámara capturaba su perfil, la concentración en su rostro, la forma en que su mano izquierda se apoyaba en su muslo para mantener el equilibrio. Su mano derecha —la que trabajaba— pasaba la esponja con movimientos metódicos: tobillos, pantorrillas, rodillas. Diego permanecía de pie, visiblemente rígido en más de un sentido.

Fue cuando ella llegó a los muslos cuando ocurrió. No un gesto concreto, sino una micro pausa en su ritmo, una detención de la respiración que duró un instante más de lo necesario. Luego continuó, pero su cabeza se inclinó ligeramente, y supe —o creí saber— que había notado la erección que él no podía ocultar, que el algodón del bóxer delineaba con crudeza.

Ella dijo algo. El audio no lo captó con claridad, pero provocó en Diego una risa nerviosa, tensa, que terminó en tos. Claudia se incorporó, tomó una toalla, y el momento se disolvió en la rutina de secado y cambio de ropa. No pasó nada más.

Yo, en el baño de ejecutivos de la consultoría, sentí cómo la humedad empapaba mi ropa interior en tiempo real. Me eché agua en el rostro y regresé a la oficina por mis cosas para marcharme. Cuando regresé a casa, eran las 18:40. Diego estaba en su habitación, la luz de la lámpara de noche proyectando sombras en el techo. Noté de inmediato la tensión bajo sus pantaloncillos de algodón, la protuberancia que no intentaba disimular. Me miró con esos ojos que ya no eran de niño, que habían visto demasiado en mis propios ojos.

—Tengo ganas de ir al baño —dijo, y había en su voz una mezcla de vergüenza y provocación calculada, o eso creí escuchar—. Pero con la polla dura no apunto bien.

Lo ayudé a ir al baño. Saqué su miembro con manos que temblaban apenas —grueso, caliente, pulsante, apenas abarcable con una mano— y dirigí el chorro con dificultad, sintiendo su peso, su textura, la forma en que respondía a mi tacto con un latido que no podía ignorar. Él gemía bajito, no solo de alivio vesical.

Aliviado, no se encogió. Me miró directamente.

—¿Podrías ayudarme también con esto?

Supe al instante a qué se refería. Su polla latía en mi puño, exigiendo, y yo sentí la bifurcación de mi propia respuesta: la madre indignada que debía ser, y la otra, la que ya llevaba meses deseando volver a sentirse como una mujer completa.

—te voy a ayudar únicamente debido a tu condición —dije, poniendo cara de fastidio, aunque mi voz salió ronca, traicionera.

Me arrodillé en el tapete del baño. El frío del azulejo se filtró por mis pantalones de vestir mientras lo masturbaba con furia contenida, subiendo y bajando por todo el tronco, apretando el glande hinchado, sintiendo las bolas pesadas que ya no podía ignorar. Él jadeaba mi nombre —”Mamá, mamá”— con una cadencia que no era infantil, clavándome los ojos, y en segundos explotó: chorros espesos que dirigí al retrete con una frialdad que me costó horrores.

Subí su ropa. Pregunté por Claudia con voz neutra.

—Ella es muy profesional y servicial—dijo él, a lo que no le dí mayor importancia.

Esa noche dormí con las bragas empapadas, conteniendo esa excitación que me consumía.
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Al día siguiente, temprano antes de alistarme para el trabajo y antes de que llegara Claudia, fui a su cuarto. Estaba acostado con cara de frustración que no parecía enteramente genuina, la sábana levantada por la evidencia de su deseo matutino.

—Me pone incómodo tener que estar con Claudia mientras mi amiguito… —dijo, y bajó la mirada hacia su polla totalmente endurecida contenida bajo la tela de sus shorts.

Me causó ternura verlo así, avergonzado de su propia naturaleza, sólo común en un hombre joven que no sabe distinguir entre aquello de lo que avergonzarse, de aquello de que enorgullecerse.

—Te propongo algo —dije, y mi voz sonó extrañamente firme —. Pasaré todas las mañanas antes de irme y te ayudaré con eso, para que no pases vergüenza con Claudia. ¿Te parece?

Al escucharme, dibujó una sonrisa lujuriosa, los ojos brillantes de deseo. A continuación, me senté a la orilla de la cama, le bajé el pantalón corto hasta las rodillas y el enorme rabo volvió a aparecer ante mis ojos. alargué la mano y rodeé el endurecido y venoso tronco con los dedos. No quería reconocerlo, pero agarrarle la polla a mi hijo siempre me excitaba. Comencé a pajearlo con lentitud, admirando el enorme capullo en forma de bellota que se tensaba al final del tronco. La piel se estiraba y podía sentir cómo las venas se llenaban de sangre bajo mis dedos.

De forma inconsciente mi cuerpo buscó ponerse más cómoda y sin darme cuenta apoyé una de mis grandes y generosas tetas sobre su brazo que se encontraba en reposo. Él podía sentir muy bien el calor y contorno de mi piel pues yo llevaba sólo un camisón delgado y mis bragas.

Mantuve un ritmo lento, lo hice inconscientemente porque quizá quería sentir más tiempo la polla en mi mano. Cuando empecé a darme cuenta de mi excitación debido a mi respiración entrecortada y el calor y humedad entre mis piernas aceleré el ritmo de mi mano para ir más deprisa hasta que la endurecida polla volvió a soltar un buen chorro de leche. El último chorretón mojo un poco el dorso de mi mano y cuando por fin solté la polla de Diego como no queriendo que terminara y sin saber muy bien por qué, me la llevó a la boca y pasé la lengua por la mancha blanca para saborear su esencia.

Parecía un pacto inocente, un arreglo práctico entre madre e hijo. Pero los dos sabíamos —o al menos yo lo sabía, con certeza que me helaba y me quemaba— que estábamos jugando al borde de un abismo, y que en cualquier momento podríamos tropezar.

Esa misma mañana antes de ir al trabajo me tocó recibir a Claudia para dejarla entrar a la casa antes de despedirme y encargarle mucho a mi hijo. No sin antes notar algo que me llamó la atención, esta mañana había algo diferente en ella, ella vestía un uniforme blanco de una pieza y mallas en lugar de pantalón que se le ceñía más a su figura. Su atributo más destacable eran sus piernas gruesas. Cómo era un atuendo típico de enfermeras no le di mayor importancia y me fui.

Al llegar a la oficina, me conecté al sistema de vigilancia y noté otra cosa que me perturbó. Tan pronto me fui ella debió quitarse las mallas, puesto que ahora podía ver sus impresionantes piernas torneadas y depiladas que no pasan desapercibidas a las miradas de cualquier hombre, y mucho menos de un adolescente que se suele masturbar múltiples veces al día. ¿Por qué se las había quitado las mallas? ¿qué se traía entre manos?

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Mi hermano nos folla a mi prima y a mí por delante y por detrás

El último día de agosto, la llegada de nuestra prima Guadalupe desde Veracruz fue como arrojar gasolina a un fuego latente. Es cien por cien mexicana, y viene cada verano para instalarse en nuestra casa como un torbellino de risas y recuerdos. Pero este verano de 2024 no es como los anteriores. Lupe, hija de la hermana mayor de nuestra madre, ha cambiado. Y ese cambio, sutil pero demoledor, desgarró el tejido de nuestra rutina, dejando al descubierto un abismo de deseo prohibido, desatando una tormenta que mi hermano Álex y yo no vimos venir.

Cuando regresamos a casa aquella tarde, la encontramos en el sofá del salón, charlando con nuestros padres, con una sonrisa que parecía guardar un secreto. Al levantarse para saludarnos, el tiempo se detuvo. La Lupe de siempre, con sus gafas grandes y su ropa holgada, había desaparecido. En su lugar estaba una mujer que cortaba el aliento. Su cuerpo esculpido se movía con una elegancia natural, con curvas afiladas, caderas que ondulaban con cada paso, y pechos llenos que tensaban la tela de su vestido ligero. Su cabello rebelde le caía por hombros y espalda como una caricia constante, y sus ojos, libres de las gafas que antes los ocultaban, eran pozos oscuros que invitaban a perderse.

Álex y yo cruzamos una mirada. Nuestras respiraciones se entrecortaron, traicionando el hambre que nos devoraba por dentro. No era únicamente su belleza física; era la electricidad que emanaba de ella, un magnetismo que despertaba fantasías largamente reprimidas, aquellas que nunca se pronuncian en voz alta. Álex, con su descaro habitual, la recorrió con los ojos como quien desnuda una presa. Yo, que siempre me había creído inmune a tales tentaciones, sentí un calor líquido deslizarse por mi vientre, un deseo que me obligó a cuestionar lo que creía saber de mí misma.

A la mañana siguiente, el calor ya era opresivo cuando entré en el dormitorio de Álex, buscando nuestra costumbre secreta. Desde principios del verano, tras aquel viaje a Veracruz, habíamos cruzado la línea prohibida. Lo que comenzó como un juego en la oscuridad de una noche mexicana se había convertido en un ritual matutino: aprovechábamos la ausencia de nuestros padres para entregarnos el uno al otro y joder con la urgencia de los condenados. Pero esa mañana lo hallé junto a la ventana, en ropa interior, la mano moviéndose en un ritmo que no dejaba lugar a dudas.

Me acerqué sin hacer ruido. Al mirar por encima de su hombro, lo comprendí todo. Lupe estaba en el jardín, junto a la piscina, tendida al sol con un bikini tan escaso que resultaba una provocación. Su piel tostada brillaba; los pechos, grandes y redondos, se alzaban con cada respiración; las caderas se curvaban en una promesa muda. Álex, perdido en aquella visión, se abandonaba a su propio deseo.

—Eres un cochino —le susurré al oído, con una risa contenida.

Él dio un respingo, retirando la mano con gesto culpable.

—Mira quién habla —replicó, girándose hacia mí con una sonrisa afilada—. La que se abre de piernas para su hermano cada mañana.

Me besó con una violencia nueva, y supe que Lupe había encendido en él algo más profundo. También en mí. Palpé su sexo, rígido como nunca antes, y no pude evitar la burla.

—Vaya con mi perverso hermanito. Hoy estás más inspirado que de costumbre.

Sus ojos ardían. Sus manos se cerraron en mis caderas con firmeza.

—De buena gana os follaría a las dos al mismo tiempo ahora mismo —dijo sin vacilar, y añadió, mirando hacia la ventana—: No veas el culo y las tetas que tiene esa zorra.

Volví los ojos hacia Lupe. Àlex no exageraba. Sus pechos generosos y perfectos hacían que los míos —menudos, firmes, que él comparaba con dos medios cocos— parecieran casi infantiles. Su trasero, más pleno que el mío, se elevaba con una arrogancia natural. Sin embargo, en lugar de celos, sentí que algo se encendía en mi interior: una idea, un deseo, una fantasía.

—Yo también os follaría a los dos —dije, acariciándolo con más intención—. Lamentablemente, por ahora nos tenemos el uno al otro.
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Sin darme tiempo a respirar, me giró. Quedé apoyada en la ventana, expuesta. Tiró de mis bragas hasta las rodillas. Con voz baja, casi un juramento, murmuró al oído:

—Te voy a follar como si os lo hiciera a las dos.

Me penetró desde atrás con una fuerza que me arrancó un gemido sordo. Estábamos de pie, los ojos fijos en Lupe, que seguía ajena a nuestra mirada, tendida como una ofrenda al sol. Cada embestida de Álex era un desafío doble: me poseía a mí, y al mismo tiempo la poseía a ella en su imaginación. El placer me nublaba, pero entre jadeos logré proponer que teníamos que tentarla.

Él aceleró el ritmo, su aliento caliente contra mi nuca, susurrando en mi oído que quería tenerla a cuatro patas y darle por el culo, intuyendo que le gustaría tanto como a mí.

El orgasmo me atravesó como un rayo que parte un árbol en dos, dejándome temblorosa, las piernas flojas, un reguero caliente de mis propios jugos resbalando lentos por la cara interna de los muslos. No bastaba. La lujuria me había devorado entera y aún pedía más, exigía con la voz ronca que me diera por el culo igual que si se lo hiciera a ella.

Álex no esperó. Me agarró por las caderas con violencia contenida, escupió en su palma y lubricó apenas lo necesario. La punta presionó, insistió, y luego entró de un solo golpe brutal que me arrancó un gruñido animal que intenté ahogar mordiéndome la mano. El dolor y el placer se fundieron en una sola cuerda tensa que vibraba dentro de mí. Mientras me follaba el culo con embestidas profundas y medidas, le hablé entre jadeos entrecortados: el plan era sencillo y cruel. Tentar a Lupe con migajas de intimidad, dejar que el deseo se filtrara gota a gota, tejer alrededor de ella una red invisible de roces, miradas, palabras que pudieran interpretarse de dos maneras. Todo debía parecer un juego de chicas, una confidencia veraniega, hasta que el anzuelo estuviera tan dentro que ya no pudiera escapar.

Cuando terminamos, exhaustos y sudorosos, con el olor del sexo pegado a la piel, nos quedamos desnudos junto a la ventana, respirando el mismo aire espeso. Abajo, Lupe seguía tendida como una ofrenda ignorante. Acordamos seducirla el sábado por la tarde, aprovechando que nuestros padres estarían visitando a la abuela paterna hasta entrada la noche.

El sábado llegó envuelto en una calma engañosa. Lupe y yo estábamos sentadas al borde de la piscina, los pies rozando el agua fresca. El sol quemaba sin piedad. Quería medir hasta dónde llegaba su pudor, así que dejé caer que hiciéramos topless aprovechando que estábamos solas. Ella dudó, miró hacia la casa y con un hilo de timidez murmuró:

—Es arriesgado, Laura, porque Álex puede vernos. Recuerda que es tu hermano y mi primo.

Su comentario me golpeó como una caricia inesperada. Sonreí despacio, liberé mis pechos con un movimiento lento, casi litúrgico, dejando que el aire caliente los rozara.

—No pasa nada —respondí—. No será la primera vez que me los vea. A veces invito a amigas y hacemos lo mismo, incluso con él rondando por ahí.

Lupe vaciló un instante más. Luego, con un suspiro que parecía rendición, se despojó del sujetador del bikini. Sus pechos se derramaron libres, pesados y perfectos, coronados por unos pezones grandes, oscuros, erguidos ya por el simple roce del aire. Me quedé sin aliento y, con la voz cargada y los ojos clavados en ellos sin disimulo, dije:

—Tus pezones son una maldita obra de arte: grandes y oscuros, perfectos contra tu piel morena.

Ella sonrió, halagada, y bajó la mirada hacia los míos.

—Los tuyos son rosaditos como de lechoncita —bromeó—. Has heredado la piel pálida de tu padre.

Me pellizqué los pezones con dos dedos. Se endurecieron al instante, oscureciéndose bajo la presión.

—Se me ponen más oscuros cuando los estimulo —dije, lanzándole el anzuelo—. Muéstrame cómo se ponen los tuyos al pellizcarlos.
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Lupe se giró hacia mí. Sus pechos quedaron frente a los míos, tan cerca que sentía el calor que irradiaban. Comenzó a pellizcarse los pezones, sosteniendo mi mirada sin pestañear. El aire entre nosotras crepitó, espeso, cargado de una electricidad que amenazaba con estallar.

Me acerqué más. Alcé sus pechos con ambas manos, mis pulgares rozando apenas la areola. Ella no se apartó. Su respiración se aceleró, las pupilas dilatadas como pozos negros. De pronto se cubrió los pechos con los brazos, señalando con la barbilla.

Álex acababa de aparecer en el otro extremo de la piscina, desnudo y erguido como un dios pagano bronceado por el sol. Su polla un tanto flácida y sus pelotas colgaban como un racimo de uvas. Sin una palabra, se zambulló en el agua con un chapoteo limpio.

—Madrecita del Santo Socorro —gimió Lupe con los ojos abiertos como platos—. Nunca imaginé que tuviera semejante…

No terminó la frase. El asombro le había robado el aliento.

—No entiendo a qué te refieres —murmuré, fingiendo la misma sorpresa.

Ella, bajando la mirada como si las palabras mismas la quemaran, respondió:

—Prima, me refiero a su cosa, a ese pedazo de verga que Dios le ha dado.

No era vergüenza. Era deseo crudo, desnudo.

Con un susurro seductor en la voz, repliqué:

—Tampoco es para tanto. No es la primera vez que se la veo ni será la última. Mis padres no verían con buenos ojos esta costumbre, pero nos bañamos desnudos cuando estamos solos. Y si te soy sincera, si no fuera mi hermano, me lo follaría hasta que no quedara nada de él. Algunas noches lo he pensado muy en serio. Porque sé que él siente lo mismo. Y porque los tiempos han cambiado. Cada vez se censuran menos estas cosas. Solo falta que uno de los dos se atreva a dar el paso.

Lupe dejó caer los brazos. Sus pechos volvieron a quedar expuestos y altivos. Me miró fijamente y confesó con la voz temblorosa:

—Lo mismo me pasa con mi hermano Sebastián. Solo que la suya no es tan apetitosa como la de Álex. Tal vez no me he lanzado por eso. Puedo encontrar algo mejor sin recurrir a Sebas y armar un escándalo.

—¿Entonces no te escandalizan este tipo de relaciones? —pregunté, dibujando una sonrisa lenta.

Ella me devolvió una sonrisa cómplice, tomó mi mano derecha entre las suyas y respondió:

—Mi querida primita, tengo veintiséis años y ya no me escandalizo fácilmente. Aunque no lo aparente, los tiempos también han cambiado para mí.

Me quedé mirándola, estrujándole las manos como si temiera que se evaporara, y fingiendo un leve temblor en la voz le dije:

—Me dejas de piedra. El ambiente se ha caldeado tanto que voy a lanzarme a ver qué pasa. Estando tú delante, no creo que me dé una bofetada si le incomoda lo que estoy dispuesta a hacer.

Me lancé al agua con un movimiento felino y nadé hacia Álex, que esperaba apoyado contra los peldaños de la escalerilla, los brazos en cruz, entrelazados en los pasamanos como si se ofreciera en sacrificio. Me detuve frente a él, el agua hasta los hombros, y fingí un coqueteo tan descarado que rozaba lo obsceno: le rocé los labios con los míos, luego los devoré en un beso voraz, nuestras lenguas enzarzándose en un duelo húmedo y febril. Entre besos le conté en susurros lo que había logrado con Lupe, cada roce, cada mirada que había encendido. Él sonrió, esa sonrisa torcida que siempre precede al desastre.

Bajo el agua mi mano encontró su verga dura y palpitante. La tomé con lentitud deliberada, subiendo y bajando mientras mis ojos buscaban a Lupe. Le hice un gesto para que se acercara. Ella negó con la cabeza, pero sus pupilas dilatadas y su boca entreabierta gritaban lo contrario.

Me zambullí y tragué su verga, los labios apretándolo, la lengua danzando alrededor del glande, succionando con avidez hasta que sentí sus caderas temblar. Cuando emergí a la superficie jadeando, Lupe nos observaba desde el borde opuesto, las piernas ligeramente entreabiertas, el cuerpo reclinado hacia atrás como si ya estuviera cayendo al abismo sin tocar fondo.

Era el momento.
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Nadé hacia el lado contrario, cerca de ella. Álex me siguió como un depredador, salió del agua, se sentó en el borde con las piernas abiertas, la polla erguida y brillante. Me acomodé entre sus muslos y retomé la tarea: lametones largos desde la base hasta la punta, succiones profundas que lo hacían arquear la espalda. Lupe seguía negándose a moverse, pero su mirada era una traición constante.

Y entonces, como un relámpago silencioso, apareció a mi lado. Tomé su barbilla con dos dedos, posé la otra mano en su cintura desnuda y la besé. Ella me correspondió con una entrega inmediata, la lengua buscando la mía, los pechos rozándose con los míos. El mundo se disolvió en ese beso.

—Muéstrame cómo la chupas —le susurré contra los labios.

Sin dudar, Lupe se colocó entre las piernas de Álex y tomó su miembro con una avidez que me dejó sin aliento: los dedos rodeándolo con firmeza, la boca descendiendo lenta al principio, luego hambrienta, succionando con una intensidad que hizo que los músculos de Álex se tensaran como cuerdas de arco. Mientras ella lo complacía, deslicé mi mano por sus nalgas redondas y firmes, imaginando ya lo que vendría después. Le quité la braguita del bikini con un tirón suave, me moría por hundir los dedos en ella, pero me contuve. Salí del agua, besé a Álex en la boca y aferré la melena de Lupe, acompañando sus movimientos, guiándola más profundo, al tiempo que le susurraba a mi hermano:

—Por la carita que pones, entiendo que te gusta cómo te la come la primita.

Con la voz rota de placer, murmuró:

—Podría estar así toda la tarde. Debe ser la novedad, pero es como si la muy viciosa llevara toda la vida chupando pollas.

Lupe se entregaba sin reservas, mamando con una devoción obscena, las mejillas hundidas, los ojos cerrados en éxtasis. Me uní a ella: lamí el tronco mientras nuestras lenguas se rozaban en un baile pecaminoso alrededor del glande. La escena era un huracán de carne húmeda, saliva y gemidos ahogados.

Entonces, mirando a Lupe con ojos febriles, le dije:

—No sé tú, pero yo me muero por joder con él. Podemos compartirlo.

Ella dudó un instante. Luego sus ojos brillaron con una certeza salvaje, y respondió con la voz temblorosa pero decidida:

—Puede resultar peligroso hacerlo aquí. El alboroto puede alarmar a cualquiera que pase cerca al otro lado del muro.

No era un sí rotundo, pero era mejor: era un sí envuelto en precaución.

El aire alrededor de la piscina era denso, saturado de cloro, sudor y el olor crudo del sexo. Con un brillo pícaro en los ojos, le dije a Álex que nos diera cinco minutos para prepararnos, que subiera a mi dormitorio pasado ese tiempo. Él asintió, pero su mirada ardiente dejaba claro que la paciencia se le estaba escapando como arena entre los dedos.

Lupe y yo, totalmente desnudas, tomamos nuestras manos y caminamos hacia el chalet, pero no llegamos lejos.

Apenas cruzábamos por delante de la cocina, el mundo se volvió ingrávido. Álex apareció detrás de mí como una sombra voraz. Me alzó por la cintura con una fuerza alimentada por la urgencia, apretándome contra su cuerpo como si temiera que me evaporara, y con la voz ronca, casi animal, gruñó:

—¡No puedo esperar cinco segundos, mucho menos cinco minutos!

Sin darme tiempo a reaccionar, me llevó en volandas hasta la mesa de la cocina. Me depositó con un movimiento firme en la cabecera, empujó mi espalda hasta que mis pechos se aplastaron contra la madera fría, dejándome en un ángulo perfecto: culo alzado, piernas entreabiertas, el coño expuesto y palpitante a su merced. Sentí su calor detrás de mí, su respiración agitada rozándome la nuca.

—Te la tengo que clavar en el coño o reviento —dijo con una crudeza que me hizo temblar—. Después de esas mamadas, nadie podría contenerse.

Su glande rozó mi entrada, resbaladizo de saliva y deseo. Un escalofrío me recorrió la columna. No veía a Lupe, pero sentía su presencia a pocos pasos: su respiración entrecortada, el leve temblor de su cuerpo, probablemente tan desconcertada como yo por la ferocidad repentina de Álex.
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En un instante se hundió en mí hasta el fondo, hasta que su vientre chocó contra mis nalgas con un golpe seco que me arrancó un gemido ronco. Embestía con violencia contenida, cada embestida un reclamo, un castigo y una caricia al mismo tiempo. Mis uñas arañaron la madera.

—¡Colócate al otro lado de la mesa! —ordenó a Lupe, la voz autoritaria cortando el aire como un látigo—. Túmbate mirando al techo. Quiero comerte las tetas mientras te doy lo tuyo.

Lupe pasó por mi lado derecho, obediente, el roce de su cadera contra la mía como una caricia furtiva, mientras Álex me follaba el coño con una intensidad que me obligaba a aferrarme al borde de la mesa con las uñas clavadas en la madera. La vi tumbarse al otro extremo con las piernas semiabiertas y colgando del borde. Nuestros rostros quedaron a centímetros, tan cerca que su aliento cálido y entrecortado lamía mi piel. Sus ojos marrones, grandes y abrumados por el vértigo brillaban con una mezcla de deseo crudo y asombro casi infantil.

Sosteniendo su mirada mientras cada embestida de Álex me hacía estremecer de pies a cabeza, le susurré:

—No te asustes, prima. Es normal que esté así después de lo que le hemos hecho. Ningún hombre resistiría eso sin volverse loco.

Lupe sonrió con una chispa de complicidad atravesándole el rostro como un relámpago, y con la voz temblorosa, mientras observaba cada mueca que el placer arrancaba de mis labios, confesó:

—Es que la escena y el modo animal con que te jode me ha puesto más cachonda de lo que jamás estuve.

Mi hermano, sin interrumpir el ritmo salvaje de sus caderas, empujó mi cabeza hacia la de ella con una mano firme en la nuca. La intención era tan clara como un mandato. No me resistí, fruncí los labios, la busqué y nos fundimos en un beso húmedo y profundo, cada vez más desesperado. No había palabras, solo el roce interminable de nuestras lenguas, el calor de nuestros alientos mezclándose en un intercambio febril. Yo había probado a una mujer antes, en una noche loca con un novio del que ya no recordaba su nombre, y aunque aquello me había gustado más de lo que me atreví a admitir, esto era distinto. Lupe, con su entrega absoluta, me confesó que era su primera vez con una mujer. La curiosidad y el fuego del momento la habían empujado al borde, y ahora caía sin red. Ese fuego abría ante nosotras un mundo de posibilidades que aún no alcanzábamos a imaginar.

De pronto, Álex salió de mí con un movimiento brusco. El vacío me arrancó un jadeo sordo, casi doloroso. Rodeó la mesa con pasos rápidos, felinos, y se situó ante Lupe. Ella lo miró con expectación absoluta, yo con una mezcla de intriga y deseo que me quemaba por dentro. Lupe levantó las piernas, apoyó los pies en el borde de la mesa y se abrió para él con una vulnerabilidad que era casi reverente.

Mi hermano la miró fijo a los ojos, y con la voz cargada de un anhelo que rayaba en la rabia, le dijo:

—Llevo deseando esto desde que llegaste. A Laura la tengo muy vista, y cada día me pone más, pero tú, primita, eres la novedad y voy a joderte como nunca.

Separó los labios vaginales de Lupe con los dedos, estudiando cada reacción en su rostro como quien examina una pieza única. Luego introdujo la verga con una lentitud deliberada, dejando que ella sintiera cada centímetro de invasión. Lupe gemía, impaciente, estirando los brazos para tirar de sus caderas, exigiendo más, más rápido, más profundo. Álex sonrió con un toque de arrogancia cruel y dijo:

—La golfilla es más ansiosa de lo que imaginaba.

Lupe le respondió con una sonrisa amplia, casi desafiante, entre gemidos entrecortados:

—Luego probaremos por la puerta trasera, si quieres —añadió Álex—. De Laura sé que le encanta, pero de ti no sé nada.

Ella respondió con la voz rota por el placer:

—Lo he probado unas cuantas veces y seguro que puedo competir con ella.
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Sus palabras fueron como un fósforo arrojado a un charco de gasolina. Álex aceleró el ritmo, inclinándose sobre ella para cumplir su promesa: sus manos se cerraron sobre los pechos generosos de Lupe, amasándolos con fuerza, pellizcando los pezones oscuros hasta hacerla arquear la espalda. Ella gritaba, alternando la mirada entre él y yo, los ojos empañados por el éxtasis, el cuerpo convulsionándose con cada embestida brutal.

No tardó en llegar. El orgasmo la atravesó como una descarga eléctrica. Gritaba improperios que resonaban en las paredes de la cocina, palabras crudas y hermosas en su boca mexicana.

—¡Jódeme, pinche cabrón!… —repetía sin cesar, las uñas clavadas en las nalgas de Álex, tirando de él para mantenerlo enterrado hasta el fondo mientras su cuerpo se retorcía en un clímax que parecía no tener fin. Sus caderas se alzaban solas, buscando más incluso cuando ya no quedaba nada que dar.

Cuando finalmente se calmó, Lupe quedó inmóvil sobre la mesa, sollozando en silencio, los ojos húmedos y brillantes como si hubiera llorado por dentro todo el placer que su cuerpo no podía contener. La respiración entrecortada le agitaba los pechos, aún marcados por las huellas rojas de los dedos de Álex. Yo, atónita, nunca había visto a nadie entregarse con tal abandono absoluto: era como si el orgasmo la hubiera vaciado por completo, dejando solo un cascarón tembloroso y hermoso.

Álex se apartó despacio, admirado, y bajó la mirada al desastre que ella había dejado en el suelo. Un charco amplio y brillante se extendía bajo la mesa, gotas gruesas cayendo de entre sus piernas con un ritmo lento y obsceno.

Mi hermano sonrió y dijo, casi con reverencia, en voz baja y ronca:

—Ha empapado todo la muy cochina. Mira cómo chorrea todavía: sale en hilos espesos, se desliza por los muslos y cae al piso como si no pudiera parar. Prima, es un puto río que sale de ti.

Sus palabras eran una caricia cruel y exacta. Lupe gimió débilmente al oírlas, como si la descripción misma la volviera a excitar.

Álex no perdió más tiempo. Volvió a mí con pasos deliberados. Supe lo que venía antes de que me tocara. Me preparé, ansiosa, el cuerpo ya abierto por el deseo de que me sodomizara con la misma furia que acababa de descargar en ella. Y no decepcionó. Me giró de nuevo sobre la mesa, me abrió las nalgas con las manos firmes y entró de un solo empujón profundo que me arrancó un grito sordo. Durante diez minutos me dio por el culo con una intensidad metódica y salvaje: embestidas largas que me llenaban hasta el fondo, retiradas casi completas y luego otra vez hasta chocar contra mí con violencia. Mis dedos volaron al clítoris —mi truco infalible, el atajo que siempre acelera el placer— y alcancé dos orgasmos casi seguidos, el primero como un latigazo, el segundo más lento y profundo, que me dejó temblando y con las piernas flojas. Pero en medio del éxtasis, mi verdadero deseo era otro: verla a ella en esa misma postura, entregada por completo a su primo, abierta y rota de placer.

Salió de mí con un gemido contenido. Sin una palabra se colocó de nuevo entre las piernas de Lupe, que seguía en la misma postura vulnerable: tumbada de espaldas, las rodillas flexionadas hacia el pecho, el ano expuesto y reluciente de restos de su propio clímax. Él presionó la punta contra ella con una calma tensa que desesperaba. Lupe gemía con cada movimiento lento, paciente, esperando el instante en que él se dejara llevar por completo.

Me acerqué a su lado, acaricié su rostro compungido, aparté el cabello pegado a la frente por el sudor, besé su sien húmeda y le susurré con la voz ronca por el deseo:

—Me muero porque me llene el culo de leche, pero tú eres la invitada. Te cedo el privilegio si lo quieres.

Ella suplicó con la voz rota, casi llorosa:

—Por favor, quiero guardarlo en la memoria, recordarlo cuando esté lejos. Un año se me hará eterno.
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Lupe tiró de sus propias piernas hacia el pecho, ofreciéndose por completo, el cuerpo arqueado en una curva perfecta de sumisión. Álex sonrió con esa arrogancia oscura que solo saca cuando sabe que va a destruir. Aceleró, las embestidas se volvieron brutales y profundas, cada una arrancando de Lupe gritos desgarradores que eran a la vez de dolor y de éxtasis. Él buscó coincidir con ella, midiendo el ritmo, y cuando sintió que el orgasmo de Lupe se acercaba como una ola inevitable, se dejó ir. Eyaculó en su recto justo en el instante en que ella se deshacía: un clímax violento que la hizo arquearse, gritar improperios entrecortados, convulsionar alrededor de él hasta que no quedó fuerza en su cuerpo. Álex permaneció dentro unos segundos eternos, palpitando, vaciándose por completo. Luego se apartó despacio, ofreciéndonos el miembro brillante, erecto y duro como acero.

Lupe y yo nos lanzamos sobre él con una avidez que rayaba en lo salvaje. Nuestras bocas se encontraron en su polla caliente, nos disputábamos su atención como dos fieras hambrientas, mejillas rozándose, respiraciones mezclándose en un coro de suspiros, pequeños gruñidos y sonidos húmedos. No había palabras, solo el ritual de limpiar cada rastro de su clímax con una devoción casi sagrada: lamíamos, succionábamos, nos besábamos alrededor de él compartiendo el sabor en la boca de la otra.

Álex, apoyado contra el borde de la mesa, nos observaba con una mezcla de asombro y deleite absoluto. Su respiración entrecortada marcaba el ritmo de nuestra pugna. Cuando finalmente nos apartamos, jadeantes, con los labios hinchados, enrojecidos y brillantes, él soltó una risa baja, casi incrédula, y pasándose una mano por el cabello sudoroso, aseguró:

—Sois un par de golfas insaciables. Creo que nunca me la habían dejado tan limpia.

Lupe y yo reímos, todavía arrodilladas en el suelo, las piernas temblando por la intensidad del momento. Nos miramos y en sus ojos vi el mismo fuego que ardía en los míos: algo había cambiado entre nosotras para siempre. La experiencia compartida nos había atado con un lazo invisible, más fuerte que la sangre, más profundo que el deseo. Y en ese instante, mientras el sol de la tarde entraba por la ventana de la cocina y caía sobre nuestros cuerpos exhaustos y marcados, supe que la idea de explorar más allá —de probar límites nuevos, de entregarnos sin reservas la una a la otra— empezaba a tomar forma en mi mente como una promesa inevitable.

Por la noche, después de cenar, Lupe y yo insistimos a mi hermano para que nos diera otro rato de placer. Pero hacerlo en casa era inviable porque mis padres ya habían regresado. Entonces propuse ir a casa de mi novio y que nos jodieran bien jodidas entre los dos. Mi prima y mi hermano asintieron excitados por la idea. Ella mucho más al conocer que mi novio y yo mantenemos una relación liberal, pero sobre todo cuando le hablé de la modesta mazmorra que tiene en su casa y le describí los aparatos para dar placer que en ella hay.

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Dilema de una buena madre (4)

Me pareció profundamente sospechoso el comportamiento de Claudia, esa forma sutil pero insistente en que se movía alrededor de mi hijo, como si estuviera tejiendo una red invisible de tentación. Incapaz de concentrarme en mis reuniones importantes, las cancelé todas de golpe, permitiendo que la duda me carcomiera por dentro como un ácido ardiente; aun así me fui al trabajo y me encerré en mi oficina, espiando cada movimiento a través de las cámaras ocultas conectadas a mi ordenador.

Todo parecía transcurrir con una normalidad engañosa al principio: Diego reclinado en el sofá, absorto en sus series favoritas, mientras Claudia lo atendía con la misma rutina del día anterior, ofreciéndole agua fresca o preguntando si necesitaba algo más. Pero noté algo distinto en él, una tensión creciente; cada vez que ella se acercaba con su gracia felina y luego se volteaba para alejarse, los ojos de Diego se clavaban en ella con hambre voraz, devorando esas piernas largas y torneadas, trabajadas en el gimnasio, y el culo firme y redondo que se mecía provocativamente bajo su uniforme ajustado.

En un momento particularmente cargado, Claudia se acercó con agua oxigenada y vendas limpias, colocándolas en la mesa de centro que estaba casi a ras del suelo; en lugar de agacharse con decoro profesional, se inclinó profundamente dándole la espalda a Diego, parando el culo alto y expuesto en una pose que le regalaba una vista reveladora de sus formas íntimas. Él se puso nervioso al instante, su polla endureciéndose con violencia bajo los shorts holgados que no disimulaban nada; agarró un cojín a toda prisa y lo colocó sobre su regazo para ocultar esa erección poderosa y palpitante.

Al cambiarle la venda rápidamente y alejarse, una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios carnosos, confirmando mis peores sospechas. La muy zorra estaba incitando deliberadamente a mi hijo, avivando su deseo con cada gesto calculado; eso me provocó una punzada de molestia aguda, unos celos ardientes que se entretejían con una intriga morbosa, preguntándome cuál era exactamente su objetivo final con esa hombría joven y virgen.

Más tarde los vi platicando animadamente en la sala, y de pronto Diego se levantó con cierta torpeza; ella lo guio hacia su habitación, caminando delante con las caderas balanceándose de forma un tanto provocadora, como si supiera que sus ojos la seguían. Una vez dentro, repitieron la dinámica del baño con esponja, pasándola por todo su cuerpo mientras él comenzaba a empalmarse de nuevo, su polla hinchándose con anticipación; ella se tomó su tiempo, aparentando profesionalismo al inicio, pero prolongando cada roce hasta que el aire se cargó de electricidad sexual.

Al terminar de secarlo, en lugar de vestirlo de inmediato, Claudia se quedó mirándolo fijamente hacia su bulto ahora imposible de ignorar, manteniendo una conversación muda llena de insinuaciones que podía intuir por sus gestos. De repente, su rostro mostró sorpresa pensativa, como buscando una respuesta; él asintió con la cabeza en un gesto de rendición, y ella, sin vacilar, jaló hacia abajo el elástico de sus boxers, liberando su polla completamente erecta que salió disparada, erguida en cuarenta y cinco grados y oscilando de arriba abajo como un resorte salvaje e incontrolable.

Para mi sorpresa absoluta, ella la tomó en su mano suave y experta, examinándola por un minuto entero con ojos abiertos en incredulidad ante sus dimensiones magníficas —gruesa, larga, venosa—, y luego comenzó a pajearlo con movimientos rítmicos y firmes, sin quitarle la vista de encima. Su boca se abrió en un gesto de genuina admiración, cerrándose solo para que su lengua paseara inconscientemente sobre sus labios húmedos, humedeciéndolos como preludio a algo más; debió halagarlo sobre su hombría, porque Diego alzó su brazo sano, colocando la mano detrás de su nuca con una sonrisa apenada pero extasiada.
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Unos segundos después, él cerró los ojos por completo, abandonándose al placer máximo que la enfermera pajera le provocaba con esa mano hábil. No pasaron más de cinco minutos intensos para que explotara en un orgasmo poderoso, liberando una corrida espectacular y copiosa que salpicó todo a su alrededor; ella lo limpió meticulosamente, pasó la esponja por sus genitales hinchados asegurándose de dejarlo impecable, lo vistió con calma y salieron juntos de la habitación como si nada hubiera pasado.

Esa noche, al llegar a casa, saludé a Diego que parecía relajado y satisfecho; le pregunté cómo se encontraba, y respondió “de maravilla” sin voltearme a ver, absorto en su tableta. No hubo erección dolorosa como el día anterior, después de todo ya había recibido no una sino dos pajas terapéuticas en el mismo día —la mía amorosa por la mañana antes de irme a trabajar, y esta de la servicial zorra hace apenas una hora—; la escena me pareció cómica en superficie, pero en el fondo bullía una mezcla de celos picantes, excitación prohibida e intriga por saber si mi apuesto hijo había despertado algo incontrolable en ella.

Al día siguiente, vestida solo con una tanga diminuta que marcaba un cameltoe obsceno en mi concha depilada y una blusa transparente que dejaba mis tetas al aire como si estuviera desnuda de cintura para arriba, entré a su habitación fingiendo acomodar objetos para darle tiempo de devorarme con los ojos. Él ya estaba despierto, recargado en la cabecera con su tableta; mis tetas bamboleándose libres y mis nalgas totalmente expuestas hicieron efecto inmediato, su pija endureciéndose visiblemente bajo las sábanas.

Me senté a su lado en la cama con voz melosa y sugerente, preguntándole si ocupaba mi ayuda hoy; respondió que sí con urgencia, los ojos brillantes de deseo. No sé por qué actuaba como gata en celo —quizá el instinto competitivo despertado por la enfermera me impulsaba a reclamar esa polla sin compartir—, pero esta vez lo pajeé más lenta y pausadamente, poniendo una expresión lujuriosa mientras escupía generosamente sobre su glande para que resbalara mi saliva lubricante; él no lo podía creer, excitado por esa versión irreconocible de su madre, y duró apenas cuarenta segundos antes de correrse como un verraco, inundando mi mano con su leche espesa.

Antes de ir a la oficina, esperé a Claudia que llegó con ropa deportiva sudada del gimnasio, pidiendo permiso para ducharse en casa porque no tuvo tiempo allí; accedí con una sonrisa tensa y empecé a indagar sobre su vida. Confesó tener apenas un mes separada de su marido instructor de gimnasio, quien la engañaba con clientas; estaban en divorcio por esa infidelidad imperdonable —interesante, pensé, eso explica por qué la zorra está tan hambrienta de una buena verga que la penetre y la valide, una mujer de físico perfecto buscando reafirmación en el bello espécimen de mi hijo.

Sin más, me fui a la oficina y lo primero que hice fue abrir el ordenador para conectarme al sistema de vigilancia en livestream, decidida a descubrir hasta dónde llegaría esa puta. La vi hablando con Diego aún en su ropa de ejercicio, luego dirigiéndose al baño con su mochila; salió cambiada en un atuendo aún más revelador —shorts muy cortos, flojos y de tela delgadísima que dejaban asomar nalgas y apenas tapaban su coño, con una blusa de tirantes de algodón que amenazaba con exponer una teta en cualquier descuido.

El día continuó con ella pasando más tiempo cerca, sentándose a su lado a ver la tableta como novios en un fin de semana casual, ya sin pinta de enfermera-paciente. El tirante se le bajaba a ratos, dejando hombros y borde de tetas al descubierto para deleite de Diego; fingió quejarse de la espalda y empezó a hacer yoga a un par de metros, con ese atuendo que le permitió a Diego oler su raja húmeda y ver todo lo que quería ver.
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Diego se veía incómodo y muy erecto; ella notó su estado y le dijo algo seductor, llevándolo al baño en lugar de la habitación —¡al parecer lo bañaría en la regadera!—. Lo desvistió sin rodeos, su erección monumental expuesta y apenada; cubrió su brazo vendado con plástico y cinta, luego abrió la regadera para guiarlo bajo el chorro caliente que mojó su cuerpo entero.

Se untó jabón líquido en las manos y lo enjabonó sin esponja, recorriendo cada centímetro de su piel desnuda mientras su propia ropa se empapaba bajo el chorro de la regadera y volvía transparente al instante, pegándose húmeda y adherida a sus curvas seductoras como si fuera una segunda piel. En mi oficina, ya me había subido la falda hasta la cintura y dejado las bragas a un lado, frotándome el clítoris con furia incontenible; el riesgo constante de que entrara alguien de improviso —incluso mi jefe con alguna urgencia de última hora— me ponía más arrecha de lo que quería admitir, deseando desesperadamente tener un consolador a la mano para poder penetrarme a fondo allí mismo, sin importarme quién me oyera gemir.

Agachada frente a él, Claudia parecía tan cachonda que ya ni fingía seguir lavándolo; dejó la esponja flotando en el agua jabonosa y se concentró únicamente en sus muslos interiores, abriendo más sus propias piernas para que él viera cómo el hilo de su tanga se hundía en su raja mojada, con su culo expuesto y ofrecido a la vista como invitación. La espuma del jabón resbalaba por sus tetas empapadas y transparentes, dejando ver los pezones duros y oscuros bajo la tela.

Empezó a pajearlo despacio con su mano jabonosa, mirando fijo esa polla dura, gruesa, larga y rojiza que solo un joven viril puede tener, y que ahora oscilaba pesada y palpitante a centímetros de su boca. Alzó la vista hacia Diego, embobado con esa hembra hambrienta prácticamente desnuda frente a él, le susurró algo que no pude distinguir, y él asintió con la boca entreabierta y los ojos vidriosos de pura excitación.

Entonces ella hizo algo que me dejó sin aliento: se metió toda la polla en la boca de una sola vez, hasta que sus labios rozaron la base y su nariz se hundió en su vello púbico, quedándose quieta un segundo solo para sentirlo palpitar en su garganta antes de empezar a mover la cabeza arriba y abajo con una violencia que hacía rechinar sus dientes contra su carne. Diego echó la cabeza hacia atrás, agarrándose del borde de la regadera, mientras ella lo inmovilizaba de los muslos y lo ordeñaba con la boca sin piedad, con la nariz casi rozando su vientre cada vez que se la metía entera.

Yo perdí el control: me bajé falda y bragas de un tirón, metiéndome tres dedos en el coño chorreante mientras imaginaba que era la polla de Diego la que me abría, frotando el clítoris con furia hasta hacerlo crujir bajo mis uñas, gimiendo más fuerte de lo prudente. Cuando escuché pasos en el pasillo, saqué los dedos empapados y me los metí en la boca de golpe, chupándolos con la lengua extendida como si saboreara su corrida, en trance de lujuria total.

Un ruido afuera me paralizó; tiré de la falda hacia arriba con las piernas aún abiertas, la cara ardiendo y el coño palpitando al aire, visiblemente necesitada de que alguien —cualquiera— me penetrara en ese momento. Falsa alarma. Volví al video: Claudia se levantaba jadeando, el short caído a los tobillos, sin bragas, sin nada que ocultar; se volteó hacia el cristal de la regadera y se inclinó, abriendo las nalgas con ambas manos para ofrecerle a Diego su culo parado y su coño hinchado, rojo y mojado, listo para ser tomado.

El audio se cortaba, pero vi cómo ella movía los labios en una súplica silenciosa, una sola frase repetida mientras miraba por encima del hombro con los ojos desorbitados: córrete dentro, lléname. Diego no esperó más: la agarró de las caderas y se la metió de una embestida, hundiéndose hasta el fondo, solo tres o cuatro pollazos salvajes antes de quedarse quieto, enterrado en ella, el rostro desfigurado por el placer de vaciar sus huevos en esa zorra hambrienta.
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